Opinión

Ilustración: Luis Galdámez
El encanto digital que enmascara el negocio de manipular la libertad
Texto: Guillermo Mejía
Junio 5, 2026
La sociedad está inmersa dentro de una atmósfera digital que contiene una variedad de artefactos sofisticados, como las redes sociales, que ilusionan a los ciudadanos con que posibilitan el ejercicio de su libertad, cuando no son más que mecanismos de manipulación y representan un jugoso negocio corporativo.
Las ideas expuestas abonan a lo que se llama una visión pesimista, aunque realista, del fenómeno contemporáneo, que también tiene una visión optimista en cuanto hay quienes consideran que, como nunca antes, estos mecanismos digitales han revolucionado en tiempo récord muchos aspectos de la vida cotidiana.
Desde la perspectiva crítica, el profesor español Enrique Dans afirmó recientemente que «Durante años hemos llamado “redes sociales” a algo que hace ya mucho tiempo dejó de serlo. La palabra red sugería relaciones, comunidades, conversación, vínculos entre personas. Pero lo que tenemos hoy en Facebook, Instagram, TikTok, X o YouTube no es una red social».
Es una infraestructura industrial de extracción de atención, alimentada por vigilancia masiva, optimizada para mantenernos dentro el mayor tiempo posible y convertir cada gesto, pausa, desplazamiento, reacción o duda en un dato monetizable, según lo que remarcó el intelectual europeo en su sitio web personal.
Tras hacer un recorrido sobre la forma en que se aprecia el problema y sus posibles soluciones, Dans hace eco del trabajo académico Towards a Post-Social Media Studies, elaborado por Peter Törnberg y Richard Rogers, de la Universidad de Amsterdam, que asegura que estamos entrando en una etapa posterior al paradigma clásico de las redes sociales.
«El contenido generado por usuarios deja de ser el centro, los grafos sociales pierden peso frente a sistemas de recomendación opacos, la conversación pública se desplaza hacia espacios cerrados o efímeros, y la inteligencia artificial empieza a convertirse no solo en intermediario, sino en medio de comunicación en sí mismo», advierte. Dicho de otra manera: «el problema ya no es únicamente que las redes sociales funcionen mal, sino que el propio concepto de red social se está disolviendo en una maquinaria aún menos visible, aún menos auditable y aún más personalizada».
Frente a esa realidad, a Dans le parece tan absurdo que el debate político siga girando en torno a parches: prohibir el scroll infinito, poner etiquetas, pedir más moderaciones, ocultar los likes, exigir controles de edad o confiar en que las plataformas diseñen voluntariamente entornos más sanos.
Una sociedad democrática no puede delegar su conversación pública en empresas cuyo negocio mejora cuando esa conversación se degrada.
«Todo eso puede tener algún efecto marginal, pero no toca la raíz. Es como intentar combatir el tabaquismo obligando a cambiar el color del paquete, pero permitiendo a la industria seguir manipulando la nicotina para maximizar la dependencia», sentenció.
Recordó que las redes sociales no son una infraestructura neutral contaminada por algunos malos autores, sino máquinas de extracción diseñadas para convertir la vida social en materia prima. Y cuando una máquina está construida para espiar, enganchar y polarizar, no se arregla puliendo la interfaz. Se arregla cambiando la ley que permite que esa máquina exista en esas condiciones.
«La cuestión de fondo es muy sencilla: una sociedad democrática no puede delegar su conversación pública en empresas cuyo negocio mejora cuando esa conversación se degrada. Y cuanto antes dejemos de fingir que esto es un problema de diseño, de educación digital o de moderación de contenidos, antes podremos formular la única pregunta que realmente importa: ¿vamos a seguir permitiendo que la vigilancia sea el precio de participar en la vida social digital?», concluyó.
Las formas en que la red moldea nuestras decisiones
Para enriquecer la perspectiva, me parece importante traer a cuenta lo que expone en el sitio web The Conversation el también profesor español Víctor Hugo Pérez Gallo sobre las formas en que la red moldea nuestras decisiones.
Pérez Gallo inicia su reflexión así: «Nos gusta pensar que decidimos por nosotros mismos. Que elegimos qué ver, qué comprar, qué opinar. Que somos, en última instancia, sujetos autónomos navegando en un espacio abierto de posibilidades. Pero esa imagen empieza a resquebrajarse cuando observamos con más detenimiento cómo funcionan los entornos digitales en los que pasamos buena parte de nuestra vida cotidiana».
Según él, Internet no nos quita la capacidad de decidir, sino que hace algo más sofisticado: configura el marco dentro del cual decidimos.
De manera textual, Pérez Gallo expone las formas en que la red moldea nuestras decisiones:
1. Elegimos lo que vemos, pero no lo que aparece
Cuando abrimos una red social o hacemos una búsqueda, no accedemos a «todo lo que hay», sino a una selección previa. Un filtro invisible ha decidido antes qué merece nuestra atención. No sentimos que eso limite nuestra libertad porque seguimos eligiendo, pero lo hacemos dentro de un menú ya configurado.
Ahí es donde el poder se vuelve sutil, casi imperceptible. Como sugería Michel Foucault, no hace falta imponer conductas si se puede organizar el campo de lo posible.
Podríamos decir que hay una especie de «guía emocional» implícita que orienta cómo debemos sentir en cada momento.
2. Creemos que algo es importante porque nos lo ponen delante muchas veces
Hay temas que parecen inevitables. Están en todas partes: en titulares, en vídeos, en conversaciones digitales. Poco a poco, empiezan a ocupar más espacio en nuestra mente. No es casualidad, sino el resultado de procesos de selección que deciden qué circula y qué queda relegado.
Como explicaba Niklas Luhmann, los sistemas sociales funcionan reduciendo complejidad. Internet lo hace simplificando el mundo hasta convertirlo en aquello que aparece en pantalla. Lo que no aparece simplemente deja de existir para nosotros.
3. Formamos opiniones en entornos que ya están inclinados
Muchas veces creemos que nuestras opiniones son el resultado de una reflexión personal. Pero lo cierto es que solemos construirlas en espacios donde ciertas ideas ya están reforzadas.
Leemos, escuchamos y vemos contenidos que apuntan en direcciones similares. Con el tiempo, eso genera la sensación de que «todo el mundo piensa así».
Eso es hegemonía en el sentido que le confería el intelectual y filósofo italiano Antonio Gramsci: no hace falta obligar a nadie a pensar algo si se logra que determinadas ideas parezcan las más razonables, las más evidentes, las más normales.
4. Sentimos de determinada manera porque el entorno nos empuja a ello
Internet no solo organiza información: también organiza emociones. Hay contenidos que circulan más porque generan indignación; otros porque producen miedo; y otros porque refuerzan identidades o pertenencias. Sin darnos cuenta, nos movemos emocionalmente dentro de esos marcos. Nos indignamos cuando toca indignarse, nos alarmamos cuando toca alarmarse, e internet lo sabe porque conoce nuestros gustos.
En términos de la profesora de Sociología estadounidense Arlie Russell Hochschild, podríamos decir que hay una especie de «guía emocional» implícita que orienta cómo debemos sentir en cada momento.
5. Compramos lo que creemos querer, pero ese deseo ya estaba anticipado
Las recomendaciones parecen adaptarse a nuestros gustos. Y en parte lo hacen, pero también los modelan. Después de ver ciertas cosas, empezamos a interesarnos por otras similares.
Poco a poco, nuestras preferencias se vuelven más previsibles… y más dirigidas.
Aquí se cumple, en versión digital, una intuición clásica de Karl Marx: el sistema no solo responde a necesidades, también las produce. No solo elegimos lo que queremos. Terminamos queriendo lo que aparece disponible.
6. Pensamos rápido, pero cada vez pensamos menos en profundidad
La lógica de internet premia la velocidad. Respuestas rápidas, contenidos breves, explicaciones simples. Eso facilita el acceso, pero tiene un coste: la pérdida de matiz, de duda, de elaboración.
Como advertía el sociólogo y filósofo estadounidense Herbert Marcuse, el riesgo de una sociedad altamente funcional es la reducción del pensamiento a una sola dimensión: lo inmediato, lo útil, lo evidente. Pensar despacio empieza a parecer un lujo innecesario.
El riesgo de una sociedad altamente funcional es la reducción del pensamiento a una sola dimensión.
7. Hablamos como la plataforma permite que hablemos
No solo cambia lo que decimos, sino cómo lo decimos.
Los formatos digitales –memes, hashtags, frases cortas– condicionan el tipo de lenguaje que utilizamos. Y, con ello, el tipo de ideas que podemos expresar.
Porque, como señalaba Ludwig Wittgenstein, los límites del lenguaje son también los límites del pensamiento.
Si el lenguaje se estrecha, también lo hace nuestra capacidad de imaginar otras formas de ver el mundo.
8. Y, lo más importante: todo esto nos parece completamente normal
Quizá lo más inquietante no es ninguna de las formas anteriores por separado, sino el hecho de que todas ellas han dejado de resultarnos problemáticas.
No sentimos que algo nos esté condicionando, ni percibimos pérdida de autonomía, ni detectamos imposición. Simplemente, vivimos así.
Eso es lo que los filósofos Theodor W. Adorno y Max Horkheimer identificaron como una de las formas más eficaces de dominación: aquella que no se reconoce como tal.
Pérez Gallo concluye su reflexión así:
«Si todo lo que ve, lo que le interesa, lo que le emociona, lo que desea –e incluso la forma en que lo nombra- ocurre dentro de entornos previamente organizados por otros, ¿qué parte de su vida seguiría siendo reconocible como ‘suya’ si, de pronto, quedara fuera de esos entornos?
«Y, aún más inquietante: si no puede responder con claridad ¿sigue decidiendo o simplemente está habitando decisiones que alguien (o algo) ya tomó por usted?
«Puede llevarse esta pregunta a la cama. Pero, cuidado: hay preguntas que, una vez pensadas, ya no nos devuelven la misma vida. Porque algunas preguntas funcionan como aquella pastilla roja de Matrix: no nos dan respuestas, nos obligan a ver lo que ya no podemos dejar de ver».
* Periodista
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