Cultura

Ilustración: Luis Galdámez
José Miguel Benítez Casteleiro
Cuarta entrega
Revista Espacio
Marzo 7, 2025
José Miguel es un periodista español nacido hace 67 años en la localidad gallega de Ferrol (A Coruña). Ha vivido 17 años en Centroamérica (a la que considera su segunda madre, y en donde han nacido sus hijos), en la que ejerció como free lance y colaboró con diferentes medios locales. Ha sido corresponsal en Andalucía (España) de la Agencia Efe. Es colaborador habitual de la revista Carrer (Calle) de Barcelona.
En los años 90 del siglo pasado, fue consultor de diferentes programas de la Unión Europea en Centroamérica: Programa de reinserción productiva de lisiados de guerra (El Salvador); Programa de apoyo a la reinserción de los ex-combatientes de la URNG a la vida civil (Guatemala); Programa de apoyo al desarrollo de los pueblos indígenas y negros de Centroamérica (con sede en Panamá).
Desde su regreso de Centroamérica vive en Barcelona, su ciudad fetiche y a la que siempre vuelve, y a la que gusta definir con las palabras que le dedicó Cervantes en El Quijote: «archivo de cortesía, albergue de los extranjeros… y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única». También es activista del movimiento de solidaridad internacional con Centroamérica, en los años 80 y 90 del siglo pasado.
El embajador
José Miguel Benítez
Nadie está libre de ser devorado por su personaje
El ágora está vacía. Entra en escena el actor, con la máscara de comediante. No es un profesional, es un hombre corriente, pero ha estudiado tan bien el papel y se identifica tanto con el personaje, que acaba por cautivar a la mayoría de los espectadores. Una gran parte se entrega a su interpretación y corren a pedirle su autógrafo al final de cada función; unos pocos se muestran simplemente condescendientes; alguno le silba y le grita que no es un actor sino un farsante, pero es silenciado por la mayoría que aplaude cada una de sus representaciones. Unos años después, alguien se incorpora al escenario y le quita la máscara. La mayoría se queda perpleja: ya no hay personaje al que aplaudir, ha desaparecido, sólo queda el hombre corriente que, desconsolado, decide por su bien hacer mutis por el foro.
Siempre vestía con un traje gris oscuro o azul marino, con la corbata a juego y con cinturón y zapatos negros, bien pulidos. Era desgarbado, lo que le complicaba, si es que lo pretendía, parecer elegante. Tenía una cara poco agraciada, con algo de papada arrugada y nariz protuberante y carnosa. Siempre bien afeitado. Peinaba su escaso pelo de izquierda a derecha, sin posible raya al medio, tratando inútilmente de tapar su calvicie.
Tenía cara de político o funcionario rígido y distante, aunque a menudo rompía esa imagen riendo de forma entrecortada ante algún comentario jocoso o después de sus propios comentarios irónicos. Habitualmente llevaba la credencial colgada al cuello, aunque a veces, aparentemente por discreción o cansancio, la escondía en el bolsillo interior de la chaqueta. Tenía algunos tics, como el de ajustarse el cuello de la camisa cada dos por tres, mientras hablaba, o el de remarcar algo que decía poniendo los dedos índice y pulgar de su mano derecha en forma de C y girando la mano varias veces de izquierda a derecha y de derecha a izquierda.
Algunos pensaban que este hombre actuaba de esta manera para sentirse popular y alimentar su ego.
Cuando se presentó en mi local, amigos comunes, que lo conocían de hacía mucho tiempo, ya me habían hablado de él. Hacía más de diez años que el Embajador, al que sus más allegados llamaban por su nombre de pila: Valentí, era un cliente habitual de varios locales de restauración del barrio Gótico de Barcelona. Le gustaba departir con los lugareños, como un cliente más y pagar la ronda que le correspondiera. De hecho, a Valentí le gustaba que lo vieran como un Embajador diferente, cercano, tal vez era solo una pose, para que lo que lo trataran con más admiración y respeto. Algunos lo conocían desde la época en la que, veinte años atrás, para pagar sus estudios diplomáticos, trabajaba como camarero en un antiguo y añorado local. Otros contaban anécdotas suyas de las que fueron testigos, como cuando en una ocasión, en otro local cercano, Valentí había puesto firmes a dos Mossos d’Esquadra (policía autonómica catalana), enseñándoles sus credenciales mientras les arengaba sobre sus deberes con un diplomático. Los policías habían acudido al bar alertados por un camarero con el que al parecer estaba discutiendo el Embajador. Según los testigos, los policías, avergonzados, le pidieron disculpas y se fueron.
A Valentí le encantaba presumir de este tipo de situaciones, en las que, por comportarse él como un ciudadano de a pie, alguien había tratado de ningunearlo, y ese alguien había salido finalmente trasquilado.
Cuando entró por primera vez en el bar restaurante que yo regentaba junto con mi hermano Rafael, se presentó como el Embajador de Andorra* en Ginebra, y como enviado especial para las relaciones con Cataluña, que en esos momentos atravesaban una situación especial, dado que se investigaba por corrupción a políticos catalanes que supuestamente tenían cuentas opacas en los bancos andorranos. Valentí nos entregó su tarjeta de visita y se puso a nuestra disposición de una manera franca y cordial.
Tenía la virtud de la locuacidad, aunque, a decir verdad, a veces esa capacidad de hablar sin parar se convertía en una incontenible verborrea, por muy interesante que fuera el tema del que hablaba, por lo que alguno de los clientes habituales de nuestro local, rehuían disimuladamente sentarse a su lado, aunque la mayoría, por el contrario, corrían a escucharle atentamente, atraídos, supongo, por la erótica del poder, aunque en este caso parezca una paradoja dada la descripción física del Embajador. En todo caso, a la gente le encantaba poder codearse y hablar de tú a tú con un representante del poder, con todo un Señor Embajador.
En general, a la gente le extrañaba que un representante diplomático fuera tan locuaz y comunicativo, por no decir que indiscreto, que a veces lo era. Algunos pensaban que este hombre actuaba de esta manera para sentirse popular y alimentar su ego. Como dije, era un Embajador diferente y parecía que hacía todo lo posible porque se notara.
Venía a Barcelona venía cada cierto tiempo
procedente de Ginebra, de Madrid, de Nueva York
o de cualquier otro punto del Planeta.
Dominaba todo lo relacionado con los asuntos diplomáticos europeos y sus instituciones, y siempre intentaba explicar sus complicados protocolos y funcionamiento a los que mostraban interés por conocerlos. Cuando el grupo era reducido, le encantaba hablar sobre la coyuntura catalana, española y mundial, y hacía gala de conocerla.
A Barcelona venía cada cierto tiempo, en viajes de dos o tres días de estancia, procedente de Ginebra, de Madrid, de Nueva York o de cualquier otro punto del Planeta a donde lo enviaba su Gobierno, y luego se volvía a ir y desaparecía durante una, dos o tres semanas. En Cataluña, según explicaba, se reunía con diferentes consejeros y, siempre se reía cuando lo contaba, con «su eminencia» como solía referirse al arzobispo de Barcelona. Siempre que aparecía traía entre sus manos el Diario de Andorra y documentos relacionados con su trabajo y su país, algunos con el sello de «Top Secret» sin que hiciera mucho esfuerzo por ocultarlo.
Valentí se fue haciendo cada vez más habitual en mi local. Parecía que se sentía realmente a gusto. Y así, poco a poco, estableció una mayor confianza conmigo y con mi hermano, y comenzó a compartir con nosotros cuestiones más personales. Nos enseñó fotos de sus hijos, uno tocando el piano y otro el violín, de su exmujer, de la que se había divorciado hacía años, de su exsuegro, del que decía que era ministro del Principado Mónaco, y con el que al parecer continuaba manteniendo una buena relación, como lo demostraba la invitación que éste le acababa de enviar para asistir al gran premio de Fórmula 1 de ese año, que estaba pronto a celebrarse, y que nos enseñó oportunamente. Aprovechando esa circunstancia, también nos mostró fotografías, que guardaba en su móvil, del premio de años anteriores, así como varias imágenes de sus dos espléndidas casas, la de Andorra, y la que tenía en el Principado de Mónaco.
Nuestra relación se hizo aún más cercana. Nuestras conversaciones versaban sobre la coyuntura política, los políticos implicados en temas de corrupción y la situación por la que atravesaba Cataluña. Pero también hablábamos de historia, de fútbol o de literatura. Yo soy un lector empedernido, la literatura es una de mis pasiones, y recuerdo que le comenté como me atrapaban algunas obras:
—Hay libros que los cruzo como si fuera al volante de un coche que circula a toda velocidad por una carretera que bordea la costa, y voy pasando localidad tras localidad, capítulo a capítulo, impregnándome de sus características y del maravilloso paisaje que voy atravesando, hasta llegar a la meta exhausto pero empapado de emociones —le dije.
—¡Caray!, eso es muy literario —me contestó—, pero sí, estoy contigo, hay libros que los atraviesas como si fueras en un Fórmula 1 o como si viajaras en uno todo terreno en un París-Dakar. Y también los hay que parece que los atravieses en una tartana que te deja tirado cada dos por tres, si es que no lo abandonas tú antes.
En este punto de confianza, Valentí me enseñó sus conversaciones privadas, las que mantenía, a través de las redes sociales, con su exsuegro y con su exmujer. Distendidas y amables con el primero y más tensas con la madre de sus hijos.
Me mostró un documento en cuya portada,
aparte del escudo y de los logos gubernamentales,
tenía el sello de «Top Secret».
La confianza se convirtió en indiscreción, por parte del Embajador, cuando comenzó a compartir conmigo, luego de una intensa charla sobre la situación en España y Cataluña, documentos diplomáticos de su país. Recuerdo especialmente el caso del político catalán que era acusado de tener una cuenta opaca en Andorra, y como los investigadores habían presentado al juez un pantallazo de la supuesta cuenta, que finalmente resultó ser falsa. Valentí me enseñó desde su móvil, el día anterior a que surgiera todo en la prensa, el pantallazo en cuestión, y me describió los errores que tenía:
—¿Ves esta columna en castellano?, pues la de nuestros bancos está en catalán. Y esta otra columna —me decía ampliando la imagen y señalando con el dedo en la
pantalla—, pues esta no existe en los bancos andorranos.
—¿Y tú cómo tienes esos datos? —le pregunté.
—Porque precisamente este es el asunto por el que viajé a Madrid hace un par de días, para pasarle esta información al impresentable del juez que lleva el caso —me dijo Valentí visiblemente irritado—, y recriminarle por haber admitido esta chapuza de prueba. Este juez es un irresponsable y, lo siento, pero dudo mucho de su imparcialidad.
Otro día, el Embajador, animado por las, hasta ese momento, amistosas discrepancias que mantenía conmigo sobre el proceso en Cataluña, me mostró un documento en cuya portada, aparte del escudo del país y de los logos gubernamentales, tenía el sello de «Top Secret». Se trataba de un excel de las cuentas de un banco andorrano, con numerosos datos. Valentí tapó los nombres con una carpeta, y sólo me enseñó las cifras millonarias que aparecían y que pertenecían, según él, a políticos españoles y «a alguien con más realeza», me dijo remarcando la última palabra, con la sonrisa que mostraba siempre que cuestionaba la política española. Cuando le pregunté por nombres y apellidos concretos, se limitó a mantener la misma sonrisa, lo que interpreté como una respuesta afirmativa.
Al Embajador le gustaba también alardear de su enfrentamiento personal con el que era entonces ministro de Exteriores español. Valentí me enseñó un «requerimiento» con encabezados y sellos del Ministerio Asuntos Exteriores, escrito en términos diplomáticos, en el que el ministro le exigía al Embajador que cerrara su cuenta de Facebook, por los ataques y mentiras que, según el ministro, contaba el Embajador en su muro.
—Esta carta irá a parar en el mismo cajón que las otras ocho que me ha enviado —me dijo Valentí riendo con sorna.
—¿Pero no temes represalias?, y no digo del Gobierno de España, sino de tu propio Gobierno, al que supongo que también le han enviado una protesta formal o un requerimiento similar —le dije.
—¡Los tenemos cogidos por los… mismísimos! y mi jefe (así se refería a su Primer Ministro) piensa lo mismo que yo —me contestó sin para de reír.
—Valentí, ¿No deberías ser más discreto con todos estos documentos, por ti y por el cargo que representas? —le pregunté yo con la mosca tras la oreja.
—¿Y que me puede pasar? ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Y no te he enseñado nada comprometedor para mi país. No soy tan irresponsable.
A mí me parecía extraño, pero no le daba
demasiada importancia, era difícil creer que
se hubiera inventado toda aquella historia.
En otra ocasión, le pedí consejo para una amiga que quería acceder a una de las formaciones y subvenciones que daba su Gobierno sobre temas culturales. Valentí no tardó ni dos minutos en pasarme toda la información: contactos, teléfonos, procedimientos. Y esa no fue la única ocasión en la que Valentí hizo gala de sus conocimientos sobre el funcionamiento de su Administración.
A veces, en medio de una conversación, lo llamaban por teléfono, salía del local para hablar, y luego se despedía: «Es mi chófer, me viene a buscar, tengo que ir a ver a su Eminencia», o «tengo que regresar a Ginebra, están las cosas calientes con el tema catalán».
Con el tiempo, empezaron a circular rumores de que Valentí no era quién decía ser. Unos decían que alguien lo había visto trabajando en un parking, o que otros lo habían reconocido vestido de «segurata» custodiando un edificio. Los que lo conocían de siempre, se reían, y decían que lo del parking aún, pero que como «segurata» no creían que diera la talla. La mayoría lo tomaba como un rumor de tantos que circulan por las barras de los bares. A mí me parecía muy extraño, pero no le daba demasiada importancia, era difícil creer que se hubiera inventado toda aquella historia y además estaban los amigos que atestiguaban que era cierto, pero en todo caso, decía yo, que era inofensivo, no sacaba provecho económico alguno, ni estafaba ni molestaba a nadie.
Poco después, Quimet, uno de los clientes habituales de mi local, dijo que había pillado en un serio error al Embajador y que le resultó muy sospechoso, por lo que decidió buscar información de Valentí en internet. Lo que encontró, según explicó, fue un perfil que en su opinión era totalmente falso, y los perfiles de sus amistades también. «Ya no me fio de él», sentenció. En ese momento, en la barra, callado, había otro cliente habitual.
A los dos días, Quimet me enseñó una página de Facebook, que decía que era del Embajador, aunque no se identificaba como tal, en cuyo muro aparecía una foto de Quimet en la entrada de su lugar de trabajo, y sobre la que alguien había enviado un comentario en el que se insinuaba que éste era un terrorista. Quimet presentó una denuncia a la policía.
Esa misma semana, un grupo de lugareños habituales, que ocupaban una de las mesas de mi local, se pusieron a hablar de Valentí.
—¿Ha venido hoy el mudito? —dijo uno con sorna.
—¡Calla, calla!, ¡que es más pesao que mi suegra, no para de hablar el tío! ¿No tendrán a otro embajador mejor que ese? —añadió otro.
—Dice mi hija que es un farsante —intervino una clienta desde la barra—. Un día le dije que subiera a tomar algo a mi casa, y luego se lo conté a mi hija. Me echó la bronca por subir a casa a un desconocido. Me preguntó si lo conocía y le dije lo que me habían contado por el barrio. Ella buscó en internet y me dijo que en la página del Gobierno de Andorra, no aparece con ese nombre como Embajador.
—No me extrañaría, porque un poco fantasma sí que es. Ya es raro que un Embajador sea tan bocazas —agregó otro lugareño.
Mientras, el mismo cliente de la barra que había presenciado los comentarios de Quimet, permanecía nuevamente atento y callado.
Todos se echaron a reír y comenzaron a buscar, entre mofas, micrófonos por todo el local.
Al parecer, ese cliente, se lo contó luego a Valentí todo lo que había oído que sobre él contaban en mi restaurante. Creía a pies juntillas a Valentí y presumía entre sus amistades que «su amigo el Embajador» había ido a comer a su casa en un par de ocasiones. El chivato necesitaba creer que fuera verdad, porque su relación con el supuesto diplomático le daba estatus entre sus conocidos.
A raíz de esos comentarios sobre él, y sin yo saber que habían llegado hasta sus oídos, el Embajador dejó de venir a mi local. Ajeno a los chivatazos, vi a Valentí en otro local y entré a saludarlo.
—Hola Valentí, ¿cómo te va?, hace tiempo que no te veo —le dije. Él me dio entonces la espalda. —¡Valentí, que te estoy hablando!, ¿qué te pasa? —añadí sorprendido.
—Yo a usted no le tengo que dar explicaciones de nada —me contestó agresivo y con desprecio.
—¡Vamos Valentí, como broma ya es suficiente! ¿Qué es lo que pasa? —insistí.
—Yo no hablo con gente que echa mierda sobre mí y sobre mi país —me contestó elevando el tono y con la expresión de odio reflejada en su encrespado rostro.
—¿De qué estás hablando? ¿Te has vuelto loco? —inquirí sin acabar de creérmelo.
—¡En tu local se desprecia y denigra a mi país! —clamó Valentí.
—Pero, ¿quién te ha contado semejante cosa? —le dije, obviando en ese momento las conversaciones que lo cuestionaban.
—Me informó uno de mis agentes, y lo tengo todo grabado. Así que, ¡aire! —me contestó, y me volvió a dar la espalda.
—¡Definitivamente no te ha sentado bien la cerveza!, ¡ya se te pasará! —le contesté mientras abandonaba el local.
Al volver a ver al «grupito de conspiradores» les conté lo que pasaba con Valentí. Todos se echaron a reír y comenzaron a buscar, entre mofas, micrófonos por todo el local, aunque todos sospecharon inmediatamente sobre el autor del «chivatazo».
El desencadenante
—¡Papa!, ¡tío Geluco! ¡Que os está insultando! —nos gritó mi sobrina Sandra.
—¿Quién? —le preguntamos al unísono.
—¡Valentí!, ¡el Embajador!
Eran las once de la noche. Acabábamos de cerrar nuestro bar restaurante y estábamos charlando con el dueño del bar de copas que hay enfrente de nuestro local, en cuyo interior se encontraba el Embajador departiendo con una amiga. Yo cargaba con un paquete de botellas grandes de agua para mi anciana madre y estaba a punto de marchar, cuando el diplomático y su amiga abandonaron el local. Ya en la calle, según Sandra, y sin que ni yo ni mi hermano Rafael nos percatáramos, Valentí le dijo a su amiga que los dos hermanos eran «unos cabrones y unos hijos de puta», y que su local «no era de fiar».
La respuesta de la Embajada fue inmediata: «El señor al que hace referencia no forma parte del cuerpo diplomático de…».
Luego que Sandra nos pusiera al tanto de los insultos, le grité a Valentí, que ya se había alejado unas decenas de metros:
—¡Valentí! ¡Ya basta! ¿Qué cojones te pasa!
—¡Tú lo sabes! ¡Y te vas a enterar! ¡Ya me voy a encargar yo de que todo el mundo se entere de que tipo de gente sois!, ¡sinvergüenza! Y esos clientes tuyos, esos vagos borrachos, tengo toda la información sobre ellos, y la voy a pasar a sus superiores —me contestó, con gesto retador.
—¿Te has vuelto loco? ¡Espera! ¡Eres tú el que tienes que dar explicaciones! —le grité, a punto de perder los nervios ante las provocaciones tan poco diplomáticas de Valentí.
—¡Ven! ¡Mamarracho! —volvió a retarme, con gestos obscenos, pero sin dejar de alejarse.
—Dejé el agua en el suelo y corrí a su encuentro, en el momento en el que el Embajador doblaba una esquina. Cuando llegué hasta allí, había desaparecido. Lo busqué por los locales de esa calle, pero no lo localicé.
A raíz de este incidente, decidí escribir un correo electrónico a la Embajada de Andorra en Madrid, para contarles lo sucedido, alertando de la agresividad y los insultos del Embajador a mi hermano Rafael y a mí, y a alguno de nuestros clientes. Me acordé entonces como Valentí me había lanzado duras acusaciones hacia el dueño de otro local de la zona quien, supuestamente, le había pedido utilizar la valija diplomática para usos ilícitos pero beneficiosos económicamente para ambos, y cómo el Embajador lo puso en su sitio y dejó de ir a su local. ¡A saber qué estaría diciendo ahora de mí y de mi hermano!, pensé. Al parecer, Valentí no era tan inofensivo como pensaba. La respuesta de la Embajada fue inmediata: «El señor al que hace referencia no forma parte del cuerpo diplomático de… Lamentamos tan desagradable situación».
Era la confirmación oficial de todos los rumores. Si Valentí no se hubiera puesto agresivo y no nos hubiese comenzado a difamar, yo lo hubiera seguido tratando como hasta ahora, sin darle más importancia a sus indiscreciones y contradicciones. Por si acaso, envié a la Embajada en Madrid, por correo electrónico, una copia de la tarjeta de presentación de Valentí y les alerté sobre el uso que hacía del nombre de su país y del resto de documentos que manejaba. Inmediatamente, recibí una llamada de la Embajada. Les di toda la información que me pedían. Fue una conversación larga.
A los dos días, se presentan dos Mossos en mi local. Me preguntaron si estaba dispuesto a declarar. No puse inconveniente, así que se me llevaron en un coche patrulla a la comisaría para prestar allí declaración. Además de todo lo que sabía sobre Valentí, les pasé a la policía el nombre de otras personas que podrían corroborar lo que yo decía y aportar más información. Poco después, la policía fue a diferentes locales a tomar declaración in situ a los dueños y a alguno de los clientes.
Lógicamente, comencé a explicar a clientes, amigos, dueños de otros locales y personas que creían conocer al falso Embajador, su secreto. Algunos lo intuían, otros no daban crédito, «si lo conocemos de toda la vida» y alguna de las amistades de Valentí, me contestaron que no me creían, preferían creer las mentiras del falso Embajador.
Valentí fabricó las credenciales, cartas y los
documentos confidenciales, en un arduo trabajo de investigación en internet y en diseño.
Valentí estuvo todavía un tiempo paseándose por el barrio y mostrándose desafiante. Miraba hacia el interior de nuestro local, con odio y desprecio, mientras soltaba algunas palabras que al estar la puerta cerrada no se podían oír, pero que seguro que no eran amistosas.
Pocos días después, me visitó el Mosso que me había tomado declaración, para informarme que efectivamente, Valentí no era quién decía ser, que su nombre sí era correcto, pero no uno de sus apellidos, ya que utilizaba el apellido de un diplomático andorrano con el que coincidía en nombre y primer apellido. Me dijeron que debía de tratarse de un problema de personalidad, porque no había constancia de que hubiera cometido un delito aprovechándose de la suplantación, aunque sí sabían que tenía un contencioso en Andorra. Se negaron a darme más información. Yo quería saber quién era realmente, y dónde y de qué vivía, pero los Mossos me dijeron que eso era todo lo que me podían comentar, aunque seguían pendientes del caso.
Hablando con varios clientes llegamos a la conclusión que Valentí era realmente andorrano y que seguramente su familia pertenecía al entorno gubernamental o del poder económico. Mirando en internet, vimos que varios diplomáticos y cargos del Gobierno andorrano tenían el mismo primer apellido que él.
Valentí fabricó las credenciales, cartas y los documentos confidenciales, en un arduo trabajo de investigación en internet y en diseño. Estudió el funcionamiento y protocolos de la Unión Europea y de la Administración andorrana. Creó falsos perfiles en Facebook y resto de redes sociales, para sustentar sus afirmaciones. Se inventó una familia: unos hijos superdotados para la música que comenzaban a dar conciertos en grandes teatros; una mujer de la que se había divorciado y a la que tenía que soportar por sus hijos; un suegro comprensivo que lo invitaba a todos los grandes actos; y fue documentando con fotos sacadas de internet, familia y bienes. Creó para sí unas funciones y obligaciones diplomáticas que nunca existieron.
Volvió a pasear alguna vez, durante un tiempo, por las calles del barrio, pero lo hizo como un personaje que de repente no reconoce el escenario ni se acuerda del guion, desubicado en unas calles y plazas, que han dejado de ser suyas. Hasta que un vecino me contó que al verlo le dijo de una manera, en su opinión, diplomática, ya que decía que lo no diplomático sería pasar a la acción sin previo aviso, le dijo que como volviera a verlo por el barrio, le iba a partir la cara. Me dijo que Valentí puso cara de terror y los ojos se le aguaron, y estuvo a punto de echarse a llorar. No ha vuelto por el barrio.
¿Cómo es posible que Valentí nos engañara a tanta gente y durante tanto tiempo? ¿Pura ingenuidad?
¿Cómo es que algunas personas se negaron a creer la realidad una vez fue descubierto? ¿Porque necesitan creer en una fantasía que llene un poco más sus vidas y sus días?
Tal vez Valentí inventó su personaje de Embajador para salir del ostracismo e irrelevancia en que creía que vivía. ¿Por qué en lugar de salir corriendo cuando se le descubrió, respondió ofendido, con agresividad, con insultos? Tal vez porque su personaje lo acabó devorando. Valentí se creyó su personaje, se convenció de que él era “El Embajador”. Y seguramente lo sigue creyendo. Es posible que ahora deambule por otras zonas de Ciutat Vella o por otros barrios de Barcelona, presentándose de nuevo con la credencial de Embajador en Ginebra, de un país o un reino de cuyo nombre no quiero acordarme.
* El Principado de Andorra es un microestado ubicado en la frontera entre España y Francia.
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