Memoria

Luis, «La Muñeca» Romero enfoca a una manifestante en los años ochenta: él es uno de los pocos periodistas que cubrió el conflicto civil salvadoreño de principio a fin. | Foto: Luis Galdámez
El conflicto armado enfocado por periodistas veteranos
Impactado, no por balas, sino por hechos
Raquel Kanorroel*
Marzo 21, 2025
Luis Romero, alias «La Muñeca», fue uno de los veteranos fotoperiodistas con los que se inició la presente serie en mayo del año pasado: Mucho dolor, algo de alegría y una larga amistad. Allí, con su reconocido tono dicharachero y jovial, narró algunos episodios de los muchos que viviera en la sangrienta década de los ochentas en El Salvador, así como vertió sus opiniones respecto al desarrollo de la fotografía —desde lo analógico a lo digital— y la realidad nacional.
Romero, conocido entre sus múltiples alumnos como «El Profe», cuenta con más de 40 años de experiencia, repartida entre medios locales (Canal 6, Radio YSAX, Diario Latino) e internacionales, pues por 30 años fue Jefe de Fotografía en El Salvador para la agencia internacional Associated Press, AP. Además, fue Jefe del Departamento de Fotografía de la Presidencia de la República de El Salvador por dos períodos y, actualmente, forma parte del staff de fotógrafos de la Secretaría de Comunicaciones de la Presidencia.
Cubrió con su cámara los movimientos sociales de los setentas, el conflicto armado en los ochentas y la posguerra (marcada por la proliferación de las maras o pandillas en el territorio salvadoreño), incluyendo catástrofes y eventos deportivos, así como a personajes de renombre en diversos campos, en el país y en el extranjero. Dada su relevante trayectoria, fue
objeto de un homenaje a inicios del presente mes.

Luis Romero hoy, llamado cariñosamente «El Profe» por sus múltiples alumnos, quienes ven su legado fotográfico un continuo en la cobertura de la historia del país. | Foto: Luis Galdámez
Y es que «La Muñeca» ha registrado como pocos el dolor humano. Tal vez por eso mismo ostenta un gran sentido del humor, el cual le permite evadir la melancolía, dado que él mismo sufrió en lo personal el embate de la guerra, al ser desaparecida su hermana a manos de elementos militares: durante toda su carrera la buscó. Mejor dicho, buscó su cuerpo, para cerrar el ciclo del luto familiar. Pero fue imposible encontrarlo.

Aunque la muerte de víctimas civiles durante el conflicto armado era «cosa común», personas sensibles como Luis Romero nunca se acostumbraron a ello. | Foto: Luis Romero
Credencial respaldada por el amor al periodismo
Luis enfatiza que el precio de registrar las imágenes de los eventos más violentos y dramáticos fue siempre enfrentar el peligro: el periodista debe entrar a los lugares de los cuales la gente está huyendo. Fue gracias al valor de los periodistas de antaño (camarógrafos, fotógrafos, reporteros, sonidistas) y a los actuales que aún se arriesgan en aras de captar los hechos en desarrollo, que podemos saber la verdad de eventos como las guerras, en las cuales es sabido que la primera víctima suele ser precisamente la verdad.
Y, desde el inicio, Romero demostró un gusto por el riesgo.
Su primera cobertura del conflicto armado fue una de las tantas tomas que el ejército salvadoreño hiciera de las instalaciones de la Universidad de El Salvador, UES. Para ingresar, utilizó un carnet del Club de Oyentes de La Voz de los Estados Unidos de América, el cual era de plástico y no tenía foto sino sólo su nombre. Armado entonces con una credencial sin verdadero respaldo periodístico, se montó en uno de los pick ups de los Comandos de Salvamento de la Cruz Verde para entrar a fotografiar a los estudiantes capturados y heridos. Algo atrevido, sin lugar a dudas.
«Uno para estas cosas tiene que ser aventado. Iba capeando entonces si me preguntarían de qué medio era; pero yo igual iba a enseñar ese carnet, y no creo que pasara por gringo», comenta Romero, riéndose. Aquella fue entonces la primera credencial que tuvo, una sin ningún respaldo oficial ni de medio noticioso; pero con ésa empezó a ejercer, porque eso era lo que él quería hacer.
[Durante los funerales de Monseñor Romero] parecía increíble que el gobierno y los militares hicieran una masacre en esas circunstancias.

El asesinato de los mártires jesuitas, Elba y Celina Ramos en noviembre 1989 fue uno de los eventos que más impactó a Romero durante la guerra civil. | Foto: Luis Romero
Impactado por la brutalidad y la sangre
A lo largo de su carrera, iniciada —según ya vimos— más como un acto de voluntad y de amor por la fotografía que como una actividad formal, «La Muñeca» fue enormemente impresionado por un sinfín de personas y situaciones, pero unas pocas resuenan siempre en su memoria.
«Hay varias fotos mías que me impactan, pero una de las que más me impresionan son las de los funerales de Monseñor Romero. Una las hice desde la azotea de Catedral, desde la terraza, y otras desde abajo. Y me impactaron porque era increíble que algo así se pudiera dar en un evento tan trascendente, de relevancia internacional y con presencia de invitados extranjeros. Parecía increíble que el gobierno y los militares hicieran una masacre en esas circunstancias», comenta él. Pero lo hicieron, intentando incluso hacer pasar aquel crimen como obra de la guerrilla.
Comenta también que, al cubrir los funerales del Arzobispo Mártir, tenía ya el carnet de un medio formal: Radio YSAX, La Voz Panamericana, la emisora de la iglesia católica, pero ello «no era ninguna garantía ni para la policía ni para el ejército», dada la actitud crítica dicha institución mantuvo frente al status quo de entonces.
Otra foto suya que lo impresiona bastante la tomó reporteando junto al periodista Alberto Barrera en la calle «despuesito de San Vicente, cuando estaban ampliando la Carretera Panamericana. Durante la guerra decidieron ampliar la calle (…), hacerla más ancha. Entonces con Alberto andábamos allí, siempre salíamos, a ver qué agarrábamos de noticias. A veces nos íbamos por la Carretera del Litoral y regresábamos por la Panamericana o viceversa».
En esa ocasión, se toparon con un convoy de ocho pipas de gasolina acompañadas por camiones militares. De pronto, en un tramo de la carretera, emboscan los guerrilleros al ejército. «Con Alberto, en medio de la balacera, nos fuimos a cubrir en un trapiche de caña, que son muy comunes en esa zona», apunta Luis. En eso, observa que venía corriendo a media calle un soldado herido, tocándose el pecho ensangrentado.

Romero se arriesgó para captar esta imagen que refleja la angustia de un hombre que acaba de ser impactado en el pecho por un proyectil. | Foto: Luis Romero
«En medio de la balacera, salí corriendo, me paré a media calle y le tomo la foto. Él me grita que la borre, pero en ese tiempo todo era analógico, nada digital», relata Romero. Así que la imagen de aquel hombre con rostro angustiado que quizá moriría al poco tiempo, preguntándose tal vez qué rumbo tomaría aquella guerra en la cual el destino lo involucró, quedó grabada para siempre.
«En la Ofensiva, lo que más me impactó fue la muerte de los jesuitas, que asesinaran a seres pensantes. Para mí fue la peor decisión que pudo tomar el ejército. Aunque, cuando yo llegué, todas las evidencias que habían dejado eran para indicar que la guerrilla era la culpable: en las paredes habían escrito “Esto les pasa por traidores”, “Viva el FMLN” y cosas así, una manera muy burda de desviar la atención de su responsabilidad en el asesinato», señala «La Muñeca».
Lo más increíble para Romero fue «ver llegar a los comandantes guerrilleros a la Plaza Gerardo Barrios, cosa que nunca se había visto.
Aunque «asesinar a seres pensantes» es característico de los regímenes autoritarios y no se diga totalitarios, la escena de aquellas lumbreras humanas tiradas boca abajo con el cráneo roto —en un aberrado, vano y absurdo intento por acallar su pensamiento—no podía menos que impresionar a las personas inteligentes y sensibles como Romero.
Pero las personas inteligentes y sensibles como él también se impactaron al visitar, en aquellos aciagos días a finales de 1989, la morgue del Cementerio General Los Ilustres, y encontrarse allí cada vez con «decenas de cadáveres de personas desconocidas, y tener que andar caminando nosotros entre esos cadáveres para tomar fotos», relata Luis, consciente de que aquellos «cadáveres desconocidos» fueron personas entrañables para aquéllas otras —vivas aún— a quienes amaron y por quienes fueron amadas…

A pesar del gran logro que significó la firma de los Acuerdos de Paz, Luis Romero señala que las condiciones de vida de las mayorías siguen básicamente iguales a las de aquel entonces. | Foto: Luis Galdámez
Impactado por la decepción
Lo más increíble de la época de los Acuerdos de Paz para Romero fue «ver llegar a los comandantes guerrilleros a la Plaza Gerardo Barrios, al Centro de la ciudad, cosa que nunca se había visto: tal vez más de alguno lo había hecho clandestinamente antes, pero abiertamente no (…). Claro, fue impactante que el FMLN fuera a elecciones, y mucho más el traspaso de mando de Saca para Funes; que el partido ARENA —entre comillas— “le cediera el mando” al FMLN por medio de Funes».
Para las nuevas generaciones, observar a personas de distintas tendencias políticas convivir sin violencia es algo perfectamente normal. Pero personas como «La Muñeca» vivieron y testimoniaron tiempos en los que el tramo entre «derecha» e «izquierda» era un ancho río de sangre sin ningún puente, en los que un simple chambre podía aventar a cualquiera a ese río, donde moría ahogado.

Conferencia de la Comandancia del FMLN en la Plaza Barrios. Con eventos como éste inició un nuevo ciclo de convivencia en el país, después de la firma de los Acuerdos de Paz de 1992. | Foto: Giuseppe Dezza
Pero lo más impactante para Luis, por decepcionante y por triste, «fue ver a ex combatientes del FMLN trabajando como sirvientes de los comandantes en sus casas (…): ¡tanto que expusieron la vida estas gentes para no recibir el trato que habían soñado! Igual con el ejército: ¡tanto soldado que echó riata! Y tantos oficiales que sólo dirigieron la batalla desde sus puestos de mando; pero nunca se enfrentaron en un combate…».
Él no puede menos que escandalizarse al ver cómo terminaron los soldados y los guerrilleros de a pie, ésos que se la jugaron sólo para seguir en las mismas condiciones. Es decir, pobres; mientras que comandantes y oficiales «continúan comiendo pollo», señala Luis con un llameante dedo acusador…
«Claro, algunas cosas han cambiado, como la seguridad en el país, ha cambiado bastante (…). Pero mire en lo que ha terminado todo esto, que algunos hasta pueden preguntarse, al ver que seguimos casi en las mismas condiciones: “Y bueno, ¿de qué sirvió la guerra?”».

Imagen de tres veteranos. De izquierda a derecha: Alberto Barrera (reportero), Luis Romero y Francisco Campos (fotoperiodista), captada por otro veterano en el litoral nacional. | Foto: Luis Galdámez
* Escritora, periodista, pintora y dibujante. Autora del libro Raíces sumergidas, alas desplegadas (2014). Mención honorífica en el III Concurso Internacional de Microrrelatos Jorge Juan y Santacilia, con sede en Novelda, España (2016).
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