Cultura

Foto ilustración: Luis Galdámez
El Prado IV. Los durmientes
José Miguel Benítez Casteleiro*
Junio 6, 2025
Cuántas emociones me estaba deparando aquella visita a El Prado. Aunque no estaba en condiciones para apreciar todo lo que me podía dar, me lo estaba pasando bien, atento a todos los estímulos que me regalaban aquellas joyas del arte y su entorno bajo el prisma dionisíaco.
Hubo momentos en ese día en que vi obras como el hermafrodito durmiente que me incitaban a recostarme y echar una cabezadita, pero como no fuera en alguno de los baños, no tenía dónde. Quizás por eso, también, dos de las obras que me llamaron la atención, y quedaron grabadas en mi memoria, fueron El sueño de Jacob, de Ribera, y Sueño 1. Idioma universal. El autor soñando, de Goya.
Dos obras que representan a dos personajes durmiendo: uno, más plácidamente, teniendo sueños celestiales; el otro, en una posición más forzada e incómoda, soñando con la razón y sus monstruos.
Se me ocurrió la picardía de despertar a ambos durmientes y preguntarles sobre sus sueños. Y lo intenté.
El primero, Jacob, el soñador pintado por Ribera con un estilo realista naturalista, me atraía por su aspecto de placidez. Daba gusto verlo, tan descansado. Estaba estirado al lado de un tronco inclinado que trazaba una diagonal perpendicular a la posición del durmiente, lo que le daba al cuadro una perspectiva sugerente. Apoyaba su cabeza en su mano izquierda cuyo codo se apoyaba a su vez en una roca. Su rostro iluminado tenía una expresión relajada. Comencé a hablarle, le dije que su hermano lo andaba buscando y no precisamente para una charla fraternal, sino todo lo contrario. Pero no conseguía sacarlo de su sueño, así que tuve la tentación de taparle la nariz con mis dedos para que al no poder respirar tuviera que despertar. Pero dormía como el tronco que tenía al lado y que le servía de protección contra el viento que se adivinaba en las hojas. Sí que hubo un momento en el que musitó algunas palabras, pero no era a mí, hablaba dentro del sueño, y se asombraba de la visión de ángeles difusos en una especie de nube semi-luminosa que subían y bajaban de los cielos, como una escalera que me recordaba a Led Zeppelin y su Escalera al cielo, un canto a la esperanza.
En ese momento tuve una segunda tentación, la de convertirme yo en profeta, a través de un spoiler y contarle que, a raíz del sueño él, que no era muy creyente, y que su conducta no era demasiado ejemplar, ya que había engañado a su padre para que le diera a él su bendición y no a su hermano mayor, que era a quien según sus tradiciones le correspondía, y que había comprado a su hermano la primogenitura por un plato de lentejas, iba a ser el patriarca de las doce tribus de Israel, con doce hijos de sus dos mujeres, Raquel y Lea, que eran hermanas, y de sus respectivas sirvientas Bilha y Zilpa, con las que se había acostado y procreado supuestamente por iniciativa de sus dos mujeres.
No sé si Bram Stocker había visto este grabado antes de crear su Drácula, pero no me extrañaría.
Con la sirvienta de Raquel, porque ésta inicialmente no era fértil, aunque después sí lo fue y tuvo con ella dos hijos; Lea, con la que tuvo siete hijos, se celó por ello de Raquel ¡y no de su sirvienta!, y le pidió a Jacob que se acostara y procreara con Zilpa. Y toda esta historia se iniciaba con ese sueño, que le iba a dar la fe hasta el punto de que en aquella tierra fundaría su patria y la de toda sus descendencia. «Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur», recordaba yo de mis lecturas de la Biblia, que le revelaba Dios a Jacob en ese sueño. Pero por más que le contaba todo esto al oído —mientras observaba de reojo como los visitantes que pasaban lo hacían deprisa mirándome a mí y no al cuadro, con estupor y desconfianza—, convencido que Jacob se levantaría de golpe para machacarme a preguntas sobre su vida, de auténtica telenovela, no conseguía despertarlo. ¡En aquel cuadro no había uno sino dos troncos!, pensé, y no pude reprimir juzgarlo, medio en broma medio en serio,como un personaje que hoy sería cancelado.
El durmiente de Goya, perteneciente a la serie Caprichos, compuesta por decenas de grabados y aguafuertes, era una obra que atraía más mi curiosidad, pero que a la vez me resultaba muy inquietante. La posición del personaje no era cómoda, se recostaba como abatido, como deprimido, sobre una mesa en la que apoyaba sus brazos sobre los que hundía su cabeza. Alrededor había animales entre los que destacaba un gran murciélago con las alas extendidas. No sé si Bram Stocker había visto este grabado antes de crear su Drácula, pero no me extrañaría, porque a mí me daban ganas de buscar una estaca y clavársela, ¡uf!, espero que mis amigos animalistas no me cancelen por esto, sólo ha sido un pensamiento defensivo.
En otros de su grabados muy similar a éste, en un lateral de la mesa o bloque se lee «el sueño de la razón produce monstruos», y esa es la sensación al ver el murciélago, aunque salen también otros quirópteros más pequeños junto con lechuzas y búhos, símbolo en este caso de la mala suerte y nefastos presagios. Detrás del autor, a la altura de sus piernas cruzadas, aparece como contrapunto un lince con los ojos bien abiertos y las orejas rectas y atentas, que según oí a una guía que pasaba en ese momento, representan la razón, la inteligencia.
Para evitar que se repitieran las miradas de los visitantes que habían pasado con anterioridad, esperé a que marchara la guía y su grupo de estudiantes adolescentes, para tratar de despertar al durmiente y preguntarle qué estaba soñando exactamente, si era una pesadilla o, por el contrario, era una fuente creativa, pero la única respuesta que obtuve fue un cansado ronquido.
* José Miguel es un periodista español nacido hace 67 años en la localidad gallega de Ferrol (A Coruña). Ha vivido 17 años en Centroamérica (a la que considera su segunda madre, y en donde han nacido sus hijos), en la que ejerció como free lance y colaboró con diferentes medios locales. Ha sido corresponsal en diversos medios como la Agencia Efe y la revista Carrer (Calle) de Barcelona, entre otros. Desde su regreso de Centroamérica vive en Barcelona, su ciudad fetiche y a la que siempre vuelve.
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