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Memoria

Ilustración: Luis Galdámez

Recogiendo cadáveres

Miguel Ángel Chinchilla *

Noviembre 1, 2024

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Miguel Ángel Chinchilla reúne en su obra, Recogiendo cadáveres, fragmentos de las vidas de monseñor Óscar Arnulfo Romero y Roberto D’Aubuisson. Organizado en cuatro capítulos, la obra nos refiere al periodo entre 1943, un año después de la ordenación de Romero como sacerdote, hasta 1992, año en el que muriera el exmayor a causa del cáncer. Chinchilla presenta la infancia, juventud y vida adulta de estos dos salvadoreños, aludiendo también al contexto social, político y eclesial que sirvió como trasfondo y enmarcó la realidad salvadoreña de esos años. Con el aval del autor publicamos fragmentos de su obra correspondientes al tercer capítulo del libro: «Sé que mi hora se acerca».

***

Preludio y ejecución del golpe de Estado de 1979

Apolinario Serrano, Polín, era un líder que dirigía la Federación Cristiana de Campesinos Salvadoreños FECCAS y la Federación de Trabajadores del Campo FTC. Polín era un líder natural, tenía buena labia, sabía pensar, era consecuente, hablaba siempre bonito como en rima, con refranes, tenía chispa. Cortador de caña desde siempre, originario del cantón El Líbano en la jurisdicción de Aguilares. De alguna manera Polín era producto del proyecto cristiano que desarrollaban los jesuitas en aquella zona. Desde que lo conoció el día que asesinaron a Rutilio, al arzobispo Romero le gustó platicar con Polín y lo recordaba con mucho cariño. Lo mataron el sábado 29 de septiembre de 1979. Fue en una emboscada que le tendieron desde el cuartel de caballería viniendo de Santa Ana. Sin lugar a dudas Polín era otro de aquella lista que manejaba el Mayor. Mataron a Polín con otros miembros de FECCAS: José López, Patricia Puertas y Felix García. La matancinga continuaba, no se detenía. En la homilía del domingo 7 de octubre, el arzobispo habló sobre el matrimonio y la familia. El matrimonio tiene una función social, decía, tiene que ser antorcha que ilumina a su alrededor. Hay que educar en el amor, seguía diciendo. Su modelo era obviamente el matrimonio de su madre doña Lupe y su padre don Santos, quienes como pobres que eran con muchas dificultades, pero siempre juntos, inculcaron tanto amor en el seno de la familia Romero Galdámez.

Después de la misa, como era habitual los domingos, se fue a casa de la familia Barraza donde almorzó y descansó luego de una semana saturada con amenazas y dolorosas inquietudes. Mientras se conducían en el automóvil Salvador Barraza le comentaba sobre la homilía de aquella mañana acerca del matrimonio, y monseñor Romero le acotaba que ojalá todos los matrimonios fueran como el suyo, el de los Barraza. Por la tarde dijo, mientras revisaba una pequeña agenda que guardaba en el bolsillo de la sotana, tenía que regresar temprano al hospitalito ya que recibiría la visita de dos militares.

Se trataba del mayor Benjamín Ramos y el capitán Jorge Antonio Medrano, los dos del cuartel San Carlos, quienes llegaban en comisión a informarle sobre los planes de una conspiración contra el presidente. La conjura había surgido en el cuartel conocido como la Maestranza del Ejército dirigido por el coronel Abdul Gutiérrez, el Diablo le decían, quien era asesorado ni más ni menos que por el Chele Medrano, otra vez el Chele Medrano. La verdad era que había malestar general en las filas del ejército, y como siempre eran los capitanes y mayores quienes tomaban la iniciativa porque eran los oficiales más cercanos a la tropa. Uno de los principales líderes de aquella conjura fue el capitán Román Alfonso Barrera del cuartel de artillería en Opico. El arzobispo se estremeció al escuchar revelaciones tan drásticas, aunque en el fondo percibió una leve efervescencia de alegría. Se le vino al recuerdo que después de almorzar en casa de los Barraza, se había dormido un rato mientras escuchaba suave en un radito de batería «la danza macabra» de Camille Saint Saëns.


Entre los propósitos del golpe uno principal era la depuración de la Fuerza Armada.


Vean señores, les dijo, no quisiera seguir recogiendo cadáveres, de veras no es nada agradable, acotó mirándoles a los ojos. En 1978 hubo un promedio de 150 asesinatos, en 1979 la cifra se había cuadriplicado. Se tranquilizó al saber que aquellos militares se proponían proceder de manera incruenta, ni un disparo, prometieron. En aquel momento se le vino la frase latina que utilizaba la inquisición en la Edad Media: sine effusione sanguinis, sin derramar sangre puesto que se trataba de la horca o la hoguera. Además, le confesaron que contaban con el apoyo del gobierno del presidente Jimmy Carter. Todo, reafirmaron, está fríamente calculado. Entre los propósitos del golpe uno principal era la depuración de la Fuerza Armada, y la eliminación de manera inmediata de estructuras terroristas como ORDEN y ANSESAL El arzobispo los exhortó hacia la prudencia, primera de las virtudes cardinales, y lo menos que podía hacer como prelado en aquel momento era concederles el beneficio de la duda.

Los días siguientes el arzobispo tuvo otras reuniones con miembros civiles involucrados en el golpe, como Román Mayorga Quirós, Mario Andino y Guillermo Ungo. El 10 de octubre monseñor Romero se reunió en el colegio Belén de Santa Tecla con sacerdotes de la arquidiócesis para acordar la posición de la iglesia ante aquel inminente acontecimiento. Entre aquellos sacerdotes se encontraban monseñor Urioste, Ignacio Ellacuría, y Jesús Delgado.

Así entonces una semana más tarde, lunes 15 de octubre de 1979, al mediodía el general Carlos Humberto Romero Mena con su familia, salía exiliado rumbo a Guatemala, después de ser depuesto como mandatario de la república. El embajador Frank Devine acompañó al general derrocado junto con su familia y otros exfuncionarios hasta la escalinata del avión enviado por el gobierno militar de Guatemala.

Recogiendo cadáveres

Miguel Ángel Chinchilla

A la venta en Librerías de la UCA

*  Miguel Ángel Chinchilla es un poeta, narrador, ensayista, dramaturgo y periodista salvadoreño nacido en 1956 es una de las figuras relevantes de las Letras en la segunda mitad del siglo XX. Co-fundador del desaparecido suplemento literario Los Cinco Negritos en Diario El Mundo y miembro del consejo de redacción de la revista Amate. 


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