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Opinión

Ilustración: Luis Galdámez

Maquilishuat para el hambre

Nayda Acevedo Medrano*

abril 19, 2024
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Digan, griten, poetas del alpiste.
Digan la verdad que nos asedia.
Digan que somos un pueblo desnutrido,
que la leche y la carne se la reparten
entre ustedes
después que se han hartado
los dirigentes de la cosa pública.

Digan que el rábano no llega
hasta las mesas pobres; que diariamente
mueren cientos sin asistencia médica
y que hay mujeres que dejan
la uva de su vientre
a plena flor de calle.

Digan que somos lo que somos:
un pueblo doloroso,
un pueblo analfabeto,
desnutrido y sin embargo fuerte
porque otro pueblo ya se habría muerto.

Digan que somos, eso sí, un pueblo excepcional
que ama la libertad muy a pesar del hambre
en que agoniza.

Patria exacta (extracto) Oswaldo Escobar Velado

Políticas públicas destinadas a combatir las causas estructurales de la pobreza han sido las grandes ausentes en la historia de la República de El Salvador. Y no es casual que esto sea así: más de dos siglos dan testimonio de las decisiones variopintas que no han logrado transformar las profundas desigualdades en las cuales se basa la sociedad salvadoreña, vaya usted a saber que no es un pecadito venial, por el contrario, los decisores ¡saben lo que hacen!

Y es que una de las grandes consecuencias de la pobreza decanta en la ausencia de calidad y cantidad de alimentos que la población consume. Cuando la carencia es una constante, es muy difícil identificarla en la vida cotidiana y «aunque sea salteado» se sigue comiendo en El Salvador, país de apenas 20,000 kilómetros cuadrados. Pero, ¿es suficiente?, ¿es nutritivo?, ¿es accesible? Depende del lente con el que se vea: para una persona que su condición de vida ha estado caracterizada por la carencia, la alimentación es un acto subsidiario y subordinado a su capacidad adquisitiva limitada. No se cuenta con una lista formal de compras mensuales desde la que con un presupuesto organizado se puede realizar periódicamente. No, que va, se va comprando según el presupuesto familiar y los indicadores macroeconómicos lo permitan.

¿Qué desayuna su familia? Pregunto a una trabajadora del sector textil de la maquila. La respuesta es contundente, «pues depende: cuando hay, comemos huevitos, frijoles y tortilla, pero cuando no, nos tocan dos cosas, ver cómo le hacemos para que algo nos llevemos en la panza, aunque a veces toca dejar de comer algún tiempo de comida salteado o ir a pedir de fiado en la tienda, aunque ahora todo está caro y ni de fiado se puede ya, así que nos vamos con lo poquito que se puede, para aguantar el día, a veces compramos pupusas de a cora  y si no, un pan dulce y gaseosa, con eso se aguanta».


El país necesita una sacudida, un golpe de timón sobre su sistema económico y sus diferentes modelos ajustados una y otra vez para beneficiar a pequeños grupos. 


La paradoja de esta inocente respuesta al mejor estilo Salarrué, es que la población salvadoreña vive asediada por sendas invitaciones al consumismo y a la inmediatez que no permite reconocer el hambre como un problema estructural y de distribución: chips telefónicos al dos por uno, restaurantes de comida rápida con ofertas «accesibles» sin advertir el costo en salud, mas si en la inmediatez de saciar el hambre, farándula nacional e internacional, videos de Youtube o de TikTok en las horas de las comidas para evadir la realidad, los bailarines del Parque Libertad y sus tragicomedias tan abrazadas también al hambre, la carencia y la pobreza, el fútbol y el gol de pecho por aquellos equipos que sí tienen su mesa servida y así, miles y miles de ejemplos. 

Otra gran paradoja relativa al hambre añeja es que somos una población con alto porcentaje de malnutrición, manifestada en sus dos caras: la desnutrición y el sobrepeso y la obesidad. Y no es para menos: la carencia de nutrientes en los alimentos no es algo que preocupe al salvadoreño promedio (ni a sus diversos gobernantes), por el contrario, importa comer, lo que sea, pero al menos llevarse algo que cubra esa sensación intergeneracional de vacío en la panza  y es así como cabezas de familia, en su mayoría mujeres, ceden su porción al resto y comen lo que pueden después, es así como niños y niñas replican lo que hemos señalado sobre sus referentes adultos, incorporando alimentos altos en azúcar o ultraprocesados (muchos de ellos más baratos que las hortalizas que se importan), consecuencia del permanente bombardeo, poca o nula regulación y menor referencia alternativa para decidir sobre su alimentación. 

No es la intención de este artículo hacer una cátedra sobre lo que desde el privilegio se puede comprender y teorizar en relación con la seguridad alimentaria y nutricional, la soberanía alimentaria o el derecho humano a la alimentación adecuada, tampoco es la intención tratar de explicar lo que cada salvadoreño vive física y emocionalmente frente al hambre, en cambio, sí lo es reflexionar sobre las prioridades que nos rodean en un país que necesita una sacudida, un golpe de timón sobre su sistema económico y sus diferentes modelos ajustados una y otra vez para beneficiar a pequeños grupos, a costa de la sobrevivencia de la mayoría.  

Si algo nos dejó claro la encerrazón de la pandemia es que no todos estamos en el mismo barco. Ondean banderas blancas y caras de angustia en cada esquina en la que seguimos viendo a niños, niñas, madres, malabaristas en los semáforos de la ciudad capital, solo que la angustia tiene orden de prioridades y siempre se puede esperar un poco más para dignificar lo que entra por la boca. 

Mientras tanto, celebremos los Maquilishuat sembrados en la ciudad.

* ⁠Escritora. Consultora en políticas públicas y derechos humanos. Sus estudios son  en Ciencias Jurídicas y de maestría en Relaciones Internacionales y en Ciencia Política. Dos veces ganadora de Juegos Florales en las ramas de poesía infantil y de testimonio. Publicaciones: Atrapasueños, Laberinto Editorial, San Salvador, 2017.


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