Cultura

Fotoilustración: Luis Galdámez
José Miguel Benítez Casteleiro
Sexta entrega
Revista Espacio
Abril 4, 2025
José Miguel es un periodista español nacido hace 67 años en la localidad gallega de Ferrol (A Coruña). Ha vivido 17 años en Centroamérica (a la que considera su segunda madre, y en donde han nacido sus hijos), en la que ejerció como free lance y colaboró con diferentes medios locales. Ha sido corresponsal en Andalucía (España) de la Agencia Efe. Es colaborador habitual de la revista Carrer (Calle) de Barcelona.
En los años 90 del siglo pasado, fue consultor de diferentes programas de la Unión Europea en Centroamérica: Programa de reinserción productiva de lisiados de guerra (El Salvador); Programa de apoyo a la reinserción de los ex-combatientes de la URNG a la vida civil (Guatemala); Programa de apoyo al desarrollo de los pueblos indígenas y negros de Centroamérica (con sede en Panamá).
Desde su regreso de Centroamérica vive en Barcelona, su ciudad fetiche y a la que siempre vuelve, y a la que gusta definir con las palabras que le dedicó Cervantes en El Quijote: «archivo de cortesía, albergue de los extranjeros… y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única». También es activista del movimiento de solidaridad internacional con Centroamérica, en los años 80 y 90 del siglo pasado.
El cuadro
José Miguel Benítez
Nunca más volví a aquella galería de arte, aunque nunca salí de ella. Me gustaba recorrer periódicamente las galerías del barrio Gótico barcelonés: las más tradicionales; las de artistas emergentes; las de las nuevas tendencias que en mi opinión son más tiendas con obras y mercancías decorativas que auténticas galerías, pero que tienen su valor; y las de pintores ya curtidos que sin ser de renombre sí tienen cierto prestigio y a mi me gustan sus particulares estilos.
Aquella galería debía de ser nueva, o al menos yo era la primera vez que la veía. Entré a curiosear. Había expuestas excelentes copias de obras conocidas, obras originales de pintores consagrados, de veteranos emergentes poco conocidos fuera del circuito, así como de jóvenes desconocidos. Junto a todas esas piezas, a la derecha de la entrada vi un cuadro que ocupaba toda la pared y que sin duda estaba hecho con Inteligencia Artificial. Al principio no le encontré sentido exponer una obra de esas características, incluso me molestó, porque un cuadro así carece de vida y de historia, algo que sólo pueden crear los pinceles de auténticos artistas. Pero al rato, ya no podía dejar de contemplarlo. Fueron apenas un par de minutos, porque enseguida me interrumpió el propietario de la galería quien se empeñó en mostrarme el resto de las obras expuestas. Después de recorrer toda la galería y de comprarle una obra menor de un pintor veterano, que realmente me gustaba y me parecía interesante, le pregunté al dueño, que se presentó como Miquele, al menos así me dijo que se le conocía en el mundillo del arte, por el cuadro de la IA. Con evidente desgana, y sin mirar hacia ella en ningún momento, comenzó a hablarme de aquella obra, a la que definió como «la hija de los algoritmos». Me explicó que la trajo un tipo extraño, de barba larga, pelo encrespado, gafas oscuras, chaqueta larga con motivos esotéricos cosidos en sus mangas y en las perneras de sus pantalones, que a él le parecían tentáculos de pulpo. Me dijo que el extraño hablaba pausadamente, arrastrando casi siempre las últimas sílabas de la última palabra de cada frase, y que no paraba de meterse la mano derecha bajo la barba, como intentando ocultarla. Miquele se extrañó aún más cuando el visitante, quien se negó a darle su nombre y le dijo que simplemente lo llamara Cero, le hizo una sorprendente propuesta: si colgaba aquella obra aislada del resto en una pared propia durante un mes, él le enviaría muchos clientes para que multiplicara sus ventas, y le compraría, como así hizo, la obra más cara de la galería. Por si eso no le pareciera suficiente, si al cabo de un mes no aumentaba los ingresos, se comprometió a llevarse de nuevo el cuadro.
Me obsesioné tanto (con el cuadro) que en cuanto pude regresé a la galería para poder contemplarlo de nuevo.
Cuando ya estábamos cerca de la salida y enfrente de aquella peculiar obra, Miquele me dijo en tono confidencial, acercando su boca a mi oído y apoyando su mano derecha en mi hombro izquierdo, que él no debía contemplarla, tal como había observado. Sin embargo yo no pude evitarlo, me quedé absorto unos instantes mirando de nuevo aquel inquietante paisaje que consistía en un mar estremecedor, en cuya línea del horizonte se elevaba ligeramente una loma o una especie de edificio incrustado en un cielo rojizo oscuro. La llegada de un grupo de tres nuevos clientes me sacó de mi ensimismamiento, al ver como la primera reacción de los tres al observar aquel cuadro fue idéntica a la mía, clavando inmediatamente en él sus ojos hasta que Miquele casi los arrastró hacia el interior de la galería. Como al cabo de media hora tenía un compromiso que no podía eludir, al otro lado de la ciudad, decidí marcharme, aunque tuve que hacer un auténtico esfuerzo.
Los siguientes días tuve que salir fuera de Barcelona. No podía dormir, no era capaz de dejar de pensar en aquel cuadro, e incluso soñaba con él. Me obsesioné tanto que en cuanto pude regresé a la galería para poder contemplarlo de nuevo. Mientras Miquele atendía a otros clientes, pude ver sin interrupciones, junto a dos mujeres con la misma actitud de veneración que yo hacia la perturbadora obra. Pero esta vez percibí algo nuevo: sentía que desde el horizonte alguien o algo me llamaba. En ese momento vino de nuevo el propietario a llevarse a las dos mujeres, mientras que a mí me dirigía una mirada de reproche indicándome la salida.
Volvía cada día y con cada visita aumentaba el poder hipnótico de aquel cuadro. Una semana después me había robado el sueño, la energía, los pensamientos y los recuerdos. En esos pocos días adelgacé 5 kilos, y ya casi no dormía porque la seducción era más intensa y desestabilizadora. Aquel cuadro, sobre un lugar creado por una máquina, un lugar que no existía, que no tenía vida, se estaba quedando con la mía. La última vez que fui a la galería vi que el cuadro me miraba, que algo o alguien me contemplaba a mí desde el horizonte.
El corazón se me aceleró al reconocer entre ellos a dos de las mujeres y a otros clientes de la galería.
En mi desesperación pedí una cita urgente esa misma tarde con un psiquiatra, y me la concedieron. Abrió la puerta la ayudante del doctor, que me hizo pasar a una sala de espera. Allí cogí una de las revistas que hay en ese tipo de salas y comencé a ojearla. Al pasar una de las páginas, levanté ligeramente la vista y me quedé paralizado, horrorizado, ¡allí, en la pared de enfrente, había colgada una copia exacta del maldito cuadro! Salí de la sala como una exhalación atropellando a la ayudanta que no me pudo evitar que entrara intempestivamente en el despacho del psiquiatra. Cuando lo vi, me abalancé furioso contra él. Tenía pelo encrespado, barba larga y debajo de su bata blanca, asomaban un par de tentáculos. La ayudanta me agarró fuertemente por el cuello con un brazo mientras que con la mano del otro me inyectaba un potente sedante que me durmió en el acto.
Me desperté en la habitación de un hospital o centro de salud mental. Me asomé a la ventana. El edificio estaba situado en una explanada, ligeramente elevada, frente a lo que me pareció una laguna. El hospital tenía forma semicircular siguiendo la línea de la orilla. Asomados a otras ventanas vi a hombres y mujeres en habitaciones como la mía. El corazón se me aceleró al reconocer entre ellos a dos de las mujeres y a otros clientes de la galería. Miré hacia el lago. Al otro lado de sus turbias aguas reconocí la galería de arte y comencé a gritar pidiendo una explicación, y grité aún con más fuerza, desesperación y sin un gramo de esperanza cuando vi que unos ojos que me miraban obsesivamente desde el otro lado, eran los míos.
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