Memoria

El sacerdote Rogelio Ponseele (aquí en 1981) decidió acompañar pastoralmente a la población que en los 80 se sumó a la lucha armada en el nororiente de El Salvador. | Foto: Archivo del MUPI
«Rogelio es un símbolo de total coherencia como pocos en este país la han tenido». Santiago Consalvi
Raquel Kanorroel*
Abril 4, 2025
A inicios los 70, desde Bélgica los salvadoreños recibimos a un sacerdote que desde la acción pastoral caminó junto a las luchas, las guindas, las misas, las masacres y demás vivencias de la población, organizada o no, primero en San Salvador y luego, en el oriente del país. Se entregó a sí mismo, convertido en amor cristiano y puro. Este 24 de marzo partió, dejando una miríada de alegría y gratitud por el tiempo compartido.
El venezolano se dirigió en la madrugada hasta la entrada de Mejicanos. Corría diciembre de 1980, y las cartas ya estaban echadas en El Salvador: el statu quo había asesinado el 24 de marzo de ese mismo año a monseñor Óscar Romero, la Voz de los sin voz, mientras celebraba la misa. Eso fue el colmo, la chispa que encendió la maquinaria guerrera, aunque la lucha armada se veía venir desde mucho antes.
Así que hombres y mujeres de todo el mundo acudieron al suelo salvadoreño, convocados por el estruendo de aquella ignominiosa bala, por el silencio aterrado de los pobres que miraron caer con el pecho ensangrentado a su pastor y por las consignas que gritaban con los puños alzados multitudes de obreros, campesinos, maestros y estudiantes, invocando una de las ideas más «peligrosas» a lo largo de la historia —Justicia— y dispuestas a volverla realidad en el país, sin importar los peligros que tuvieran que afrontar.
«Santiago» (que así se llamó aquel venezolano desde el momento en que decidió irse a las montañas cuzcatlecas) divisó en una esquina a un hombre alto, corpulento (220 libras), pelo muy rubio y piel muy roja: por este último rasgo le llamaban cariñosamente «Padre Tomate» en la Parroquia Cristo Salvador de la Colonia Zacamil, en Mejicanos, donde fue miembro del equipo pastoral de 1970 a 1980.
Entonces, «Santiago» —o Carlos Henríquez Consalvi, experto en radiodifusión— saludó al «Padre Tomate» —Rogelio Ponseele, belga de la región de Flandes (flamenco)— y juntos partieron hacia una de las zonas controladas por la incipiente guerrilla en Morazán, al nororiente del país. «Con Rogelio yo entré a la guerra y entré a la paz», declara Consalvi, afirmando muy serio que cierta vez el sacerdote le hizo un milagro y que hasta lo vio volar…

El «Padre Tomate», de alta estatura y ojos claros, se ganó ese apelativo porque su piel era, de tan blanca, casi roja. | Foto: Giuseppe Dezza
Pero, ¿por qué querría el religioso trasladarse a una zona tan conflictiva, estando en una parroquia con gran participación y apoyo de la feligresía en Zacamil? Pues porque, meses atrás, dinamitaron la casa donde él y otros sacerdotes belgas residían, quizá porque la habían prestado varias veces para reuniones de organizaciones populares políticas y clandestinas. Y es que aquellos sacerdotes habían arribado al país deseosos de predicar el Evangelio en las comunidades y trabajar por el cambio social. Esto es, de traer a la tierra el Reino de los Cielos. La casa tenía, pues, algo de «mala fama».
Cuando ocurrió aquel atentado a media noche, por suerte no estaban: una gran pared cayó sobre la cama donde el padre Ponseele dormía. Pero las «malas vibras» habían comenzado ya a recrudecer desde 1979, cuando fuera asesinado el padre Octavio Ortiz, también miembro del equipo pastoral en Cristo Salvador. De manera que la parroquia estaba en la mira; es más, nadie en El Salvador estaba seguro entonces.
Y mucho menos lo estaban personas como aquellos curas, quienes hablaban «babosadas» que aquí no se le toleraban a un nacional y mucho menos a extranjeros, como decirles a los feligreses que tenían que ser consecuentes con esa fe que invita a participar en la lucha del pueblo por la justicia. Así que, a raíz de tan manifiesta hostilidad, los religiosos belgas decidieron marcharse del país… menos el padre Rogelio, quien estuvo siempre consciente de que venía a una nación convulsa, no al idílico «País de la Sonrisa» que los funcionarios de Turismo de entonces pregonaban.
Rogelio creció con la convicción de que un sacerdote no sólo debe atender la espiritualidad, sino también
la vida del día a día.
De un país ya hecho a otro todavía haciéndose
Ponseele, nacido en 1939, llegó a El Salvador en 1970, dejando tras sí «la comodidad de las Europas para venirse a Mejicanos a pasar necesidades, a compartir el poco pan de los humildes (…), cuando los escuadrones de la muerte estaban más activos que nunca (…)», declara «Santiago».
El religioso hubiera podido trabajar en Bélgica, en una parroquia tradicional; pero allá, según expresó en una entrevista con El Faro en noviembre de 2014, «todo está ya un poco cuadriculado, el cristiano hace esto, aquello y punto. Todo está hecho. Pero aquí uno encuentra un espacio más emocionante. Hay tantas cosas que hacer, tantas situaciones que enfrentar; hay movimiento, debate, lucha. A cada rato uno está cuestionando y tomando decisiones». Sin embargo, no vino ni se quedó aquí simplemente por lo «emocionante» (puede ver la nota de El Faro en https://n9.cl/tl6cb).
Durante la segunda mitad de los años sesentas, Europa atravesó una revolución de pensamiento. Hubo bastante ajetreo de calle por parte de los sectores más jóvenes y mucho interés en América Latina y su problemática. Rogelio supo por primera vez de El Salvador en ocasión de la guerra con Honduras, como señaló en la misma entrevista antes citada, por un «articulito chiquitito en la prensa». Chiquitito, como el país centroamericano mismo.
Algunos amigos sacerdotes se adelantaron a viajar a El Salvador y lo invitaron a unírseles, y él se entusiasmó. De modo que acudió, confiado, al entonces obispo de Brujas en Bruselas —monseñor De Smedt— a solicitarle permiso para trasladarse, ya que dicho eclesiástico volvió del Concilio Vaticano II auto declarándose «obispo de la Iglesia universal» y no sólo de su diócesis: a los sacerdotes pertenecientes a ésta les dio «luz verde» para irse a trabajar a cualquier continente del mundo.
Luego de que el obispo lo pusiera a prueba para cerciorarse de que su entusiasmo no era «llamarada de tuza» sino una sólida decisión, le otorgó el permiso. Y es que la iniciativa de Ponseele tenía profundas raíces, pues provenía de una familia trabajadora y su padre era un obrero comprometido con la lucha popular. Rogelio creció entonces con la convicción de que un sacerdote no sólo debe atender la espiritualidad, sino también la cuestión social, la vida que día a día enfrenta la gente.
Palabras que predican la paz y hechos que convocan a la guerra
Al llegar a El Salvador y platicar con monseñor Chávez y González, éste ubicó a los religiosos belgas en la ya mencionada colonia Zacamil, zona de multifamiliares y sin mucha gente en aquella época. Esto entristeció a Ponseele, porque sintió que no haría nada allí. Sin embargo, pasó 10 años en dicha colonia realizando trabajo pastoral en la línea de las Comunidades Eclesiales de Base, siempre cerca de las organizaciones populares. Pero, aunque —como Iglesia— él y sus compañeros enarbolaban la bandera de la lucha pacífica, pronto se percataron de que la lucha armada era inevitable.
Así lo constataron un tiempo después, cuando una manifestación pacífica de campesinos de Morazán en la que demandaban sus derechos básicos fue reprimida con violencia y hubo alrededor de 30 muertos. Un joven de las comunidades cristianas de Zacamil participó en la misma y salió ileso porque se arrastró debajo de los carros parqueados a un lado de la calle, explicaba el padre a El Faro en la mencionada entrevista de 2014.
Invitaron al sacerdote a celebrar la Misa de Cuerpo Presente por las almas de los asesinados, pues se pudieron recuperar los cadáveres de algunos campesinos. Dicha misa impresionó mucho a Rogelio, después de la cual reflexionó que, como Iglesia, no podían abandonar al pueblo, aun cuando ese pueblo optara por la lucha armada. Y luego vino el asesinato de monseñor Romero, que les dio a él y a otros religiosos el empujón final para decidirse a abrazar de una buena vez la vida peligrosa en aras de la libertad…
Ponseele expresaría sus reflexiones bíblicas desde las zonas bajo control de la guerrilla y a través de Radio Venceremos.

En la zona bajo control de la guerrilla, el padre llegó a tener un equipo con 14 catequistas. | Foto: Archivo del MUPI
El año 1980 fue especialmente convulso. La enorme marcha del 22 de enero de ese año de la Coordinadora Revolucionaria de Masas (CRM), que aglutinó a la casi totalidad de organizaciones sociales, hacía sentir que el movimiento popular ganaba fuerza. Luego, el asesinato de Romero, en marzo, trajo reflexiones al padre Rogelio sobre su lugar en esa realidad. Aunque en algún momento en los setentas el padre Ponseele consideró —junto a otros sacerdotes y laicos— que Romero tenía una postura conservadora o, al menos, pasiva ante la opresión del régimen, la acción del arzobispo muy pronto demostró que esa idea era errónea. Fue, pues, a raíz de ambos hechos que Rogelio tomó la decisión de salir hacia Morazán para acompañar a la población en su proceso armado.
Hechos andrajos, pero decididos a batallar
Antes de llegar a Morazán, «Santiago» y el «Padre Tomate» pasaron a hospedarse por poco tiempo en una casa de seguridad en San Miguel. Una noche, el sacerdote se puso a cantar —con su melodiosa voz y acompañado por una guitarra— varias canciones de Daniel Viglietti, gran exponente del canto popular uruguayo. Cuenta Consalvi que todos los presentes estaban extasiados… pero también ansiosos de que se callara, dado el peligro de que oídos escuadroneros lo escucharan.
Partieron y llegaron a Santa Rosa de Lima, desde donde fueron guiados en su larguísima y penosísima caminata a través del monte «por un grupo de cinco o seis guerrilleros casi niños», apunta «Santiago». En ese trayecto que Consalvi no quiere recordar, él se perdió y el religioso se dobló un tobillo. Entonces lo llevaron a reposar al campamento «Hecho andrajos», famoso en aquella época y al que «Santiago» y el religioso llegaron, en efecto, hechos un par de andrajos.
Durante el resto del conflicto, ambos se hicieron grandes amigos, y Ponseele expresaría sus reflexiones bíblicas desde las zonas bajo control de la guerrilla y a través de Radio Venceremos, cuyo fundador fue precisamente «Santiago», usando un antiguo transmisor de la II Guerra Mundial, una pequeña consola, una grabadora con casete y un micrófono, como equipo inicial, con el que comenzaron a transmitir en enero de 1981 desde el cantón La Guacamaya, donde también permaneció el sacerdote.
En Morazán, Rogelio conoció a varios líderes de las Ligas Populares 28 de febrero, LP-28 (organización social) y del Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP (organización armada). Estaba, pues, donde su conciencia le indicaba que debía estar: «El pueblo estaba agredido a muerte (…), tenía derecho a defenderse y a salir de la situación de pobreza y de injusticia empujando una lucha a muerte», expresó durante la ya mencionada entrevista en 2014, señalando que la misma Iglesia enseña que el agredido tiene derecho a defenderse en la misma proporción en la que es agredido.
Conviviendo con los muchachos a sol y a sombra, pero contento
En La Guacamaya, aquel «cura burgués acomodado» tuvo que vivir en los campamentos; dormir, como los guerrilleros, sobre plástico y al aire libre, y caminar con ellos de un lugar a otro. Porque, al fin y al cabo, él también era un objetivo militar: el Ejército quería capturarlo y asesinarlo, por lo que tenía que mantenerse junto a los combatientes. También le tocó huir con los lugareños durante innumerables guindas; pero, a la primera oportunidad, visitaba a las comunidades y atendía a la población remanente lo mejor que podía, pues mucha gente huyó de Morazán por temor.
Y, claro está, tuvo que comer lo que ellos comían: «Tortilla con frijol en la mañana, frijol con tortilla al mediodía y tortilla con frijol en la tarde», comentaba él con su característico sentido del humor. Pero «el problema más grande para mí era la falta de alguna privacidad.

Vivir en las zonas bajo control de la guerrilla implicaba guindear en los operativos y dormir en el suelo. Pero valía la pena acompañar a esa población profundamente cristiana. | Foto: Archivo del MUPI
El cura ya se acostumbra a cierta manera de vivir, pero lo que más me hacía falta era privacidad (…)», reitera el sacerdote en un documental producido por unos compatriotas suyos.
«A veces trataba de escaparme para leer, para pensar, para reflexionar un poco. Pero los compas me perseguían. Me preguntaban: “Padre, ¿está triste?”. Estar solo para ellos es estar triste. “No, no estoy triste, pero estoy queriendo leer un poco, reflexionar un poquito…”. No lo entendían (…). Se quedaban siempre conmigo», manifestó él a unos compatriotas belgas que realizaron el mencionado documental que está en los archivos del Museo de la Palabra y la Imagen, MUPI. Lo gracioso era que, a veces, el religioso en sus homilías enfatizaba que había que tener una vida compartida, como la de Jesús, porque «vida cristiana es vida compartida». Así que los compas, con su natural y arraigado sentido comunitario, tomaban su exhortación al dedillo.
Pero, en general, el padre Ponseele se sentía muy a gusto acompañando a los insurgentes, aunque nunca empuñó más armas que las sacramentales y la Biblia.
Los compas logran abrir una brecha para que pasaran 120 personas. Cuando empiezan a atravesarla
«comienza la gran disparazón».

Durante la misa en el entierro de San Romero (1980). Varios heridos y muertos fue el saldo de la represión contra la marcha que quiso acompañar el sepelio. | Foto: Archivo del MUPI
El «vuelo» del padre Rogelio
El 24 de marzo de 1981, Consalvi fue con Rogelio a El Mozote. Bebieron ambos una soda en la tienda del pueblo y se quedaron unos momentos contemplando la vida cotidiana del lugar, como las mujeres hilando el henequén y un niño en un triciclo recorriendo la única calle del caserío, imagen que «Santiago» nunca olvida. Iban a celebrar una misa. «Ese mismo día en Radio Venceremos yo había hecho un llamado a todas las parroquias del país a tocar las campanas en el primer aniversario de monseñor Romero al mediodía… ¡Qué locura!», manifiesta Consalvi.
En la iglesia, el religioso levantó el cáliz mientras Los Torogoces de Morazán tocaban sus violines y cantaban una canción dedicada a Monseñor. «Santiago» recuerda vívidamente que «en el techo había una gotera, a través de la cual entró un rayo de luz que le caía al sacerdote directo en el pecho. Y un niño de 1 año, tambaleándose, se acerca a él y se sujeta a su pierna: ¡impresionante y mágico!».
Pero, en diciembre del mismo año, la oscuridad invadió La Guacamaya: el coronel Domingo Monterrosa lanza una ofensiva para silenciar la radio. Durante varios días su Batallón Atlacatl cercó el cantón y los insurgentes combatieron en su defensa, hasta que llegó un momento en el que, por táctica guerrillera, decidieron que ya había sido suficiente y que debían irse, lo cual implicaba que tenían que romper el cerco: esto es, combatir con las líneas del Ejército para abrir un tramo y pasar.
El equipo de Radio Venceremos empezó la salida de La Guacamaya. Consalvi llevaba los micrófonos y el mixer de la radio y el sacerdote iba detrás con otro catequista. La población civil campesina que sintió que peligraba se unió a la columna guerrillera. Era de noche. Bajaron al río para subir a otra elevación después, mientras los jefes insurgentes los apuraban, ya que era muy peligroso hacer aquellos movimientos a la luz del sol.
Años después, el padre Ponseele declararía durante la entrevista de 2014 respecto a esa guinda que, por entonces, «se decía que iba a haber un operativo bastante serio. Esa vez pasamos por El Mozote y se hizo algún esfuerzo para convencer a la gente porque se temía, se percibía que algo grave iba a pasar; pero la gente no estaba dispuesta porque salir era perder su casita, sus pertenencias, sus animalitos. A la gente le cuesta tanto eso y le tiene mucho amor; además siempre piensa que no va a pasar nada (…)».
Apenas amaneciendo, comenzó el rompimiento del cerco: una fila de combatientes abrió fuego contra el batallón para que el resto pasara la calle que conduce hacia Perquín, a la cual los campesinos llamaban Calle Negra, por el asfalto azabache. Dicha calle era como el límite entre la vida y la muerte en aquella zona y hasta se le dedicó un poema («Calle negra, bala en boca…»).
Los compas logran abrir una brecha para que pasaran 120 personas. Cuando empiezan a atravesar la mencionada calle, recuerda Consalvi, «comienza la gran disparazón contra nosotros. Entonces yo volteo y lo que veo es a Rogelio… ¡volando!: en medio de la neblina de la madrugada, venía a tal velocidad que parecía que no ponía los pies en la tierra. ¡Rogelio, estás volando!, exclamé».
«El compañero que llevaba la radio es herido de muerte, la radio da vueltas y Monterrosa la agarra y nos las quita…». Carlos Consalvi (Santiago)
La Guacamaya calla…
Obviamente, el cantón donde naciera la Venceremos quedó en poder del Ejército. «Cuando escapamos de Monterrosa tuvimos que ir hasta el mar, porque el Batallón Atlacatl empieza a perseguirnos, pues sabían quiénes iban allí, sabían que la radio iba allí», señala «Santiago». Luego de dos o tres horas tras atravesar la Calle Negra, se detuvieron a descansar unos momentos, pensando que habían dejado atrás al enemigo; pero éste llega de repente y los ataca…
«El compañero que llevaba la radio es herido de muerte, la radio da vueltas y Monterrosa la agarra y nos las quita. Hubo tres muertos, yo los vi morir: uno de ellos en mis brazos», recuerda Consalvi. Y también recuerda que Rogelio estaba allí, cumpliendo con su misión de confortar y orar.
Repelieron como pudieron al enemigo y subieron al Cerro Cacahuatique, donde les avisan que Monterrosa sigue detrás de ellos y les ordenan irse a las montañas de Jucuarán, cerca del litoral migueleño. «Imagínate la gran remada: desde el Cacahuatique bajar, pasar por San Miguel —a cinco cuadras de la Tercera Brigada—, subir el Volcán de San Miguel (que carece de agua y te mueres de sed), bajar a la Carretera del Litoral y subir otra vez hasta Juacuarán», manifiesta «Santiago».
Al Padre Ponseele lo perdió de vista desde que iban bajando del Cacahuatique en adelante, pues en un determinado momento se disgregaron. Pero el grupo donde iba Consalvi se sentía confiado, pues en Jucuarán tenían —bajo tierra— armas y otros implementos. Además, allí llegaba todo de Nicaragua, a un lugar llamado La Ventana, luego de ser transportado en lanchas desde el vecino país hasta la playa El Cuco. Entonces les llevaron otro transmisor de radio.
Un mozote muy espinoso en el corazón
Se quedaron en Jucuarán una semana, reponiéndose de aquella gran camellada y, «cuando estábamos soñando que íbamos a transmitir tomando agua de coco, por radio nos dicen: “¡Devuélvanse ya, porque Monterrosa ha cometido la masacre de El Mozote y hay que denunciarla! Vénganse a marcha forzada, tienen que volver a montar la radio e ir a hacer entrevistas» al lugar de la tragedia. Fue clarísimo entonces el porqué de la ansiedad del jefe castrense por capturar la radio: «Ojos que no ven (y oídos que no escuchan), corazón que no siente (y crimen que nunca ocurrió)».
De modo que, «con los pies todavía sangrando», subieron el transmisor a una mula y se regresaron. En el trayecto se escucharon muchos «¡Santiago, bajate de la mula!». En cuanto al padre Rogelio, estaba en Playa Torola cuando supo entre escalofríos que estaban masacrando a la gente…
El 24 de diciembre, los insurgentes llegaron al Cantón El Limón, cerca de La Guacamaya, y no precisamente con espíritu navideño, pues el 27 atacan al Ejército y lo expulsan: la Venceremos había vencido, La Guacamaya volvió a cantar. Ese mismo día, «Santiago» va a El Mozote —a 15 minutos de allí— a entrevistar a Rufina Amaya, la única sobreviviente, y a tomar muchas fotos. Por su parte, el sacerdote fue también, queriendo constatar que aquello era sólo una pesadilla… pero no.

Rufina Amaya, sobreviviente de la masacre de El Mozote, fue capaz de dar testimonio de la masacre de la comunidad por el Batallón Atlacatl. | Foto: Archivo del MUPI
«Fue horrible (…) Todo estaba destruido, había olor a muerte y todavía había alguna gente que no estaba enterrada del todo. A mí me afectó mucho porque yo había llegado un año antes a El Mozote a predicar, a hablar de esperanza, a decir a la gente que la guerra iba a ser un momento difícil, pero que iba a terminar y que luego íbamos a vivir en un país diferente. Y precisamente donde yo había predicado y hablado de la esperanza sucedió esa masacre», declaró en la entrevista de 2014. Efectivamente, la iglesia local fue destruida por el Atlacatl durante la peor masacre en el hemisferio occidental en tiempos modernos.
«El 31 de diciembre, Rogelio da una homilía impresionante», declara Consalvi. Varios años después, el sacerdote celebraría misas para los nuevos pobladores de El Mozote, la mayoría familiares de las víctimas, en las cuales cantaba junto a la feligresía «Somos gente nueva», siempre fiel a su mensaje de esperanza. A Dios gracias, ya no había peligro de que los escuadroneros los escucharan… Pero en 1981 nadie imaginaba el conflicto que aquella masacre había desatado en el religioso.
La iglesia de El Mozote fue destruida por el Atlacatl
durante la peor masacre en el hemisferio occidental en tiempos modernos.
La fe en las armas y las armas de la fe
Ponseele, al contemplar —y oler— la orgía de muerte en aquel cantón, expresó que: «pensé que para qué íbamos a seguir con el trabajito pastoral, si eso no era tan eficiente», manifestó en la mencionada entrevista de 2014. Y es que Ponseele comenzó a proyectar en términos de eficacia: se propuso hacer un trabajo más político, aunque sin renunciar a las cuestiones de fe. Como político pensaba que podía dar un aporte más directo. Pero la gente y los mandos le dijeron que no, que no tenían religiosos y que lo necesitaban más como tal.
Y «eso es lo que no entienden en Europa, que todo este pueblo guerrillero era fundamentalmente cristiano y que necesitaba del acompañamiento de un sacerdote. En ese sentido aquí los mandos fueron para mí muy inteligentes: nos ocuparon en el sector donde nosotros pudimos dar un verdadero apoyo, no quisieron hacer de nosotros políticos, han respetado siempre el trabajo pastoral», declaró el religioso en la entrevista antes citada, quien contaba con un equipo de 15 catequistas en los campamentos, junto a quienes visitaba las diferentes comunidades.
En varias ocasiones, ante tanta tragedia, Rogelio cuestionó su fe, pero al final mantuvo la certeza de que «Dios tendrá la última palabra sobre todo el mundo». Y fue la gente sencilla la que le devolvió esa certeza cada vez que dudaba, recordándole que ningún «poderoso» de este mundo podía tener esa Última Palabra: «¡Sigamos adelante, vamos a salir triunfantes!», le decían, explicó en la entrevista de 2014.
Consideró que tomar las armas era una cuestión de valor, pero sobre todo de capacidad, y no se sentía capaz en asuntos militares. Declaró su admiración por los compas humildes, pero valientes y decididos a la hora de luchar con las armas. «Y no tenían el afán de matar, sino de hacer avanzar a su pueblo», enfatizó durante la entrevista mencionada. Organizaba grupos de reflexión «donde la gente podía entender que entre su fe cristiana y la lucha no había contradicción. Y así lo sentía la mayoría (…)», explicó en el documental arriba citado, realizado por sus compatriotas.
Pero no lo sentían así todos en la Iglesia, pues no comprendían que los compas estaban combatiendo a partir de su fe cristiana, no a pesar de ésta. Y, a su vez, los compas tampoco entendían por qué cierta parte de la Iglesia tenía esa actitud tan distante respecto a la lucha armada de la población organizada. Ponseele recordaba a un combatiente que cierto día, escuchando noticias en su radito, oyó decir al entonces obispo de San Vicente, Monseñor Aparicio, que todos los que estaban en la montaña «eran terroristas, eran ateos»…
El compa, muy molesto y con lágrimas en los ojos, se escandalizó al escuchar al jerarca eclesiástico hablar así, ya que ese mismo compa era parte de la estructura pastoral que acompañaba al sacerdote en su misión. De modo que muchos insurgentes, al ver tal actitud en la Iglesia Católica, decían que la fe cristiana nada tenía que ver con su lucha, o repetían la famosa frase de Marx: «La religión es el opio del pueblo».
Entonces Rogelio preguntaba: «¿Y monseñor Romero?». Y ellos respondían: «¡Ah, monseñor Romero es otra cosa! ¡Él sí!», y se acercaban para celebrar en torno a la figura del arzobispo mártir. Porque siempre celebraban pastoralmente los momentos y las fechas importantes, y la más importante era el 24 de marzo, día del martirio: todos los compas, creyentes o no, se congregaban para conmemorar este hecho con una misa. «Monseñor fue para nosotros como la puerta abierta para poder hablar de Iglesia, de religión, de fe cristiana», afirma el sacerdote en el mencionado documental belga.
«Monseñor fue para nosotros como la puerta abierta para poder hablar de Iglesia, de religión, de fe cristiana».

En esta misa del 31 de diciembre de 1991, el padre Rogelio Ponseele anunciaba el final de la guerra armada. | Foto: Giuseppe Dezza
Un amigo se despide… y otro da la bienvenida
Comenta «Santiago» que Ponseele siempre hizo agudas reflexiones sobre la realidad nacional, durante la guerra y en la paz. Tanto entonces como ahora, hizo gala de «lucidez, profundidad, coherencia y claridad política en su evaluación de los hechos. Sobre el gobierno actual tuvo sus opiniones que, sin embargo, sólo confió a los más allegados. En sus homilías, sin embargo, dejó entrever una que otra cuestión al respecto, pero ya no era ése su papel (…); aunque la radiografía la tenía clarita».
Para Consalvi, «Rogelio es un símbolo de total coherencia como pocos en este país la han tenido ante la muerte, ante la adversidad, ante los cambios, con una valentía extraordinaria. Y todo con un mensaje de esperanza siempre, aún en los momentos más oscuros (…). Fue un ser que elaboró un nuevo concepto de santidad (…). Si existen los santos, él elaboró un nuevo sentido, humano y humilde, de santidad, sin las pompas ni los cirios».
Y esto de la santidad lo dice muy en serio, pues en Jocoaitique, por ejemplo, «a mí un helicóptero me dio una metralla en la garganta: gracias a Rogelio Ponseele, que me hizo el milagro, sobreviví». Al finalizar la guerra, el religioso trabajó arduamente por la calidad de vida de las comunidades en Morazán. Gracias a sus gestiones y a las de su equipo pastoral, logró que se construyera una colonia de 50 casitas en Perquín y varias obras comunitarias más, fiel a lo que le fuera inculcado en su familia: que un sacerdote debía ocuparse también de la vida que día a día enfrenta la gente.

Rogelio y Santiago, amigos entrañables que compartieron el sueño de una vida con justicia para el pueblo de El Salvador. | Foto: Archivo del MUPI
Hasta que, el 19 de marzo del corriente, el siempre activo y «chelón» sacerdote —ya de 85 años— se subió a su vehículo rumbo a la Comunidad Los Quebrachos, a dar misa. Camino al lugar sobre la Ruta de Paz perdió el control del automóvil y éste volcó, a raíz de lo cual fue hospitalizado. El 24 del mismo mes, en el Hospital Milagro de La Paz, en San Miguel, nadie se dio cuenta cuando entró a su habitación otro sacerdote, con larga sotana blanca, lentes y leve acento migueleño, a visitarlo.
El padre Rogelio se alegró mucho al ver a Monseñor de nuevo, luego de 45 años, con quien compartía una santa y obstinada fe en que otro mundo era posible. «Otro amigo que termina volteándose… pero en el carro —bromeó el visitante, refiriéndose al padre Rutilio Grande—. Por eso te perdono que no me hayas celebrado la misa». Tan animadamente charlaron, que el padre Ponseele se sintió de pronto en excelentes condiciones, se levantó y se fue con él…
* Escritora, periodista, pintora y dibujante. Autora del libro Raíces sumergidas, alas desplegadas (2014). Mención honorífica en el III Concurso Internacional de Microrrelatos Jorge Juan y Santacilia, con sede en Novelda, España (2016).
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