Cultura

Foto ilustración: Luis Galdámez
El Prado V. Ticio y Las Furias
José Miguel Benítez Casteleiro*
Febrero 6, 2026
Seguía mi ruta, ya descontrolada, por otra de las salas del Museo. Mi objetivo prioritario en ese momento era encontrar un cuarto de baño. Mi vejiga así me lo estaba reclamando desde hacía rato y cada vez con más urgencia. En ese momento no le prestaba atención a las obras expuestas. Si no fuera por la potencia y desesperación con la que me llamaba aquella voz desgarradora, hubiera seguido de largo. Giré la cara y a mi izquierda vi al Ticio de Tiziano, implorando mi ayuda.
—¡Por favor! ¡Ayúdeme a librarme de esta tortura! —me dijo mientras sus ojos se clavaban en el águila que le estaba devorando el hígado (al que los antiguos consideraban sede de las pasiones), que se regeneraría durante la noche para volver a ser triturado y engullido al día siguiente en un terrorífico ciclo eterno. Ticio estaba desnudo, estirado de costado entre unos troncos a los que está atado por grandes cadenas, y con una serpiente a su derecha, como esperando su turno para, en un descuido de la hambrienta ave, devorar ella el pecaminoso hígado de Ticio. Tiziano representa al gigante devorado por un águila, Homero dice que eran dos buitres y otros textos mitológicos hablan de serpientes como las encargadas de devorar eternamente el hígado del pecador hijo de Zeus, castigado por su divino padre, quién lo envió al Tártaro, al inframundo, por haber intentado violar a Leto, una de las amantes de Zeus y madre de Apolo y Artemisa.
Siempre me han producido cierto mareo estas historias mitológicas, porque hay múltiples versiones tanto de los personajes mitológicos como de sus andanzas, que al parecer eran una eterna orgía de cópulas, peleas, robos, infidelidades, muertes y horribles castigos a personajes inmortales como Ticio. Así que, eludiendo la repulsión que me producía tanto el personaje como la visión de una persona viva siendo devorada, traté de aprovechar la ocasión para mantener la siguiente conversación con aquel desesperado, y aclarar alguna dudas.
—¿No pensaste en las consecuencias de tu comportamiento violentamente lujurioso cuando cometías tus fechorías?
—Fui instigado por Hera, ella me engañó y yo caí en la trampa —me gritó haciéndose la víctima.
—Pero tú podías haberte negado, aparte que no era la primera vez que cometías un delito.
—No puedo rechazar mi condición y tengo derecho a satisfacer mis necesidades más íntimas, ¡soy un semidiós! ¿por qué tengo que reprimir mis deseos e instintos? —Para dar ejemplo.
«Tu hermano por parte de padre, Tántalo (…), robó el néctar y la ambrosía divinos, para compartirlos con sus amigos…»
—Eso díselo a Zeus o a cualquiera de las divinidades del Olimpo. Los hombres como tú, mejor dicho, lo peor de los de tu especie parecen un juego de niños ante las tropelías de de los míos.
Le recuerdo que no ha sido un dechado de virtudes, que su comportamiento no ha sido nada ejemplar, y le pregunto si no se arrepiente.
—Soy un Titán —dice—, es mi condición y tengo derecho a explorar todas mis potencialidades.
—Pues vaya cuatro joyitas, tú y las otras tres Furias o Condenados, que pintó Tiziano, de los que por cierto sólo quedáis tú y Sísifo, las otras dos desaparecieron en el incendio del Alcázar en 1734. ¿No tienes miedo que te suceda lo mismo? De hecho eres una copia hecha por el propio Tiziano de la obra original que desapareció.
—Me siento cómodo en este nuevo marco, y no me inquieta para nada, quedan más versiones de mí realizadas por otros artistas.
—Cómo llevas eso de vivir en otros pictóricos cuerpos, no te genera ningún problema?
—Es una sensación extraña, pero soy solo uno, tengo una sola alma que habita las diferentes anatomías creadas por los maestros.
—Ixión, después de ser perdonado por Zeus, lo engañó y trató de seducir a su esposa Hera, y fue condenado a permanecer atado con una serpiente a una rueda ardiente que giraba eternamente. —Tu hermano por parte de padre, Tántalo, que en un acto de soberbia contó a sus amigos los secretos de los dioses, que lo habían invitado a su mesa, robó el néctar y la ambrosía divinos, para compartirlos con sus amigos, y trató de engañar a los dioses al convidarlos a un banquete en el que les ofreció de comida a su hijo Pélope, a quién había descuartizado y cocido, para demostrar que él podía engañarlos y que, por tanto, era como ellos. Por todo ello, y muy especialmente por tratar de equipararse a los dioses, fue condenado a pasar hambre y sed en una alberca cuya agua se retiraba cada vez que quería beber, y amarado a un árbol frutal, cuyos frutos se alejaban cuando los quería alcanzar. Sísifo, un rey avaro, impío y mentiroso que no dudaba en asesinatos para ampliar su riqueza, fue condenado eternamente a empujar una gran roca por una empinada cuesta hasta su cima, sin conseguirlo nunca , ya que antes de llegar a la cúspide, la roca rodaba otra vez hacia el inicio de la colina. ¡Vaya cuatro ejemplos para los hombres! —Los dioses son iguales o peores y según los visitantes que pasan delante mío, a los que escucho cuando se detienen a observarme para intentar olvidarme de mi tormento, dicen que en tiempos pasados, y hoy en día con más fuerza, hay personas que se creen dioses y se intentan comportar como tales, y no solo comenten barbaridades, sino que se jactan de ello con prepotencia, egocentrismo y sin ningún tipo de escrúpulos, ya que se creen infalibles, incluso algunos creen que pueden lograr la inmortalidad.
«Sí, hoy surgen imitadores por todo el mundo (…), se creen dioses con complejo de Tántalo: narcisistas, arrogantes, intemperantes, mentirosos…»
—Y supongo que ya has tenido tiempo de oír a las guías explicar a las visitas que las cuatro Furias fueron encargadas por María de Hungría, hermana del Carlos V, como una forma de amedrentar a los rivales de su hermano y advertirles de lo que les podía pasar si trataban de conspirar contra el Rey. Os toman de ejemplo de lo más perverso.
—¡Ja, ja, ja! Pues eso a mí me llega a lo más alto de mi ego, ¡tener imitadores es estar vivo!
—Sí, hoy surgen imitadores por todo el mundo, como tú dices se creen dioses con complejo de Tántalo: narcisistas, arrogantes, intemperantes, mentirosos con complejo de Tántalo, capaces de cualquier cosa para alcanzar lo que desean.
—Últimamente estoy oyendo hablar mucho de ellos, por eso insisto en mi ruego a los dioses, que se apiaden de mi y que me sustituyan por alguno de esos grandes imitadores que gobiernan o quieren gobernar el mundo. Pero los dioses no me escuchan.
—Quizás si pruebas a arrepentirte y a pedir perdón…
—¡Jamás!
Ese grito fue lo último que le oí, como si me hubieran puesto de repente unos potentes tapones. Dejé de oír los gritos de Ticio, pero mientras me alejaba, sí continué viendo a aquella águila negra horadar las entrañas del eterno condenado, y hasta creí observar que la rapaz, con la misma fiereza que lo hacía su pico, clavaba su pequeño pero implacable ojo izquierdo en los ojos de su presa.
* José Miguel es un periodista español nacido hace 67 años en la localidad gallega de Ferrol (A Coruña). Ha vivido 17 años en Centroamérica (a la que considera su segunda madre, y en donde han nacido sus hijos), en la que ejerció como free lance y colaboró con diferentes medios locales. Ha sido corresponsal en diversos medios como la Agencia Efe y la revista Carrer (Calle) de Barcelona, entre otros. Desde su regreso de Centroamérica vive en Barcelona, su ciudad fetiche y a la que siempre vuelve.
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