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Cultura

Foto ilustración: Luis Galdámez

El Prado VI. Locura sin locura

José Miguel Benítez Casteleiro*

Marzo 6, 2026

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Al pasar por delante de Doña Juana la Loca de Francisco Padilla, sentí frío, destemplanza, hastío, cansancio, desconcierto y también compasión y empatía. Eso es lo que transmite esa gran obra hipnótica del realismo histórico español, que a la vez es un puro poema pergeñado de sentimientos: el páramo en el que se desarrolla la escena; las expresiones y gestos de los personajes; la gélida sensación que se percibe en todo el cuadro y que a mi me hace estremecer; el cielo que amenaza tormenta en uno de sus extremos, con el monasterio en lo alto, al fondo; la composición: con la Reina en medio, vestida de negro aterciopelado, sola, muy sola, en su mundo, a pesar de estar rodeada de mucha gente, con el tocado de viuda, embarazada de Catalina, con los anillos en su mano izquierda, la recta que forma su cuerpo en medio de las líneas en equis que dibujan el féretro de su amado Felipe el Hermoso, plagado de blasones reales, y el humo surgido de un fuego muy real azuzado por el viento. 

Me fijo en la dama sentada enfrente de la Reina, entre un gran candelabro de hierro forjado que sostiene un cirio con la llama a punto de apagarse por la fuerza del viento, y un religioso barbudo, con el hábito de un blanco impoluto, la capucha tapando su cabeza, sujetando un cirio en alto con su mano derecha, y un misal en su mano izquierda, tal vez meditando, tal vez  rezando; ella con un breviario en su regazo, sobre la que apoya sus manos, con una expresión en su mirada, dirigida hacia Doña Juana, mezcla de aburrimiento, cansancio, impotencia y compresión. En ese justo momento en el que la miraba tratando de escudriñar lo que estaría pensando, ella interrumpió mis divagaciones.

—¡Caballero! Usted que ve las cosas desde fuera, ¿puede ayudar a nuestra Reina a recuperar la sensatez y acabar con este sinsentido? Nosotras ya no sabemos qué hacer.

—Perdone, pero la locura de amor de la Reina no tiene solución si ella no quiere —le contesté, sin tiempo para meditar la respuesta a un ruego, más que pregunta, que no esperaba —y ella lo que quiere es no separarse de sus amado y cumplir su deseo de ser enterrado en Granada, por más que trate de impedírselo su padre, el rey Fernando  —añadí tratando de matizar mi respuesta.

—Sí, lo que no conseguía de su esposo en vida, quiere tenerlo con su muerte: no separarse nunca más de él. Si al menos el rey Fernando accediera a que lo lleváramos a Granada, descansaríamos todos.

—Pues necesitará paciencia, porque aunque la Reina finalmente accederá a los deseos de su padre, cesará el peregrinaje y abdicará de su reinado, tardará casi tres años en hacerlo. Les esperan muchas noches y días de frío y calor por los territorios de Castilla.


Para mí, el arzobispo es más temible que el rey Fernando a la hora de acosar a Doña Juana —dijo la joven en el cuadro.


—Si no es usted Profeta, y la verdad es que no tiene pinta de ser un hombre de Dios, será mejor que se cuide del Cardenal Cisneros, si no quiere que lo acuse de brujería y acabe usted ardiendo como los libros de la biblioteca nazarí de Granada que mandó quemar, o como el fuego que crepita a las espaldas de Doña Juana y que calma nuestro frío. Para mí, el arzobispo es más temible que el rey Fernando a la hora de acosar a Doña Juana, a la que considera loca más por no ir a misa ni confesar, que por el amor apasionado de mi Reina por su esposo, aunque aquí todo el mundo murmura que tanto el rey Fernando, como el Cardenal, lo que buscan es la abdicación de mi Reina viuda para quedarse con el trono de Castilla, sobre todo por sus posesiones en ultramar. Y esto se lo digo en voz muy baja para que no me oiga el fraile que tengo a mi lado, que no reza ni medita, está haciendo paripé, porque es un espía del Cardenal, pero yo no le he dicho nada de todo esto —me dijo en tono aún más bajo y confidencial. 

—Realmente, Pradilla ha conseguido reflejar en la mirada de la reina Juana hacia el féretro del rey Felipe, una intensidad perturbadora de tristeza, desesperanza, enajenación. ¿Realmente usted cree que doña Juana está loca? —me atrevo finalmente a preguntarle, prometiéndole que nada saldrá de mi boca de todo lo que me diga.

—A ver, mi buena Reina tiene sus manías, y a veces es airada como lo era su madre, la reina Isabel, pero su problema fundamental fue enamorarse apasionadamente, y con el agravante de perpetuidad del apuesto rey Felipe, que no le daba más que disgustos con sus infidelidades, incluso se dice con su propia hermana Margarita, y eso fue aprovechado en su momento, tanto por el fallecido rey consorte, como por su padre Fernando, para intentar inhabilitarla. Y claro, ahora que enviudó, todos sus males se han acentuado y comete día sí, día también, muchas insensateces que son bien aprovechadas por su padre y el Inquisidor Cisneros, para seguir acosándola —me dijo bajando aún más su tono de voz, obligándome a hacer un sobresfuerzo para poder entender.

—Ya que me habla del hermoso fallecido, ¿cómo murió realmente? —le pregunté imitando por efecto simpatía su bajo tono de voz, y dándome cuenta con asombro de que también lo hacía por temor a ser escuchado por los oídos del Cardenal.


—(…) Pero en mi humilde opinión, las fiebres del rey Felipe y su muerte las causó la peste que azota ya a toda Castilla.


—Pues la verdad, lo que dicen unos es que fue por bañarse con agua fría después de un partido de pelota, lo que le habría originado las fiebres que lo llevaron a la tumba. Otros, los más murmuradores, pero que no se puede descartar que tengan razón, ven la mano del rey Fernando, que lo habría envenenado en su afán por quedarse con el reino de Castilla y sus posesiones. Lo cierto es que menos mi desconsolada reina, el resto del entorno real lo celebró: el suegro, el Cardenal, el padre del difunto. A todos les vino bien. Pero en mi humilde opinión, las fiebres del rey Felipe y su muerte las causó la peste que azota ya a toda Castilla y que es uno de los motivos por los que no entramos dentro de las ciudades amuralladas, porque el que entra corre un serio riesgo de no salir con vida; el otro motivo es que en ellas podrían hacer desaparecer más fácilmente a mi reina, pero no para matarla, que dios no lo permita y que me perdone por este pensamiento, porque entonces heredaría el trono el hijo mayor de mi Reina, Carlos, que se encuentra en Flandes bajo los cuidados de su otro abuelo el emperador Maximiliano. Pero ya me estoy yendo a los cerros de Úbeda.

—¿Y qué hay de cierto sobre que están en el páramo porque la reina no quiso quedarse en el Monasterio de Hornillos, el que se ve a su izquierda en lo alto de una loma, porque era de monjas, de mujeres que podrían enamorarse de su amado?

—Pues como tantos otros rumores que difundieron de mi Reina los cronistas seguidores del rey Fernando y del Cardenal. Mire usted el páramo, ¿qué ve, a mis espaldas y, al otro lado, detrás de la Reina?: un montón de hombres de armas, rudos, muy rudos, entre los que incluyo también los caballeros que apoyan a Doña Juana, con su poder, que es mucho. ¿Se imagina  lo que podría pasar después de tantos meses si hacen noche en un lugar lleno de mujeres? Que dios me perdone de nuevo por mis pensamientos. Y lo mismo sucede con eso de que abre cada dos por tres el féretro para abrazarse a su difunto, pensando que solo está embrujado por malas mujeres, y que un día despertará. Yo estuve las dos veces que abrió el féretro, y lo hizo porque no se fiaba. Una cuando lo embalsamaron y le sacaron el corazón para llevar a enterrarlo en Brujas con su madre, doña María de Borgoña, y quería asegurarse que no se hubieran llevado el cadáver entero. Y la otra cuando para iniciar la peregrinación los prelados que custodiaban el féretro se negaban a entregarlo. No conozco otra ocasión. O lo de viajar de noche, es cierto que en alguna ocasión lo hemos hecho pero esporádicamente y porque es algo que no es tan anormal si se dan las condiciones, sobre todo en verano.

—Me tengo que ir, amiga mía, si no, no llego a ver el resto de obras que me he propuesto. Pero tengo que decirle que ha sido un placer conocerla y conversar con usted. Por mi parte, le tengo que advertir que finalmente la reina Juana renunció y la recluyeron 46 años en Tordesillas, junto con su hija Catalina, la que ahora lleva en el vientre y a la que parirá en Torquemada. Tal vez la acompañe usted también en ese encierro.

—Me entristece lo que me dice, pero le agradezco, caballero, sus advertencias y el poder desahogarme con alguien. Si se da cuenta, no tengo muchas oportunidades. A mi espalda están los rudos y ordinarios soldados con los que es imposible cualquier diálogo. Enfrente mío, detrás de mi Reina, están en primer plano otras damas, sentadas. Hay una que se diferencia por su rica vestimenta, de amarillo y marrón, esta siempre va a la suya, y apenas intercambia alguna frase con los demás, se cree superior por un motivo que desconozco. Las otras que están a su lado, vestidas como la reina, de negro y con el tocado, no hacen más que cuchichear y son más aburridas que el tronco sin ramas que hay detrás, entre la gente y el monasterio. Y los caballeros que están de pie tras las damas, sólo hablan de sus cosas, que no son de mi interés, y rara vez les interesa a ellos intercambiar algunas palabras con nosotras si no es algo relativo a la reina Juana o a nuestras respectivas ocupaciones. Y ya llevo demasiado tiempo padeciendo esta situación. Así que ha sido un alivio poder conversar de manera tan agradable con alguien como usted.

Sin más, confesándome a mi mismo que la charla con esta dama me ha dejado sentimentalmente tocado, y no sólo por la por la realidad de Doña Juana, me dirijo a ver los dos cuadros de borrachos que me sugirió el cínico Menipo.

* José Miguel es un periodista español nacido hace 67 años en la localidad gallega de Ferrol (A Coruña). Ha vivido 17 años en Centroamérica (a la que considera su segunda madre, y en donde han nacido sus hijos), en la que ejerció como free lance y colaboró con diferentes medios locales. Ha sido corresponsal en diversos medios como la Agencia Efe y la revista Carrer (Calle) de Barcelona, entre otros. Desde su regreso de Centroamérica vive en Barcelona, su ciudad fetiche y a la que siempre vuelve.


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