Memoria

La investigación parte de imágenes de la Colección Fotográfica Giovanni Palazzo.
Mujeres en la historia: lectura desde la fotografías de Giovanni Palazzo
Texto: Carlos Henríquez Consalvi. MUPI
Fotos: Giovanni Palazzo
Octubre 2, 2026
La historiografía de la guerra civil salvadoreña ha privilegiado el papel de las organizaciones político-militares, los acontecimientos bélicos, la represión estatal, la insurgencia y los procesos de negociación que condujeron a los Acuerdos de Paz. Aunque estos campos han sido fundamentales para comprender la historia contemporánea de El Salvador, con frecuencia han dejado en un lugar secundario las formas cotidianas de participación social y política desarrolladas por mujeres en sindicatos, campamentos de refugiados, organizaciones humanitarias, redes de salud, economías de subsistencia y movimientos de familiares de víctimas. En esta oportunidad, proponemos una lectura de la Colección Fotográfica Giovanni Palazzo como archivo visual que permite interrogar esas presencias y comprender cómo las mujeres sostuvieron, transformaron y disputaron la vida social en medio del conflicto.
El análisis parte de una selección inicial de fotografías de un acervo de más de diez mil imágenes producidas durante la década de 1980 en El Salvador y Centroamérica. La lectura combina historia visual, análisis iconográfico, contextualización histórica y una categorización temática de las imágenes, considerando los espacios de aparición de las mujeres, las acciones registradas, los vínculos comunitarios, las condiciones materiales y las tensiones entre continuidad y ruptura de los mandatos tradicionales de género. Se sostiene que el valor del archivo no reside en atribuir a Giovanni Palazzo una intención previa de documentar «la historia de las mujeres», sino en reconocer que su lente captó, de manera situada y a veces no intencionada, la complejidad social y política de su participación. Las fotografías no solo documentan la guerra como hecho social: permiten observar cómo, en medio de estructuras patriarcales y jerárquicas, las mujeres fueron actoras de organización, cuidado, denuncia, supervivencia y reconstrucción comunitaria.
En consecuencia, las múltiples formas de acción cotidiana desarrolladas por miles de mujeres —en sindicatos, comunidades eclesiales de base, campamentos de refugiados, organizaciones humanitarias, economías comunitarias, redes de salud y movimientos de familiares de desaparecidos— siguen ocupando un lugar insuficiente dentro de la narrativa histórica. El problema no es únicamente de ausencia documental; es también de enfoque. Muchas mujeres aparecen en los archivos como acompañantes, madres, víctimas o figuras anónimas, pero no siempre son leídas como actoras sociales y políticas.
Los estudios sobre fotografía han mostrado que toda imagen es un documento social producido en circunstancias históricas específicas. Gisèle Freund subrayó que la fotografía no puede separarse de las relaciones sociales que la hacen posible; Walter Benjamin insistió en que las imágenes conservan huellas del pasado capaces de irrumpir en el presente; Georges Didi-Huberman ha planteado que incluso las imágenes fragmentarias pueden revelar aquello que los discursos oficiales intentan ocultar, individualizan la participación de actores.
La propuesta, por tanto, no es forzar a las fotografías a decir lo que deseamos encontrar en ellas. El punto de partida es observarlas en su materialidad: quiénes aparecen, qué hacen, dónde están, con quiénes se relacionan, qué objetos las rodean, qué espacios ocupan, qué tipo de trabajo realizan, qué marcas de violencia o desplazamiento se inscriben en la escena y qué relaciones de género se reproducen o se tensionan.
Muchas fotografías revelan cómo las mujeres asumieron tareas históricamente feminizadas, pero en condiciones donde adquirieron una dimensión pública y política.
Para responder a la pregunta sobre qué análisis se realiza a partir de las imágenes, se elaboró una matriz de lectura con cinco dimensiones. La primera identifica el espacio de la imagen: calle, mercado, prisión, campamento, comunidad, escuela, marcha, taller o refugio. La segunda registra la acción principal: enseñar, marchar, cuidar, cocinar, bordar, organizar, curar, vender, producir, reclamar, desplazarse o resistir. La tercera observa los vínculos sociales: las madres solteras, mujeres con niñas y niños, mujeres en colectivo, mujeres con organizaciones, mujeres frente a fuerzas estatales o mujeres en interacción con estructuras comunitarias. La cuarta considera los objetos y materialidades: pancartas, utensilios, armas, medicamentos, textiles, documentos, camas, talleres, alimentos, herramientas de trabajo o espacios improvisados. La quinta analiza las tensiones de género: continuidad de roles tradicionales, politización del cuidado, ocupación del espacio público, ruptura parcial de mandatos patriarcales y permanencia de jerarquías dentro de organizaciones sociales y políticas.
Esta metodología permite evitar una lectura lineal. Las fotografías no muestran simplemente «empoderamiento» ni una superación automática de las desigualdades de género. En muchos casos revelan cómo las mujeres asumieron tareas históricamente feminizadas —alimentar, cuidar, curar, sostener la vida familiar—, pero en condiciones donde esas tareas adquirieron una dimensión pública y política. La crítica consiste precisamente en reconocer esa ambivalencia: la guerra abrió espacios de participación y visibilidad, pero no eliminó las jerarquías de género ni los mandatos tradicionales que continuaron organizando buena parte de la vida cotidiana.
Las mujeres antes de guerra: organización social y participación pública
Una primera lectura del archivo permite advertir que la participación política de la mujer no comenzó con la guerra civil de los años ochenta ni puede reducirse a la incorporación de mujeres a estructuras armadas. Varias fotografías remiten a maestras organizadas en Andes 21 de Junio, participantes en las comunidades eclesiales de base en los años 70, mujeres sindicalistas, participantes en manifestaciones y redes de educación popular. En estas imágenes las mujeres ocupan el espacio público en una sociedad profundamente patriarcal. No aparecen únicamente acompañando a dirigentes masculinos; aparecen marchando, sosteniendo demandas, enseñando, organizando y articulando redes comunitarias.
Las fotografías permiten observar que la movilización de las mujeres tuvo raíces sindicales, educativas, comunitarias y eclesiales anteriores al conflicto militar. Las mujeres no ingresaron a la historia política únicamente cuando portaron armas o cuando fueron víctimas y defensoras de las víctimas de la violencia, usualmente hacia sus hijos. Ya estaban presentes en la defensa de derechos laborales, en la alfabetización, en la organización barrial, en las comunidades eclesiales de base y en las redes de apoyo a presos, desaparecidos y desplazados.
Vida cotidiana, cuidado y crítica de los mandatos de género
Uno de los conjuntos más significativos de la colección muestra a mujeres preparando alimentos, atendiendo enfermos, cuidando niñas y niños, organizando espacios colectivos, redactando materiales, participando en tareas de combate armado, de salud o sosteniendo la vida diaria en campamentos y comunidades. Una lectura apresurada podría presentar estas escenas únicamente como ejemplos de resistencia. Sin embargo, una lectura crítica exige reconocer que muchas de estas labores reproducen roles de género tradicionales. La guerra no suspendió automáticamente la división sexual del trabajo; en numerosas ocasiones la intensificó.
La fuerza histórica de estas imágenes reside precisamente en esa tensión. Por un lado, las mujeres aparecen realizando actividades tradicionalmente asignadas a lo femenino: cocinar, cuidar, curar, alimentar, proteger. Por otro, esas tareas se desarrollan en contextos de desplazamiento, persecución, refugio y organización comunitaria, por lo que dejan de pertenecer exclusivamente al ámbito privado. El cuidado se vuelve una práctica pública; la alimentación se convierte en logística de supervivencia colectiva; la maternidad se politiza; la salud comunitaria adquiere dimensión organizativa; la educación improvisada en el refugio se vuelve una forma de preservar el futuro.
Las mujeres no sólo denunciaron la violencia contra otros; también fueron perseguidas por su propia participación

Refugio La Virtud. Honduras, 1982
Maternidad y vida social en desplazamiento
Las imágenes de mujeres en campamentos de refugiados poseen una densidad histórica particular. No representan únicamente pobreza, exilio o asistencia humanitaria. Muestran la configuración de una vida social en condiciones de desplazamiento forzado. En los campamentos se organizaron espacios de alimentación, salud, educación, trabajo colectivo, crianza, sociabilidad y memoria. Allí se consolidaron familias, nacieron niñas y niños, se formó una generación que hoy porta memorias propias de niñez, guerra y refugio.
Por eso, la maternidad en estas fotografías no debe entenderse sólo como una imagen privada de cuidado. En el contexto del refugio, sostener la vida infantil, organizar la alimentación o crear espacios educativos adquirió una dimensión política. Las mujeres no sólo preservaron la vida biológica; contribuyeron a producir comunidad, continuidad generacional y memoria.
Este punto permite ampliar el valor contemporáneo del archivo. Para quienes nacieron o crecieron en campamentos, estas imágenes pueden funcionar como soportes de memoria intergeneracional.

La Virtud. Honduras, 1982.
Maternidad y vida social en desplazamiento
Otro conjunto documental registra a madres de desaparecidos, familiares de presos políticos y mujeres movilizadas en defensa de los derechos humanos. Estas fotografías muestran cómo el dolor individual se transformó en acción colectiva. La desaparición, el encarcelamiento o el asesinato de familiares llevó a muchas mujeres a ocupar el espacio público, denunciar al Estado, organizar comités, marchar y documentar violaciones de derechos humanos. Su presencia permite comprender que la búsqueda de justicia fue también una forma de participación política.
Pero el archivo permite ir más allá de la figura de la madre que reclama por sus hijos. Varias imágenes muestran que las mujeres fueron también víctimas directas de la violencia política: presas, perseguidas, desplazadas, reprimidas y sometidas a control estatal. Esta precisión es fundamental para no reducirlas a un rol familiar o maternal. Las mujeres no sólo denunciaron la violencia ejercida contra otros; también fueron sujetas de persecución por su propia participación pública, sindical, comunitaria o política.
Especial relevancia poseen las fotografías realizadas clandestinamente dentro de centros penitenciarios, donde Giovanni Palazzo documentó la organización de mujeres presas pertenecientes al COPPES. Estas imágenes tienen un extraordinario valor historiográfico porque rompen el aislamiento impuesto por el encierro. No muestran únicamente la cárcel como espacio de castigo; muestran organización política dentro de la prisión. La fotografía opera aquí como una fisura en el régimen de invisibilidad estatal: permite ver aquello que debía permanecer oculto.

Clandestinamente Palazzo registró estas imágenes en la Cárcel de Mujeres en agosto 1982.
El archivo es una fuente historiográfica de primer orden porque permite formular preguntas que otros documentos
no siempre responden.
Trabajo, bordado y objetos de memoria en los campamentos
El archivo también documenta mujeres refugiadas desarrollando formas de trabajo comunitario: fabricación de calzado y vestimenta, granjas colectivas, talleres de bordado y otras actividades de autoconsumo en campamentos apoyados por ACNUR. Estas imágenes deben leerse con cautela. No se trata solo de «emprendimientos económicos».
El caso de los bordados que produjeron en los refugios como expresión de denuncia y resistencia, resulta especialmente significativo. A diferencia de otras actividades de autoconsumo, los textiles bordados lograron trascender las fronteras del campamento. Se convirtieron en objetos artesanales capaces de circular por redes de solidaridad internacional y de narrar, mediante imágenes textiles, la realidad del refugio, la violencia, el desplazamiento y la esperanza de retorno. El bordado no fue únicamente una tarea ocupacional ni una fuente eventual de ingresos: fue también una forma material de testimonio. En esos códices realizados por bordadoras, la experiencia del refugio se volvió narración visual y memoria portátil. En un proceso inspirador de resiliencia, las mujeres en diversos territorios siguen bordando memoria histórica, como las que en Chalatenango, acompañadas por el MUPI, siguen activas, organizadas, bordando sus memorias, representando gráficamente a sus comunidades, manifestando su posición frente a la minería depredadora, pero también resignificando sus mitos y leyendas o haciendo bordados para acompañar conmemoraciones como la de la masacre del río Sumpul. A esta actividad se han sumado decenas de niños y niñas de Las Vueltas, Chalatenango, en una trasmisión intergeneracional de las memorias.

Una historia visual desde abajo
Quizá el mayor aporte de la Colección Giovanni Palazzo consiste en desplazar la mirada historiográfica. Las fotografías muestran sujetos históricos tradicionalmente ausentes de los archivos oficiales: vendedoras, campesinas, maestras, brigadistas, presas políticas, madres, niñas refugiadas, trabajadoras populares y mujeres organizadas en espacios comunitarios. La historia deja de escribirse únicamente desde instituciones, dirigencias u organizaciones partidarias, para comenzar a leerse desde la vida cotidiana.
En este sentido, el archivo no debe entenderse como una simple memoria visual de la guerra. Es una fuente historiográfica de primer orden porque permite formular preguntas que otros documentos no siempre responden: ¿qué tareas sostuvieron la vida en el refugio?, ¿cómo se politizó el cuidado?, ¿qué lugares ocuparon las mujeres en la organización social?, ¿qué relaciones de género persistieron?, ¿qué rupturas fueron posibles?, ¿qué memorias infantiles se formaron en los campamentos?, ¿cómo circularon los objetos artesanales como testimonio de la guerra?

San Salvador, agosto 1984.
Desatar los nudos del silencio significa reconocer que la historia contemporánea de El Salvador aún merece una mirada, desde otros lentes. Y en ese sentido los investigadores y las muestra museográficas deben incorporar la mirada crítica de cómo las mujeres tuvieron un rol en la organización sindical, de la educación popular, de la resistencia comunitaria, de la lucha por los derechos humanos, de la supervivencia cotidiana, de la economía del refugio y de la reconstrucción social. Sin embargo, su protagonismo no debe presentarse de manera idealizada perpetuando roles de género. La misma imagen que permite reconocer agencia también puede mostrar desigualdad, sobrecarga de cuidados y reproducción de mandatos tradicionales.
El lente de Giovanni Palazzo muestra, aunque no necesariamente de manera intencionada, que el rol de las mujeres estuvo atravesado por el contexto político y por estructuras de género en tensión. En algunas escenas, las mujeres rompen mandatos tradicionales al ocupar el espacio público, organizarse, reclamar justicia o sostener estructuras comunitarias. En otras, continúan asumiendo tareas feminizadas que revelan la persistencia de jerarquías patriarcales. La riqueza del archivo reside en permitir ambas lecturas al mismo tiempo.
La fotografía, entendida críticamente, no sustituye al documento escrito ni al testimonio oral, pero los complementa y los transforma. Cada imagen conserva una experiencia, cada gesto abre una pregunta y cada escena desafía las versiones simplificadas del pasado. Por todo ello y gracias a la mirada de Giovanni Palazzo, las mujeres no solo aparecen en la historia: la obligan a mirarse de nuevo.
* Periodista
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