Memoria

Combatientes del Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP, en Joateca (Morazán) el 31 de diciembre de 1991, día memorable en el que se les anunció el fin de la guerra. | Foto: Giuseppe Dezza
Consuelo «Yamileth», la sanitaria guerrillera
Más misiones, la ofensiva «Hasta el Tope» y los Acuerdos
Texto: Raquel Kanorroel*
Junio 6, 2025
«La paz no se puede mantener por la fuerza.
Solo puede ser conseguida por el entendimiento».
Albert Einstein
En la edición de Espacio Revista del 30 mayo se publicó la nota «Retomar el cerro de Guazapa», en la que Consuelo Escamilla Acosta, alias «Yamileth», relataba cómo las fuerzas de la Resistencia Nacional (RN) de la zona de Guazapa emprendieron el retorno masivo al cerro, intentando desalojar de la zona a las tropas del Ejército de El Salvador en 1987. La RN era una de las cinco organizaciones político-militares que conformaban el guerrillero Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).
Desde finales de ese año, los combatientes realizaron varias exploraciones para recuperar la posición de El Roblar, que aún albergaba una base de las fuerzas enemigas. En julio de 1988, la brigadista «Yamileth», junto a 10 compas varones, es enviada a la comunidad conocida como Plazuela, en Chalatenango, donde se asentaba la Comandancia General de la RN. En ese lugar Consuelo recibiría un entrenamiento intensivo o «chicharrón», claro preparativo para un evento militar importante en un futuro próximo.
Consuelo y sus compañeros regresan en agosto de ese mismo 1988, e inmediatamente ella se reincorpora al hospitalito militar. Como la alimentación y los ejercicios la habían hermoseado bastante —se marchó a Plazuela en un estado físico deplorable—, varios de sus compañeros se entusiasmaron con la joven, quien en noviembre cumpliría sus 18 abriles: todos sabían que, después de esa fecha —tal como «Yamileth» lo anunció siempre—, estaría abierta al llamado del amor… Y así fue: ella aceptó al fin un novio, y la pareja contó con el aval del mismo comandante «Chano Guevara».
Pero al compañero tórtolo, envanecido por tener como novia a una de las cipotas más duras de toda la insurgencia nacional, le dio por comentar —frotándose las manos— que, si había logrado conquistarla a ella, podía conquistar a quien quisiera. Entonces Consuelo —también frotándose las manos— lo mandó a volar. Por lo visto, Cupido tendría que seguir esperando entre los matorrales. Lo que no podía seguir esperando era el ataque a El Roblar, la posición más alta del cerro.
Jugando mica en El Roblar
A fines de noviembre de 1988, en la formación previa al ataque, el costarricense «Lucas Franco» —de las tropas especiales y gran amigo de «Yamileth»— le dijo emocionado a la brigadista: «Sequita, mañana se estará cagando usted de la risa de contenta, porque ese ataque a El Roblar será un triunfo… ¡Pero este Lucas Franco va a morir allí!», exclamó al final, golpeándose el pecho. Al escucharlo, Consuelo sintió un estremecimiento y lloró.
«¡No llorés, Sequita! ¡Es una mala broma la que te hice, no me pasará nada! Pero, ¿sabés qué? Si llego a morir, seré el hombre más feliz, porque moriría en un gran triunfo: quiero que ese cerro lo desalojen y dejen en paz estos cabrones. Así que será una historia heroica… ¡No me importa si muero!», expresó él, emocionado. Pero a ella no le hizo nada de gracia esa pelazón suya con la muerte… Se hicieron dos grupos: a «Yamileth» le tocó el que atacaría por el sur y a «Lucas» el que atacaría por el norte. Ella y sus compas caminaron un montón para caerle al enemigo por detrás.
Pero el esfuerzo valió la pena: el ataque realizado por el grupo de la brigadista en el sur fue victorioso. Cayeron varios soldados y se capturaron mochilas, armamento… de todo. Como si esto fuera poco, habían calculado que allí morirían mínimo 20 compas, pero al final no hubo ni una baja. Además, por radio no avisaron del deceso de nadie en el lado norte tampoco. Aquello era apoteósico. La alegría de la victoria les insufló fuerza a los del equipo de Consuelo: a pesar del reciente combate, caminaron emocionados toda la noche hasta el campamento, llegando al amanecer y dispuestos a festejar a lo grande.
A medida se acercaban, escucharon la música y la algarabía: «Yamileth» bailó con «Lucas» y bromeó con él a carcajadas sobre su nefasto augurio… pero en su imaginación. Porque, en la realidad, lo que resonaba cuando arribaron fue el llanto. Consuelo recriminó aquella tristeza: «¡Deberían tener fiesta por el gran triunfo!» «Si supiera quién murió, no vendría tan contenta», dijo el compa «Maclovio». «¡No murió nadie, todo fue un triunfo!», contestó ella, temerosa de escuchar lo que de hecho escuchó: la carcajada de la Muerte, pues cayeron en combate «Lucas Franco» y «Wilberito».
«Fue un gran amigo, de los más sinceros. Con todos se llevaba bien. Y no lo iban a llevar porque era bien mente, bien estratégico; pero él fue el necio que quiso ir», expresa aún conmovida «Yamileth», recordando vívidamente al compa golpeándose el pecho con efusión, deseoso de ofrendar su vida por una «victoria final» que, al final, resultó ser a medias; pues el enemigo fue desalojado durante el ataque… sólo para, tiempo después, recuperar la posición y nunca abandonarla.
«Los militares al principio se desmoralizaron, pero reforzaron más la base. Hasta hoy siguen allí: tienen una repetidora en el lugar», señala Consuelo. Sin embargo, al final la insurgencia se percató de que era innecesario desgastarse en quitarles la posición: bastaba con guardar la disciplina, sin hacer ruido ni humo ni comidas escandalosas (que tampoco tenían cómo, de todos modos).
«Así podíamos estar cerquita de ellos y ni cuenta se daban: andábamos como jugando mica, los soldados por un lado y nosotros por otro; ellos ubicados en la posición más alta del cerro y nosotros a los costados y en la zona baja; pero ya en igualdad de condiciones. El enemigo pensaba que, manteniendo El Roblar, nos controlaban; pero al final la podíamos más nosotros: por nuestra disciplina y estrategia no nos detectaban», apunta «Yamileth».
Por eso, el Ejército no se explicaba cómo no lograba sacar a la guerrilla del cerro, a pesar de los constantes bombardeos, mortereos y operativos que lanzaba. Pero Consuelo tiene claro que el «factor» decisivo a favor de los compas fue Dios mismo: «Él siempre estuvo con nosotros, porque sólo así se explica cómo salimos de tanto combate y tanto peligro…».

«Yamileth» con sus compas de la Resistencia Nacional, RN. Desde sus 9 años en 1980 hasta sus 21 al finalizar el conflicto, recorrió las sendas de Guazapa y sus alrededores como eficaz sanitaria y valerosa combatiente. | Foto: Cortesía Consuelo Escamilla Acosta
Aunque el Ejército ya no volvió a montar en El Caballito una base, sí la retomaba cuando metía operativos fuertes.
La tercera —y última— tentación de «Yamileth»
Posteriormente, Consuelo se incorpora a un pelotón de la columna dirigida por el compa «Rubenón», siempre del Batallón «Carlos Arias». Iba como Jefa de Salud de la Fuerza Militar. Además de atender heridos en la trinchera, revisaba cada 15 días los botiquines de las compas sanitarias, supervisaba que las cocinas y los hoyos que hacían a modo de inodoros estuvieran en lugares correctos y que se repartieran las Aralen cada 8 días como prevención del paludismo.
En marzo de 1989, salen a un combate por el kilómetro 27 de la carretera Troncal del Norte. «Rubenón» comandaba el grupo. Llegaron a unos alambrados y, como todos los compas eran pequeños, se subían a los ganchos de los mismos y brincaban al otro lado. Todos, menos él, quien era grandote: se cruzó de una zancada. Consuelo iba delante: ella que brinca y él que se pasa, cuando suena un gran estallido. «Yamileth» piensa que es morterazo, se tiende… y le caen varios chispazos de sangre.
La parte baja de la pierna del comandante era un caño roto, pues cabal donde cruzó había una mina y su pie estaba totalmente destrozado. Claramente, el artefacto no fue colocado por compas de la RN, sino de otra organización. Pero que fuera de la guerrilla y que a nadie se le informara lo molestó. Consuelo le practica los primeros auxilios (le coloca un torniquete, suero endovenoso y le suministra Lisalgil para el dolor) y ella y los compas lo llevan donde el doctor «Raúl», quien lo amputa y envía la brigadista con él a El Charral, un hospitalito para los heridos que no podían caminar cerca de la posición de El Caballito, de la que se desalojó al enemigo en noviembre de 1985.

Una sonriente «Yamileth» (izq.) posa junto a sus compañeras «Lesbia», «Evelyn» y «Astrid» el 8 de marzo 1992, durante la celebración del Día Internacional de la Mujer. | Foto: Cortesía Consuelo Escamilla Acosta
La parte baja de la pierna del comandante era un caño roto, pues cabal donde cruzó había una mina y su pie estaba totalmente destrozado. Claramente, el artefacto no fue colocado por compas de la RN, sino de otra organización. Pero que fuera de la guerrilla y que a nadie se le informara lo molestó. Consuelo le practica los primeros auxilios (le coloca un torniquete, suero endovenoso y le suministra Lisalgil para el dolor) y ella y los compas lo llevan donde el doctor «Raúl», quien lo amputa y envía la brigadista con él a El Charral, un hospitalito para los heridos que no podían caminar cerca de la posición de El Caballito, de la que se desalojó al enemigo en noviembre de 1985.
Aunque el Ejército ya no volvió a montar allí una base, sí la retomaba cuando metía operativos fuertes, por lo que los compas debían tener una gran disciplina para no hacer ruido. Estuvieron ocho días en ese lugar antes de trasladarse a El Salitre. A la semana de estar allí, «Rubenón» «se tiró a la huelga de hambre: quería morir, pues decía que cuto no servía para nada», recuerda «Yamileth». Ella le dijo que, mientras el cerebro lo tuviera bueno, desde una silla de ruedas podía hacer mucho. Pero él siguió negándose a ingerir alimento y colmándole la paciencia a la brigadista.
«¿Qué porque ya no será futbolista, dice? (…) ¡Déjese de babosadas y a comer!», le espetó ella, metiéndole desde entonces la comida a la fuerza. Después lo llevaron por Tonacatepeque, adonde lo recogerían para enviarlo luego a Cuba. Cuando se marchaba, «Rubenón» insistió en llevarse a Consuelo con él: allá sería su enfermera preferencial y sacaría su carrera de médico. ¡Ah, la bella Perla del Caribe! ¿Quién podía decir que no?… Pues «Yamileth»: dijo que ella era útil acá, no allá. Ésta fue la última tentación que el diablo le hizo a Consuelo para que abandonara la lucha, después de hacérsela antes en Tejutepeque y en Plazuela.
Pasaron los meses, hay más combates y más heridos: por una traición casi los extermina el enemigo… un médico de las Fuerzas Armadas de Liberación, FAL, jura quitarse ambos huevos si «Raúl» y su equipo logran recuperar al compa «Chilo», que quedó «hecho papelito» luego de recibir 14 balazos (el más peligroso en la cabeza, que le sacó parte de la masa encefálica y que casi le destruye su oreja)… y lo recuperan (el médico los felicitó, pero no se los quitó)… un soldado salva a «Jacqueline» y al compa «Walter» casi se lo comen vivo los gusanos… Un sinfín de cosas, hasta que…

«Yamileth» junto a los compas «Roque» (al centro) y «Cancún» durante la desmovilización en Aguacayo (Suchitoto), en 1992. “Cancún”, cuyo nombre es Gerardo, sería el padrino del primer hijo de la brigadista. | Foto: Cortesía Consuelo Escamilla Acosta
En todas las casas seleccionadas para la Ofensiva hicieron túneles: así, si los soldados entraban, los compas podían escapar.
Hoy sí… La ofensiva «¡Hasta el Tope!» de 1989
Durante el segundo semestre de 1989, mandan a «Yamileth» a explorar San Salvador. Allí comprendió para qué había sido aquel gran «chicharrón» en Plazuela, Chalatenango, a mediados del año anterior: ahora venía el enfrentamiento crucial entre la guerrilla y el enemigo… en el propio territorio de éste. Ella y la compañera que le asignaron debían aprenderse bien las calles en caso de una retirada, saber cuáles combinaban con cuáles y asuntos por el estilo. Pero, como Consuelo afirma, se cometieron muchos errores…
«Yo toda la vida había andado en el monte. Podía ubicar un árbol, un cerco, un cerro… pero, ¿qué podía saber de avenidas, calles, pasajes? ¡Nada! Por lo menos me hubieran enviado con alguien urbano, pero me mandan con otra campesina igual de ignorante». Su camuflaje fue un empleo en un comedor para microbuseros en Bosques del Río, propiedad de otra compa. Después de trabajar salían a explorar. Ambas, como peces fuera de su elemento, preguntaban y preguntaban.
«El mero día 11 de noviembre, me dicen que pase por la cancha Morazán, a recoger un batallón de compas uniformados como soldados —a los que yo no conocía— por donde se ponían los meros soldados. Pero, ¿qué pasaría si sólo militares estuvieran allí?: fue como una misión suicida», comenta «Yamileth». Así que decidió que, si moriría, al menos se iría guapa: se dirigió a cumplir su misión con un vestidito piquetero y zapatos tenis bonitos, envolviendo su arma en una cartera.

«Yamileth» con el compa «Mauricio» en Aguacayo (Suchitoto), cuando fueron desmovilizados en 1992. Como a tantos(as) otros(as) compas más, ya no lo volvió a ver, aunque los vínculos perduran en la memoria… | Foto: Cortesía Consuelo Escamilla Acosta
Tenía que pasar por la cancha gritando una consigna tres veces para que los compas la reconocieran y la siguieran. Así que pasó como loca anunciando algo sobre un tal comedor Mamá Tey. Le temblaban las piernas, pues había un montón de soldados. A la tercera vez que dijo la consigna, algunos la comenzaron a seguir. Consuelo empezó a caminar cada vez más rápido. Después supo que la Guardia capturó a unos compas: cuando esto pasó, inmediatamente le mandaron a ella y a los otros que la seguían un transporte que los llevó a una casa de seguridad.
A «Yamileth» la enviaron a la colonia El Pepeto en Los Conacastes (Soyapango), a cuidar heridos nada más. En todas las casas seleccionadas para la Ofensiva hicieron túneles: así, si los soldados entraban, los compas podían escapar. Pero, en otro sector, su hermana y también brigadista, «Jacqueline» —embarazada y armada con un fusil encasquillado—, quedó sola y atrapada con los heridos. Entonces dejó a los pacientes en las mejores condiciones que pudo y salió para volver después. Afuera encontró un compañero armado también con fusil. Aliviada, se fue con él.
Pero, al llegar cerca del rompefuego, él le reclama a «Jaqueline»: «¡Bicha puta! ¿Por qué no disparás?... ¡Si no, prestame el fusil!» «No me sirve…», susurró ella. Y es que el compa también andaba el fusil encasquillado: ninguno de los dos dijo que no le servía el arma, sino que pensaron que el otro lo defendería. Mas, gracias a ese mutuo engaño, tuvieron valor y salieron; de lo contrario, se hubieran quedado paralizados. Lograron pasar cuando los otros compas rompieron el fuego.
Rompefuego rompecorazones y golosinas amargas…
Después de aquel enfrentamiento, a «Yamileth» le ordenan una de las misiones más crueles de todo el conflicto desde sus inicios: ir a reconocer a los compas caídos durante el rompefuego… y en medio de los soldados. Ella se angustió pensando que a saber qué cara pondría al ver a sus amigos muertos, que a saber si se auto delataría, que a saber si ella también caería abatida por las balas… Pero llegó, vestida de civil, como una curiosa más.
Allí, tendidos, estaban «More» y «Paco», a quienes conocía desde la recluta —etapa inicial insurgente— y ambos de las tropas especiales… Más adelante, cerca de la colonia San José (siempre en Soyapango), otro compa, «Bertilo», también de esas tropas y esposo de «Eva», quien andaba embarazada en medio de la Ofensiva y quizá buscándolo… Más adelante —bajando para Bosques del Río, por la línea del tren—, «Tere», «Yanirita», el «Tío Fila» y «Maricela», muy cercanos entre sí en vida y ahora en muerte. Y así, uno y otro y otro… Y los soldados a la par…
Afuera, agarran de inmediato a «Pinocho» unos soldados y comienzan a torturarlo para sacarle información.
Y ella, la desconsolada Consuelo, con las grandes ganas de llorar a gritos y desahogar aquel horrible sentimiento, mezcla de dolor e ira, mientras sentía desvanecerse, «porque uno a sus compañeros los ama, como si fueran sus hermanos». Luego, con esa cruz encima, la envían a divisar compas perdidos y heridos. A la casa de seguridad llevaron dos baleados, uno —el más grave, «Juan Pablo»— con el impacto cerca de la columna. El otro, «Pinocho», era un cipote de su misma edad.
Y, como todo cipote, era amante de las golosinas. Así que, luego de ser atendido y recuperarse un poco, sale a la calle, chorreando sangre todavía: quería comer sorbete o minuta, ya que en el campo no se comen esas delicias y él soñaba con probarlas. Le dijeron, le ordenaron, le gritaron que no… pero la tentación del dulce era demasiada, sobre todo después de andar bailando con la feya Muerte en aquellas balaceras. Desde una ventana, «Yamileth» presenció lo inevitable…
Afuera, agarran de inmediato a «Pinocho» unos soldados y comienzan a torturarlo para sacarle información. Él repetía que era un civil de tantos al que habían herido. Pero los militares lo presionaban para que entregara a su gente, y Consuelo se preparó, esperando a que lo hiciera… mas no lo hizo. Fiel a su alias, siguió mintiendo; pero como heroica muestra de lealtad. Así que ella vio cuando mataron a aquel pobre cipote, quien lo único que quería era comer algo dulce…
Por cierto, lo único dulce que la joven brigadista experimentó durante aquella Ofensiva fue el reencuentro con Tomasa, su madre y maestra iniciadora en el quehacer sanitario: entonces vivía en Soyapango y siempre colaboró con los compas, quienes llegaban frecuentemente a su casa.
«Mirá, chamaca, vos estás capacitada para eso…»
La asistente de «Yamileth» para curar a «Juan Pablo» era «una viejistía como de 80 años, quien le echaba agüita con jabón al herido y a la que le temblaban las manitas». Pasaron los días y el compa no aguantaba el dolor en la columna, así que Consuelo buscó a un médico que ella conocía —«Esteban»— para que lo operara. Vivía en Santa Anita. Pero, al parecer, no lo conocía muy bien; porque, luego de contarle la situación, el galeno respondió: «¿Y vos pensás, niñita, que voy a operarlo? ¡Yo no me echo ese tiro! ¡Si lo dejo paralítico, me van a zampar preso!».
Ella, sorprendida, alegó que nadie sabría que él lo operó. Entonces «Esteban» confesó el verdadero motivo: si lo agarraban los soldados, lo mataban. Afligida, «Yamileth» le preguntó que qué hacía entonces… «Mirá, chamaca, vos estás capacitada para eso: te voy a dar los instrumentos. Hazlo tú», resolvió el médico. Y le dio todito: gasa, aguja, bisturí, pinzas, anestesia… Consuelo regresó bien decepcionada con «Juan Pablo», anunciándole que el doctor delegó en ella la delicada operación. «¡Pues hacela, chamaca: tengo fe que me la harás bien!», dijo el herido.
«¡Es la columna, podés quedar paralítico!», replicó ella. Pero, como todo ser vivo, el compa prefería arriesgarse a eso que seguir soportando lo insoportable: «¡Que se haga la Voluntad de Dios! ¡Haceme la cirugía!», suplicó. Entre la espada y la pared, «Yamileth» no tuvo más opción. Lo anestesió por completo y le indicó a la viejistía que, además de echar agüita y jabón, le sostuviera «aquí» la pinza y presionara «aquí» cuando saliera sangre… «¡Yo no puedo!», exclamó la anciana.
A fines de 1990, «Chano Guevara» le encomendó a la brigadista investigar a un militar que también era pediatra.
«¡¡Me lo va a hacer, porque, ¿cómo lo hago yo sola?!!», le explicó lo más serenamente que pudo la estresada brigadista. «A la viejita le temblaban las manitas, pero me ayudó. Le saqué al compa el gran proyectil de la M60 (…). Cuando despertó, dijo que ya no le dolía nada», relata Consuelo, cuya mayor preocupación era que «Juan Pablo» pudiera mover las piernas… «¡Y gracias a Dios pudo caminar bien!», recuerda ella con alegría.
En verdad, que una joven de 19 años interviniera quirúrgicamente con éxito a un lesionado en la columna en medio de circunstancias adversas era prodigioso; pero, como dijera Hipócrates, «la guerra es la mejor escuela del cirujano». Además, ella aprendió de un galeno también prodigioso, «Raúl», y se preguntaba dónde estaría él en medio de aquella lucha «hasta el tope»…
La vida no es justa (y la guerra menos)
«Raúl» estuvo con «Jacqueline» curando a los heridos que llevaban a la casa de seguridad que les asignaran. Una de las tantas intervenciones que allí realizó fue la de rajarle el cráneo a un compa para sacarle una bala. Años después, le harían a este mismo compa una tomografía en el Hospital Rosales: ven la cicatriz y preguntan qué le pasó. Al decir que era operación, el neurocirujano que lo atendía le preguntó que quién se la había hecho y adónde. «¡Ni yo, que soy especialista en eso, me echaría ese tiro que te han hecho a vos!», reconoció.
El compa contestó que fue el doctor «Raúl» en un cuartito durante la Ofensiva. «Pues mis respetos para ese colega, lo quiero conocer», expresó el galeno. «Ya murió», dijo el compa, melancólico. En efecto, «Rosita» le contó a una consternada Consuelo que vio cuando, «en la rompida de fuego en la Guadalupe, “Raúl” cayó herido ya para salvarse, combatiendo… Gritaba que lo mataran, no quería que lo capturaran vivo (…). Pero nadie de los compas tuvo valor ni supo qué pasó con él: nunca se encontró su cuerpo… En Bosques del Río hicieron una fosa común donde tiraron los cadáveres».
Fue así como aquel solidario médico mexicano con sobrepeso —quizá por su mismo gran corazón—, que donaba de su propia sangre —aun desfalleciendo de hambre y cansancio— para los compas heridos o enfermos, que no se achicopalaba ante ningún caso por grave que fuese y que caminaba kilómetros en las entrañas de la maleza y el peligro para salvar innumerables vidas… terminó clamando por la muerte lejos de su tierra linda y querida, enterrado nadie sabe dónde. «¡Esa fue pérdida para el mundo, pues de esos especialistas ya no hay!», comentó el neurocirujano.
«Yamileth», agente secreta rompecorazones
Pasó un año. La Ofensiva del 89 fue una clara demostración de fuerza de los insurgentes; pero, aunque ya la palabra «paz» resonaba cada vez más fuerte, el retumbo de los enfrentamientos continuó sobre todo en el interior del país, tal como fuera desde inicios de los 80. A fines de 1990, «Chano Guevara» le encomendó a la brigadista investigar a un militar que también era pediatra. «¡A vos no te importa para qué! Sólo tenés que averiguar dónde sale, a qué horas, cuántos días y con quiénes va». Tenía una clínica en un hospital privado, pegado al cual había un cafetín recién inaugurado, donde comían sus guardaespaldas: ella tenía que conseguir empleo allí para platicar con ellos y sacarles la información.
Consuelo dijo a los del cafetín que sólo podía cocinar frijoles y arroz, pero que aprendía rápido: le dieron ocho días para que aprendiera a hacer de todo. La mente se le tupió y ella —toda una brigadista guerrillera acostumbrada vivir entre el peligro y la tragedia— llegaba a casa de su madre sólo a llorar, espantada ante la posibilidad de no aprender a preparar bien un sándwich (en realidad, era un sinfín de comidas exquisitas el que allí servían). Pero aprendió y, con la ayuda de su compañera de trabajo, comenzó a sacarles información a los guardaespaldas.

«Camila», «Pedro», «Tatiana» y «Camilo»: durante el conflicto salvadoreño, nacionales y extranjeros se reconocieron mutuamente como defensores de una misma Causa, la de la Libertad y la Justicia. | Foto: Archivo Resistencia Nacional
El Comandante «Morro» le dijo que para dónde iba como «muñeca de vitrina», que se pusiera traje militar.
Después la misma Consuelo —nombre por el que la conocían— les preguntaba y bien al suave le respondían, hasta que uno le dijo que por qué preguntaba tanto, que si estaba enamorada de su jefe. «Por saber, nada más. Se mira que es buen pediatra. Quizá puedo traerle niños de alguna comunidad para que pasen consulta», improvisó ella. Y cierto día, como quien no quiere la cosa, «Yamileth» les preguntó si no tenían miedo de que los matara la insurgencia. «No. El jefe dice que, si algún día lo matan, será la Fuerza Armada y no la guerrilla», respondieron.
Ella preguntó por qué y contestaron que él no estaba de acuerdo con las maldades del Ejército: era un insubordinado. Entre líneas, colaborador de la guerrilla. Al tiempo, comienza a enamorarla como loco uno de ellos. Consuelo lo rechazaba, pero él —rudo Cupido— decía que era una potranca que él domaría: por muy berrinchuda que fuera, se casaría con él algún día. «Yamileth» tuvo que aguantarlo casi un año. Pues, aunque la misión propiamente de espionaje duró alrededor de 6 meses, ella siguió laborando en el cafetín en aras de estar cerca para cuando hubiese actividades de guerra urbana: cuando las había, pedía permiso en el trabajo.

En formación con armas literales y metafóricas: la música también es un eficaz instrumento de guerra. «Osiris» Flores (primero de izq. a der., con guitarra) es hoy Maestro de Música en Suchitoto. | Foto: Archivo Resistencia Nacional
«Chano» confesó después que se sintió mal al enviarla a esa misión «tan cabrona», pero que la cuidaron todo el tiempo. Tenían orden de matar al militar, «pero no lo queríamos matar por gusto: me gusta investigar bien antes de hacer algo así», manifestó Guevara, agregando que ella le salvó la vida al castrense: por los datos que «Yamileth» proporcionó, confirmaron que él les daba información fidedigna y no era un espía de la Fuerza Armada. «A mucha gente la pusieron en mal otros para que la mataran, por envidias… En la guerra se cometieron muchos errores», se lamenta ahora Consuelo.
«Lo chistoso fue cuando me llamaron para “basificarme” en Aguacayo, en enero de 1992. Nos iban a reconcentrar. Encima, sería madrina del equipo de fútbol de los compas», relata Consuelo, quien entonces renunció al cafetín y ya no volvió más por allí. Lo «chistoso» vendría después.
Como todas las madrinas, quería andar de vestido. Cuando se dirigía a la cancha con uno recién comprado, el Comandante «Morro» le dijo que para dónde iba como «muñeca de vitrina», que se pusiera traje militar, porque era madrina de un equipo militar. «Yamileth» se puso entonces su uniforme, con el gran AK terciado: muy femenina. En eso le prestan un niño, hijo de una pareja de compas, para que lo tuviera un ratito. Eso llamó la atención de la prensa y comienzan a entrevistarla. Hasta salió en 4VISIÓN. Al siguiente día, regresa a San Salvador.
Por el Parqueo Morazán, esperando el bus a Soyapango, fue que ocurrió lo «chistoso»… Una voz burlona le espetó: «Conque “Yamilethcita”, ¿no?» Era su Cupido. Se hizo la boba. «¡No se haga la boba que a usted le estoy hablando, “Consuelito”!» «Usted dijo “Yamilethcita”, no Consuelo». «¡Pues sí, es la misma!… ¡Guerrillera es, la acabo de ver!…». Y siguió reclamándole. Al acercarse el bus, ella se subió de inmediato, temblando, «pues por entonces uno aún no sabía en qué pararía la guerra civil. Más abajo cambié de bus, por si me seguían». Al fin y al cabo, aquel Cupido usaba pistola…
«Hubo la necesidad de hacer un conflicto armado, aunque no se quisiera, porque, ¡quién iba a querer eso! Creo que nadie».
Acuerdos de amor y Paz… ¿Fin de la Represión?
El 16 de enero de 1992, «Yamileth» fue convocada a una reunión junto a todos sus compas combatientes en La Mora, donde les informan que «se habían aprobado los Acuerdos, día histórico que jamás olvidaremos»: todos gritaron felices por el advenimiento de la Paz. Consuelo fue de las últimas desmovilizadas a finales de ese mismo año en Aguacayo, donde ella y otros sanitarios ex combatientes montaron una clínica para seguir atendiendo a los compas (quienes nunca son «ex») durante la concentración que se realizara en cumplimiento de dichos Acuerdos. Por cierto, aunque en Aguacayo se despidió de la guerra, también allí cayó flechada, al fin y definitivamente: el «hechor» fue otro compa —«Alex»—, quien combatiera en Usulután.

Marco Antonio Landaverde (Comandante «Chano Guevara»), emblemático líder de la RN. Sus compas veteranos lo recuerdan como un gran estratega militar, intuitivo, asertivo, entregado y empático. | Foto: Luis Galdámez
Tras los Acuerdos, él llegaba a Aguacayo a entrenar como parte de la primera promoción de la Policía Nacional Civil, PNC. «Alex» le tiraba sus cuentazos y ella sólo le decía «¡Loco!». Fue una historia de amor sencilla y genuina, como las flores silvestres que crecen en los bosques que tantas veces Consuelo recorrió trasladando y curando heridos y, paradójicamente, aventando balas. Porque fue inevitable. Como ella misma dijera alguna vez, «hubo la necesidad de hacer un conflicto armado, aunque no se quisiera, porque, ¡quién iba a querer eso! Creo que nadie».
Después de su graduación como policía, «Alex» llegó a buscarla. Para entonces, Tomasa vivía en Suchitoto. Así que Consuelo le dijo a su nuevo —y último— Cupido que, si quería algo serio con ella, fuera a hablar con su madre. Y él fue. Un año después se casaron y, desde entonces, han procreado tres hijos y formado un verdadero —y bien merecido— «hogar, dulce hogar». Como que la guerra nunca hubiese sucedido, o casi…
Ahora, 33 años después de finalizado el conflicto, Consuelo Escamilla Acosta —«Yamileth»—es una leyenda viviente para muchos pobladores de Suchitoto y sus alrededores. A varias niñas en la zona las han bautizado con su alias: tal vez así se les pasa algo del valor, la entrega y la fortaleza de esta admirable mujer; quien, a lo largo de esta serie, nos compartió sólo parte de sus recuerdos ochenteros, que no son ni pueden ser queridos porque las memorias de guerra son exactamente como ésta: caóticas, dolorosas, estresantes… Sin embargo, no pueden ni deben ser olvidadas.
Porque, en medio de ese caos, surgen verdades que deben aprenderse y permanecen figuras intensamente amadas, impermeables al olvido… como intensamente amada fue la causa por la que Consuelo, su familia y sus compas decidieron cambiar la seguridad de una vida conforme al statu quo por otra plagada de peligros, pesares y tragedias al atreverse a retarla: «Fue una necesidad luchar por un cambio… aunque no se ha dado mucho el cambio», señala «Yamileth». Nosotros pensamos lo mismo.
* Escritora, periodista, pintora y dibujante. Autora del libro Raíces sumergidas, alas desplegadas (2014). Mención honorífica en el III Concurso Internacional de Microrrelatos Jorge Juan y Santacilia, con sede en Novelda, España (2016).
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Siempre me he preguntado por qué los gatos y las gatas duermen tanto, pues parece que es su estado natural, además son muy fértiles ya que aparecen con la pancita inflada después…
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Los pensamientos
