Memoria

Ilustración: Luis Galdámez
Recogiendo cadáveres
Miguel Ángel Chinchilla *
Febrero 6, 2026
Miguel Ángel Chinchilla reúne en su obra, Recogiendo cadáveres, fragmentos de las vidas de monseñor Óscar Arnulfo Romero y Roberto D’Aubuisson. Organizado en cuatro capítulos, la obra nos refiere al periodo entre 1943, un año después de la ordenación de Romero como sacerdote, hasta 1992, año en el que muriera el exmayor a causa del cáncer. Chinchilla presenta la infancia, juventud y vida adulta de estos dos salvadoreños, aludiendo también al contexto social, político y eclesial que sirvió como trasfondo y enmarcó la realidad salvadoreña de esos años. Con el aval del autor publicamos fragmentos de su obra correspondientes al cuarto capítulo del libro: «Sé que mi hora se acerca».
***
Magnicidio a 35 metros de distancia
El suave ronroneo del carro nuevo VW Passatt color rojo, no perturbó la atención de los pocos fieles que asistían a la misa. Amado Garay estacionó el vehículo exactamente frente a la puerta principal del templo, pero sin apagar el motor. El tirador que viajaba en el asiento de atrás ajustó la mira telescópica sobre la montura del cañón del rifle que llevaba entre las piernas y salió del carro. Monseñor ya había predicado sobre el Evangelio de aquel día, Juan 12, 23-26: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. De cierto os digo, que, si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.
Se había referido también a las virtudes de doña Sarita benefactora de los más necesitados. Al concluir la homilía el arzobispo tomó el corporal y comenzó a desdoblarlo. Afuera una brisa cálida refrescaba la tarde que empezaba a teñirse de sombras. El ojo del hombre pegado a la mira del rifle apoyado sobre el capó del carro, calculaba con precisión a 35 metros de distancia en el plexo solar de Monseñor, ahí bajo la casulla morada de cuaresma. En aquel momento devocional de ofrecer a Dios el pan y el vino, el arzobispo al instante de alzar la patena en el ofertorio —siempre en aquel momento de la liturgia entraba como en una especie de trance— en ese preciso segundo fue cuando sonó el disparo amplificado cual una explosión mayor debido a la acústica de la nave. Jorge Pinto que por razones obvias sufría paranoia se tiró al suelo creyendo que el ataque era contra él.
Según se ha dicho, los archivos de ANSESAL los escondió en casa de otro compinche escuadronero cuyo nombre era Orlando Llovera Ballet.
De aquella manera Dios rescataba a su amado siervo en dicha circunstancia tan gloriosa por medio de un solo clavo de plomo en el corazón. Y cayó el grano de trigo humedecido por la sangre. Al caer abatido, algo, quizás la sombra o el alma salió del templo flotando como una sotana convertida en pájaro o viceversa.
Aquel fin de semana el Mayor había viajado al oriente del país a la hacienda de los García Prieto que antes fueron amigos de Monseñor. Más noche de ese lunes mientras bebían y platicaban a la orilla de la piscina, al enterarse del magnicidio, Roberto con una sonrisa socarrona solo dijo, él se lo buscó.
Según investigaciones el Passat rojo que utilizaron los escuadroneros para matar al arzobispo, Garay lo llevó después a esconder en un taller de Elías Hasbún en colonia La Rábida.
«Como los grandes profetas, entre el vestíbulo y el altar, caíste», así decían en un comunicado los obispos de la Conferencia Episcopal
Tres años igual que Cristo, Monseñor Romero tuvo que pastorear a este pueblo adolorido que caminaba tras su cayado, sediento de voz. Nosotros fue la última palabra que pronunció el arzobispo cuando sonó el disparo. Al caer la noche de aquel lunes 24 de marzo, el estupor, ave agorera pascual anegaba el espíritu de la nación mundial. Como los grandes profetas, entre el vestíbulo y el altar, caíste, así decían en un comunicado los obispos de la Conferencia Episcopal, quienes en días recién pasados lo trataron tan mal en la última reunión que asistió el arzobispo con los prelados en el retiro de Ayagualo. De manera redentora Dios rescataba a uno de sus hijos predilectos y marcaba con ello la ruta hacia la guerra que la verdad ya había comenzado. Lo que no quería Monseñor era inevitable. No piensen que vine a traerles la paz sino la espada, así reza Mateo 10, 34-36. Monseñor puso al descubierto a nivel mundial el origen del conflicto estructural que era la injusticia y la represión en El Salvador.
En el carrusel de los turnos judiciales aquel 24 de marzo estaba de servicio el juez Atilio Ramírez Amaya, quien al momento del atentado se encontraba impartiendo su clase de Criminología en la facultad de Derecho de la Universidad de El Salvador. Más tarde en la capilla del hospital con su secretario recogieron las pocas evidencias que todavía encontraron y luego salieron rumbo a la Policlínica Salvadoreña donde habían trasladado el cuerpo del arzobispo aún con vida. En aquel momento el juez Ramírez comenzó su calvario, ya que el coronel Majano por televisión dijo que efectivos del FBI tenían los nombres de los autores del magnicidio, que pronto serían entregados al juez del caso.
El juez Ramírez sabía lo que aquello quería decir y efectivamente, luego de recibir su familia algunas llamadas de amenaza, al día siguiente por la noche el juez recibió la visita de un grupo escuadronero que lo quiso matar, pero él, presto, se defendió con un fusil que tenía preparado. Solo resultó herida María, la doméstica, con tres balazos en la cadera. Ante el peligro inminente que corría el juez tuvo que salir exiliado rumbo a Costa Rica y luego a Venezuela, acompañado de su familia.

Recogiendo cadáveres
Miguel Ángel Chinchilla
A la venta en Librerías de la UCA
* Miguel Ángel Chinchilla es un poeta, narrador, ensayista, dramaturgo y periodista salvadoreño nacido en 1956 es una de las figuras relevantes de las Letras en la segunda mitad del siglo XX. Co-fundador del desaparecido suplemento literario Los Cinco Negritos en Diario El Mundo y miembro del consejo de redacción de la revista Amate.
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