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Cultura

Foto ilustración: Luis Galdámez

Micro-rebelión

José Miguel Benítez Casteleiro*

Junio 5, 2026

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Julio siempre había sido rebelde, pero un poco más de pensamiento que de obra, porque también era prudente hasta el extremo. Le costaba llevar a la práctica su rebeldía, porque casi siempre encontraba un argumento que le exigía más sensatez que pasión. Para alguno de sus amigos era cobardía, pero él, que sabía que lo pensaban, deseaba con todas sus fuerzas que se presentara la ocasión para demostrarles lo equivocados que estaban. Pero, a sus 30 años, aparte de algunas huelgas en las que participó porque creía que eran justas y necesarias, su rebeldía se canalizaba escribiendo artículos en las pequeñas publicaciones de organizaciones vecinales y sindicales y en las charlas que se organizaban en las sedes de los sindicatos, de las asociaciones de vecinos o en centros culturales, sobre los problemas de los barrios, de la vivienda, de la precariedad laboral.

Por eso, aunque fuera una acción puramente individual que no beneficiaba a las mayorías o a alguno de los colectivos más desfavorecidos, que era uno de sus argumentos preferidos a la hora de actuar o no, se sintió como el mayor de los rebeldes cuando decidió violar la reciente prohibición gubernamental de pasear por el parque periurbano ubicado en la sierra que bordea su ciudad, y salió a pasear por sus senderos. La prohibición afectaba también a las playas en las que estaba vedado bañarse y pasear por sus orillas. Las autoridades argumentaban que en el mar habían detectado una misteriosa contaminación procedente del río Llogat, que vierte sus aguas en el extremo norte de la ciudad. En la sierra habían aparecido múltiples extensiones, del tamaño de media hectárea, sin rastro de vegetación. Eran como manchas de un leopardo esparcidas por toda la sierra. Tenían todas más o menos el mismo tamaño, aunque eran amorfas y todas diferentes. Parecían que habían sido quemadas, pero no había rastro del fuego. Se veía la tierra a cielo abierto, con sus diferentes tonalidades, sin que hubiera muestras de haber sido arada, con un aspecto similar a la de los caminos de la sierra, pero sin las huellas del paso de la gente. Los científicos habían tomado muestras tanto del agua como de la tierra deforestada y las estaban analizando en diferentes laboratorios. 

A través de las redes se desataron todo tipo de teorías. Julio creía que había intereses ocultos en todo ello. Su afición a estar permanentemente conectado a las redes sociales le había hecho permeable a muchas teorías de dudoso origen y aunque todavía conservaba su espíritu crítico y sabía que circulaban muchos bulos y pocas verdades, no descartaba algunas de las informaciones que le llegaban. Por ejemplo, dudaba de la versión oficial de su gobierno sobre las prohibiciones, porque pensaba que ocultaban información, pero no se acababa de creer lo que decían medios y personajes ligados a grandes grupos de poder, algunos de ellos relacionados con organizaciones y gobiernos extranjeros, que calificaban de mentiroso y totalitario al gobierno por comenzar a aplicar medidas restrictivas y anticontaminantes que en su opinión atentaban contra la libertad individual de los ciudadanos y el libre comercio.


En la mitología griega, según su abuelo, el árbol de encina era el que usaba Zeus para hablar con los hombres (…).


Al salir al parque Julio llevaba encima una bolsa y una pequeña pala con la intención de recoger tierra para plantar en una maceta semillas de mandrágora. Después del paseo, pensando ya en regresar, se encontró delante de la centenaria encina, de unos 20 metros de altura, ante la que su abuelo le contó que los antiguos consideraban sagrado este tipo de árbol, a través del cual se comunicaban con los dioses. En la mitología griega, según su abuelo, era el árbol que usaba Zeus para hablar con los hombres, y lo hacía sobre todo mediante el lenguaje que creaban los sonidos de las hojas y de las atávicas piezas metálicas, que los griegos amarraban en sus ramas, al ser movidas por el viento. El abuelo le dijo que el rito con el que iniciaban la comunicación consistía en abrazar y besar al árbol, y lo convenció para que hicieran lo mismo, ya que eso seguro que les traería suerte. A Julio le pareció divertido, aunque con sus infantiles brazos no pudiera abarcar más que una mínima parte del tronco de la encina. Luego, su abuelo le contó la leyenda de Eaco, hijo de Zeus y rey de Egina, quien ante la sequía que estaba diezmando a su pueblo le pidió a Zeus que su reino se volviera a poblar de tantos súbditos como hormigas había en sus tierras. Inmediatamente después, según la leyenda, comenzó a llover, las gotas de lluvia se convirtieron en hormigas y las hormigas en personas. Julio revivió muy intensamente ese momento con su abuelo, y no pudo reprimir el deseo de repetir el rito, así que abrazó como pudo la encina y la besó. Luego, recogió dos palas de tierra que había a los pies de aquel árbol ya que estaba convencido que aquella era la mejor tierra para sus propósitos. Había visto con asombro los espacios en los que la vegetación había sido arrasada y desechó esa tierra, no quiso correr ningún riesgo, le daba mala espina.

Al llegar a su casa vació la tierra en una maceta. En ella quería plantar la mandrágora, convencido de su poder afrodisíaco, tal como le había explicado un amigo especialista en plantas y que lo retó a que lo probara para su relación con Jessi, de quien Julio estaba enamorado, aunque ella no le había dado demasiadas esperanzas.

Al echar la tierra en la maceta, Julio recordó que en una exposición había visto un vídeo en el que decían que la tierra tenía vida propia y que en una cucharada sopera de tierra había más microorganismos que la población total de la Tierra. Se quedó un rato pensando en ello porque, aunque no lo dudaba, le hubiera gustado verlo con sus propios ojos, y como no tenía acceso a ningún microscopio se puso a imaginar —siempre fantaseaba con cosas imposibles—, que podía encoger rápidamente hasta lograr el tamaño de los microorganismos, pero se asustó muy rápido y se puso a imaginar otra cosa, porque por un momento se había visto rodeado por los microorganismos convertidos en terribles y enormes monstruos.

Julio cogió una cerveza de la nevera y brindó por su osadía. Se sentía feliz por haber burlado la prohibición sin ser detectado.


Dos meses después decidió que los dos troncos de mandrágora que habían dado las semillas tenían el tamaño suficiente para sus propósitos.


El Parque era de propiedad municipal, aunque una familia de origen nobiliario llevaba décadas litigando en los tribunales, al considerar que eran tierras concedidas a sus antepasados por antiguos señores feudales. Tenían documentos en los que, en su opinión, se demostraba la justicia de sus reclamaciones, pero hasta el momento los tribunales les habían negado valor legal a los mismos. La familia, a su vez, era propietaria de una planta química que había a pocos kilómetros de la desembocadura del río Llogat. Ahí fue uno de los primeros lugares hacia el que las autoridades habían dirigido sus investigaciones. Los propietarios hicieron públicos todos los análisis que hacían periódicamente y que habían pasado todos los filtros de control gubernamental. En un comunicado leído por sus abogados amenazaban con demandas millonarias a quienes los señalaban en los medios, sobre todo a las organizaciones ecologistas, a las que tachaban de fanáticas, supersticiosas, y a las que acusaban de contaminar a la sociedad con sus mentiras, miedos y brujerías que se oponían al progreso. También amenazaban con trasladar la planta a otra localidad costera, lo que impactaría negativamente en la situación económica y de empleo de la zona, de la que dependían muchos servicios y empresas auxiliares. 

Julio consiguió las semillas de la mandrágora a través de internet y siguió las instrucciones que traía el paquete, en el que se indicaba que se enterraran las semillas en arena húmeda, que la arena se metiera en una bolsa y que ésta debía guardarse durante varios días en una nevera. Así lo hizo. Al cabo de diez días, echó un par de semillas en la maceta en la que había puesto la tierra. La fertilizó con unos gramos de un abono muy potente que había comprado en una extraña tienda, medio herboristería, medio vivero, cuyo propietario tenía el ceño fruncido y la mirada torva que le daban un aspecto siniestro, al menos así lo percibió Julio. Recordaba que en ese momento pensó que con esa apariencia, que contrastaba enormemente con las hermosas flores y plantas que vendía, era raro que tuviera muchas ventas porque lo que invitaba aquel hombre con su aspecto era a salir corriendo. Dos meses después decidió que los dos troncos de mandrágora que habían dado las semillas tenían el tamaño suficiente para sus propósitos. Por un despiste, algo habitual en él, arrancó uno de ellos sin la precaución de ponerse guantes, tal como se indicaba en las instrucciones del paquete, que avisaban que las mandrágoras podían tener toxinas venenosas o alucinógenas que podían penetrar a través de la piel. Creía que el mito de que estas plantas chillaban cuando se las cortaba era solo cosa de supersticiones o un invento de las películas sobre brujas y magos que había visto, pero comprobó con sorpresa que sí emitían una especie de gutural chillido. De todas maneras, siguiendo los ritos de algunos pueblos indígenas, tal como lo había leído en varios reportajes de las redes, pidió permiso a la mandrágora para cortarla, explicándole el motivo. Sintió algo de vergüenza al hacerlo, por ser una actitud un poco impostada y por lo ridículo del motivo. Pensó incluso que si la mandrágora tuviera realmente conciencia le gritaría que lo que estaba haciendo era una criminal chiquillada. En cualquier caso cortó rápido el tronco para evitar esos turbadores pensamientos —se conocía y sabía que si seguía razonando terminaría por no cortarla— y lo dejó en un plato sobre la mesa de la sala.

Era hora de comer y realmente sentía hambre, el paseo le había abierto el apetito, así que preparó la comida. Al sacar el pan, vio que estaba demasiado seco. Decidió dejarlo para una sopa u otro tipo de comida y salió a comprar a la panadería.


Julio tenía ganas de salir corriendo, pero las piernas no le respondían, estaba paralizado.


Cuando Julio regresó y se encontró a sus amigos Ana y Matías en su piso no se inquietó, aunque sí se sorprendió porque no les había dejado ninguna copia de la llave. En todo caso pensó que, como en otras ocasiones, porque era muy despistado, debía haberse dejado la puerta abierta. Les preguntó cómo puñetas habían entrado. Su respuesta lo dejó boquiabierto, primero por el sonido de sus voces, que era irreconocible, no era el de ellos. Sus voces sonaban como las de un bebé que comienza a decir sus primeras palabras. 

—Somos los moradores de la tierra de la montaña, nos trajiste en una bolsa y nos dejaste en una maceta —le dijo el clon de Ana.

Julio creía que le estaban gastando una broma muy original pero que no venía a cuento.

—¿De qué va todo esto? ¿qué pretendéis? Esto no es de vuestro estilo. ¿Estáis participando en algún concurso o apuesta extraña? —preguntó incrédulo.

—Será mejor que te sientes —le dijo Ana, mientras se abrazaba a Matías, fusionándose con él, formando una sola persona: un clon de Julio que imitaba perfectamente su voz.

—Disculpa que seamos tan intempestivamente invasivos —agregó—. Sabemos que te va a costar mucho entender todo esto. Ojalá tuvieras nuestra capacidad de evolución y aprendizaje, ya que entenderías al momento lo que está pasando y lo asimilarías con facilidad sin poner esa cara de terror y desconcierto que estás poniendo.

Julio tenía ganas de salir corriendo, pero las piernas no le respondían, estaba paralizado. Se le pasó por la cabeza la idea de que todo era una alucinación producida por haber tocado sin protección la mandrágora. Cerró los ojos con fuerza un buen rato, y trató de poner toda su capacidad racional para combatir la supuesta alucinación. Volvió a abrir los ojos sin demasiada convicción. Su clon seguía allí, sonriéndole, con una sonrisa amable, lo que lo tranquilizó un poco.

Cuántas leyendas había leído sobre la Tierra como un personaje, como un ser vivo, incluso había leído investigaciones científicas que apuntaban a que las plantas y los microorganismos se podían comunicar entre ellos, pero esto superaba su capacidad de comprensión. Parecía estar viviendo en una película de fantasía o ciencia ficción.

Dándose cuenta de su inquietud y confusión, su clon le explicó que llevaban milenios evolucionando, en un proceso que se aceleró por un proceso químico generado por los elementos utilizados en el producto con el que, según su clon, los herederos de la familia nobiliaria antigua propietaria de las tierras utilizaban para deforestar el parque con el fin de, una vez recuperada la propiedad de las mismas, construir una urbanización exclusiva. Se seguían considerando los dueños del país, por derecho hereditario y divino, porque sus antepasados fueron los que lo hicieron grande, y estaban convencidos de que con el cambio de gobierno que esperaban, y que apoyaban, lograrían su devolución. Utilizaron un sofisticado veneno, que no deja huella pero que es muy nocivo, para quemar la vegetación. El veneno, además de arrasar con la vegetación en los lugares en los que había sido rociado, había aniquilado toda la población de microorganismos que vivía en ellos. El clon le confirmó también lo que todo el mundo sospechaba, que la planta química era la causante de la contaminación del río y de la playa, y que habían falsificado las pruebas y sobornado a funcionarios para ocultarlo.


Llevamos tiempo planificando silenciosamente
una rebelión y creemos que éste es el momento de intervenir para salvar la Tierra (…).


—En el último siglo —continuó explicando su clon—, los microorganismos fuimos poco a poco tomando conciencia de nosotros mismos y por tanto del daño que los humanos nos estaban causando a nosotros y a la Tierra. Cuando sacaste las paladas de tierra del parque, las bacterias, hongos, protozoos y animales microscópicos que residimos en ellas, nos comunicamos con los que quedaban en la tierra del parque. Llevábamos siglos observando vuestra negligencia, sois el más letal de los depredadores de la riqueza y de la vida del Planeta. Llevamos tiempo también planificando silenciosamente una rebelión y creemos que éste es el momento de dar el paso e intervenir para salvar la Tierra y, por lo tanto, salvarnos nosotros. Debido a nuestra capacidad para duplicarnos siguiendo un avanzado proceso de mitosis, nos transformamos primero en las mandrágoras y, a partir de ahí, cuando saliste a por pan, siguiendo la estrategia de la araña que se disfrazaba de hormiga para poder entrar en el hormiguero y comerse a las hormigas, nos transformamos en personas, pero tranquilo, no te vamos a devorar. Adoptamos la fisonomía de tus amigos Ana y Matías, que vimos en la foto que tienes colgada en la pared de la sala, y en la que estás en medio de los dos. Sus voces no las podíamos reproducir porque no la habíamos oído nunca, y hasta ese momento, aunque estábamos acostumbrados a vuestro lenguaje, no habíamos hablado nunca, por eso al principio te sonábamos a bebés, porque en cierto modo lo éramos. Todo esto nos ha servido también para verificar la enorme capacidad y rapidez de nuestra evolución y aprendizaje. Pronto os podremos sustituir y eliminaros como una plaga que lleva siglos destruyendo el Planeta.

—Pero hay una parte de la población que lucha contra todo eso —dijo balbuceante Julio, anonadado por la explicación y las intenciones de los microorganismos, y de nuevo con ganas de salir corriendo.

—Es inútil —contestó su clon—. La codicia, la insensatez y la utilización de nocivos y demagógicos argumentos lo impiden, como el del falso derecho a hacer lo que uno quiera, en nombre de una malentendida libertad, o de los puestos de trabajo que se destruirían y la eliminación de las fuentes de ingreso de las poblaciones donde se aplicaban industrias con métodos contaminantes. Ante tales necedades, no valen argumentos. Es una lucha vana, dada la primaria y fanatizada reacción de las poblaciones afectadas por las restricciones y la obsesión por las ganancias o pérdidas de los propietarios de las industrias contaminantes. Y no queda mucho tiempo. No nos queda más remedio que intervenir. Pero hagamos una cosa antes —dijo con tono conciliador y comprensivo el clon—. ¿Conoces el fenómeno de la simbiosis entre hormigas y hongos, en la que ellas los alimentan para que crezcan y crezcan de forma acelerada y en gran tamaño, a cambio de que ellos las protejan y a su vez les sirven de alimento cuando sea necesario?

Julio creyó recordar varios vídeos en las redes sobre ese tema, pero no entendía qué tenía que ver con ellos.

—Te pediríamos que nos alimentes bien para que crezcamos lo suficiente para atacar las fábricas y los centros de contaminación —le dijo el clon.


Y como si tuvieran el don de viajar en el tiempo,
vieron su creación y su evolución y la de todas las criaturas
que viven en ella.


Julio estaba desbordado, le costaba asimilar lo que le estaba pasando, pero se comprometió a devolverlos al parque y convencer a sus amigos para ir en las noches, limpiar y reimplantar las zonas deforestadas y fertilizar toda la zona con los mejores y más naturales abonos. De repente, le entró un enorme cansancio. El clon lo acompañó a su habitación y le ayudó a acostarse. Le dijo que durmiera un rato, iba a necesitar descansar, porque iba a tener que tomar decisiones importantes y que las iba a tener que tomar él solo.

El sueño lo venció enseguida. Soñó que viajaba al espacio con Jessi. Se subían a una plataforma que parecía un patíbulo donde estaba el cohete, ubicada en medio de un campo. A lo lejos estaban amigos y conocidos celebrando una fiesta, que inmediatamente se acercaron para animarlos y participar en la cuenta atrás. Julio los veía como si la nave fuera transparente. La cuenta atrás empezó en el número 30 y fue caótica, ya que cada uno iba a su ritmo y hubo que rectificar un par de veces, hasta que finalmente Julio impuso su conteo. Al llegar a cero, sin ningún tipo de deflagración, Julio y Jessi se elevaron y salieron al espacio. Desde allí contemplaron extasiados la inmensa belleza de aquel planeta. Veían los distintos tonos azules del mar, los verdes, ocres, marrones y anaranjados de los continentes, los blancos y grises de las nubes. Y como si tuvieran el don de viajar en el tiempo, vieron su creación y su evolución y la de todas las criaturas que viven en ella. Miraron a su alrededor y sintieron un amor infinito por aquel planeta único en el universo. Pero al volver a mirar hacia la Tierra, esa imagen idílica comenzó a truncarse. La Tierra se fue transformando en una especie de fruta redonda que se iba pudriendo poco a poco: los azules se transformaron en mares de plástico oleosos, el verde se transformaba en un marrón putrefacto, las nubes comenzaron a descargar agua ácida que destruía lo que tocaba y generaban tormentas radioactivas que actuaban como aceleradores de partículas que provocaban reacciones nucleares y en todos los rincones se producían grandes explosiones e incendios. Julio no era creyente, pero aquello le recordó al apocalipsis bíblico.

Se despertó alarmado y con desasosiego, lo que podía haber sido un sueño delicioso se había convertido en una pesadilla. Se levantó y fue en busca de su clon. Al pasar por la sala vio que todo estaba en su sitio: la mandrágora que había cortado reposaba inerte en el plato donde la había dejado, y la otra seguía en la maceta. Estuvo un buen rato desconcertado, indeciso, dudando de todo, de lo que le había pasado antes de dormir, del sueño, de lo que estaba viendo ahora. Al final, cuando la vorágine de ideas e imágenes que invadieron su cabeza comenzaron a desacelerarse y reposar, llegó a la conclusión de que todo había sido una alucinación. Para asegurarse, no sin cierto sentimiento de estar haciendo el ridículo, les habló a las mandrágoras, pero no obtuvo respuesta. Trató de relajarse y decidió darse una ducha. Al volver a la sala tuvo la sensación de que las mandrágoras lo observaban y que no estaban en la misma posición en la que las dejó, parecía que indicaban hacia el globo terráqueo que adornaba una de sus estanterías. En ese momento tomó la decisión más rebelde de toda su vida. Llamó a Jessi y le contó todo lo que pensaba hacer. Jessi, sorprendida y atraída por lo que le decía Julio y por lo atractivo que le parecía, le dijo que contara con ella y le preguntó si se podía a quedar a dormir en su casa. Esa noche Julio no necesitó ningún afrodisíaco.


Descubrieron que un ministro era accionista
de una gran farmacéutica ligada directamente a la familia propietaria de la planta.


Al día siguiente llamaron a unos cuantos amigos biólogos, ecólogos, químicos e informáticos. Julio les explicó lo que le había pasado y el plan que había trazado. Nadie le creyó, pensaron que era una fantasía, pero todos lo apoyaron convencidos de la bondad y necesidad de lo que iban a hacer. Comenzaron a investigar por una parte temas ecológicos, como es el de limpiar y recuperar una zona contaminada, y por otra, a través de algún hacker que conocían los dos amigos informáticos, entraron en los archivos de la planta química.

Julio les planteó que tenían que ser discretos y tomar las precauciones adecuadas a la hora de realizar cada acción. Nadie de sus respectivos entornos debían de saber nada. No se trataba de una acción propagandística, había que ser muy cautos para asegurar el éxito de la iniciativa. Y era una acción colectiva, sin perturbadores protagonismos. Comenzaron a salir varias noches al mes al parque. Llevaron allí la tierra de la maceta de Julio y reimplantaron las mandrágoras. Al mismo tiempo, limpiaron y reforestaron las zonas dañadas y comenzaron a abonarlas con mucho mimo. El hacker y los dos informáticos iniciaron un seguimiento de todas las comunicaciones de los directivos y propietarios de la planta química. La información que consiguieron indicaba que las alucinaciones de Julio tenían mucho de realidad. Detectaron la falsedad de los documentos presentados para certificar que la planta cumplía todos los protocolos de seguridad y protección del medio ambiente. Descubrieron que no solo habían sobornado o coaccionado a funcionarios, con pruebas sobre hechos inconfesables de sus vidas íntimas, sino que un ministro era accionista de una gran farmacéutica ligada directamente a la familia propietaria de la planta, y sabían cómo presionarlo.

La reforestación siguió su marcha de forma muy efectiva, tanto que en los medios de comunicación y en las redes se hablaba de milagro. Los biólogos y químicos descubrieron bacterias devoradoras de plásticos, de materiales sólidos como el hormigón o los metales, de petróleo e incluso elementos tóxicos. Al cabo de un mes, junto a la planta química comenzaron a aparecer pequeños montículos de tierra similares a los que forman las termitas con sus nidos. La planta empezó a sufrir un extraño y avanzado proceso de descomposición, como una oxidación acelerada de sus muros y de todas sus instalaciones. Al poco tiempo, incapaces de parar ese proceso, sus propietarios se vieron obligados a cerrarla.

Julio subió al parque, cerró los ojos, abrazó a la vieja encina, la besó y sintió que por primera vez su rebeldía y su prudencia estaban trabajando juntas. En ese momento tuvo la impresión de que estaba siendo observado, era una sensación intensa, como si millones de ojos lo estuvieran mirando.

* José Miguel es un periodista español nacido hace 67 años en la localidad gallega de Ferrol (A Coruña). Ha vivido 17 años en Centroamérica (a la que considera su segunda madre, y en donde han nacido sus hijos), en la que ejerció como free lance y colaboró con diferentes medios locales. Ha sido corresponsal en diversos medios como la Agencia Efe y la revista Carrer (Calle) de Barcelona, entre otros. Desde su regreso de Centroamérica vive en Barcelona, su ciudad fetiche y a la que siempre vuelve.


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