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Internacionales

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu I Foto: Ilia Yefimovich/Pool Photo via AP

Cuando la memoria de la víctima adopta el lenguaje del verdugo

Texto: Widad Tamimi
Publicado en Il Manifesto, abril 21 de 2026
https://ilmanifesto.it/quando-la-memoria-della-vittima-adotta-il-linguaggio-del-carnefice

Mayo 1, 2026

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Sin el enemigo, Israel parece perder su identidad cohesiva. Si la victoria fuera realmente total, la guerra terminaría, y con ella terminaría el modelo social y económico sobre el que se sostiene el país. Surge entonces la necesidad de una «victoria relativamente total»: un conflicto de baja o alta intensidad que se renueva cada día, una rutina de sangre.

Hay una macabra ironía en la crónica que llega del norte de Galilea y de las fronteras con Gaza. Mientras los radares interceptan drones y los niños de las escuelas primarias sustituyen la hora de dibujo por simulacros en los refugios, la sociedad israelí parece víctima de ese «fallo técnico» del que escribía la sátira egipcia hace años, como nos recuerda Odeh Bisharat en las páginas de Haaretz: una breve interrupción de la paz que es rápidamente corregida por el retorno a la normalidad de la guerra.

Pero esta normalidad no es un accidente; es el producto de una postura existencial que hunde sus raíces en un trauma no resuelto, transformando la memoria en un arma de ofensa permanente.

Durante décadas, la narrativa oficial del Estado judío ha entrelazado los hilos del Holocausto con los de la necesidad militar. El imperativo del «Nunca más» no se ha traducido como un compromiso universal contra la deshumanización, sino como una licencia especial para la militarización absoluta. Dentro de este perímetro psicológico, el mundo es un lugar intrínsecamente hostil y el enemigo nunca es un actor político con quien negociar, sino la encarnación metafísica del opresor.

Es el famoso Síndrome de Masada, es decir, la convicción profunda de que el resto del mundo es hostil, de que la destrucción es inminente y de que la única alternativa a la sumisión es la resistencia heroica hasta la autodestrucción.

El término deriva del asedio a la fortaleza de Masada (73-74 d.C.) durante la primera guerra judeorromana, cuando, según el historiador Flavio Josefo, unos 960 judíos prefirieron el suicidio masivo a ser capturados y esclavizados por las legiones romanas.

El trauma de la persecución, nunca elaborado colectivamente si no es en función de la fuerza, ha producido una sociedad que ve «al enemigo en todas partes» para no tener que mirar dentro de sí misma. Si Irán, Hezbolá o Hamás son siempre, invariablemente, la «nueva Gestapo», entonces cada respuesta –incluso la más desproporcionada, incluso la destrucción sistemática de infraestructuras civiles en Líbano o el genocidio por hambre en Gaza– se convierte en un acto de legítima defensa. Es la paradoja del perseguido que, para exorcizar el espectro de su propio exterminio, termina adoptando los métodos, el lenguaje y la lógica de la fuerza bruta de su perseguidor histórico.

Las crónicas de los últimos días son emblemáticas. Mientras las mesas diplomáticas intentan trabajosamente trazar líneas de tregua, la política israelí –desde la coalición de extrema derecha de Netanyahu hasta parte de la oposición «sionista»– parece sentir un escalofrío de alivio cuando las bombas vuelven a caer. La nación recupera su propósito. Sin el enemigo, sin el olor de la pólvora, el Estado de Israel parece perder su identidad cohesiva.

Es una forma de toxicodependencia militarista. La «victoria total» prometida por Netanyahu es un concepto lógico imposible, un horizonte que se desplaza siempre un metro más allá. Si la victoria fuera realmente total, la guerra terminaría, y con ella terminaría el modelo social y económico sobre el que se sostiene el país. Surge entonces la necesidad de una «victoria relativamente total»: un conflicto de baja o alta intensidad que se renueva cada día, una rutina de sangre que sirve para mantener el control interno y justificar el expansionismo colonial.

El aspecto más trágico es la habituación. En las escuelas del norte, el regreso a la «normalidad» coincide con la revisión de los escombros para comprobar que no haya artefactos sin explotar. Los colonos preparan las maletas para ocupar el sur del Líbano con la misma naturalidad con que se prepara una excursión de fin de semana. La deshumanización del otro –ya sea palestino, libanés o iraní– se ha convertido en el requisito para la supervivencia psíquica del ciudadano israelí medio. Sin embargo, como demuestran los soldados que se vuelven vegetarianos porque el olor de la carne evoca el de los cadáveres, la realidad trastoca cualquier barrera ideológica.

El coste de esta militarización perpetua no se mide solo en términos geopolíticos; se excava en lo profundo de la psique de toda una generación. Los testimonios que emergen del frente de Gaza describen un fenómeno que la psiquiatría militar difícilmente puede etiquetar: la «herida moral». No es el miedo a la muerte (el clásico TEPT), sino el horror de lo que uno se ha convertido.

Haaretz ha entrevistado a algunos soldados, como «Yuval» y otros compañeros suyos, programadores de alta tecnología convertidos en francotiradores que disparan a adolescentes desarmados; o como «Maya», que asiste impotente a rituales de humillación degradante contra los prisioneros. «Sentía que no entendían que no era una buena persona; todo lo contrario», confiesa quien ha vuelto del frente siendo recibido como un héroe, mientras que interiormente se siente un «monstruo».

Aquí es donde el círculo del trauma se cierra: el Ejército que se autodenomina «el más moral del mundo» produce miles de jóvenes que ya no pueden mirarse al espejo, atormentados por los gritos de prisioneros torturados con bridas de plástico o por el recuerdo de civiles enterrados por buldóceres para «evitar enfermedades». La institución militar, para proteger el mito de su propia pureza, ha comenzado a llamar a estas patologías «heridas de identidad», por temor a que el término «moral» pueda irritar a los políticos o poner en cuestión la narrativa de la famosa «victoria total».

Israel hoy se alimenta de su propio trauma y ya no ve el rostro de sus propias víctimas, sino solo el reflejo de su propio derecho ancestral a golpear primero. Pero una sociedad que necesita la guerra para sentirse viva y que ve en la paz una «avería técnica» que hay que reparar cuanto antes, es una sociedad que ya ha perdido su batalla más importante. La batalla contra su propia humanidad.


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