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Cultura

Foto ilustración: Luis Galdámez

Arrepentimiento obsesivo

José Miguel Benítez Casteleiro*

Octubre 2, 2026

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Ramón era la persona más descontenta consigo misma del mundo, pensaba él. Era muy exigente con todo lo que hacía porque creía que aún lo podía hacer mejor. Vivía permanentemente atormentado, tanto por el temor a equivocarse, arrepintiéndose de cada decisión que tomaba o no tomaba, como por el miedo a los demás: miedo a los que lo juzgaran, siempre negativamente, miedo a que lo malinterpretasen, miedo a que las decisiones y acciones de la gente le llevaran a cometer nuevos errores. La idea que asaltaba y se apoderaba de su pensamiento, desde que se levantaba hasta que se acostaba, era: todo puede salir mal.

Los conocidos, que no llegaban nunca a amigos, lo consideraban una persona insoportable por sus manías y le rehuían al poco de conocerlo.

Si un día optaba por el metro para ir al trabajo, en lugar del autobús, se fustigaba después durante todo el trayecto pensando que, aunque con el metro llegaba más rápido, se perdía la oportunidad de observar los cambios en la ciudad: nuevas tiendas, modificaciones en las más antiguas, cambios en el vestuario de la gente, las múltiples obras en las calles que transforman la ciudad; definitivamente, pensaba, el bus era un medio de transporte más ameno.

Por contra, cuando optaba por el bus, se mortificaba con la idea de que con el metro habría ahorrado un tiempo precioso que le permitiría salir más tarde y atender las cuestiones de la casa, hacer recados pendientes o llegar más temprano al trabajo y preparar las múltiples tareas del día.

En ambos casos, siempre, siempre, temía que le sucediera algún accidente en uno u otro medio de transporte: en el metro, sospechaba de todo el mundo ya que podía haber un psicópata dispuesto a empujarlo y caer a la vía bajo la máquina del metro en el momento de su entrada, o caerse al tropezar, resbalarse o pisar los cordones de sus zapatos cuyos nudos podrían haberse soltado pese a que los revisaba una y otra vez para asegurarse que estuvieran bien amarrados. En el bus, el conductor podía pasarse un semáforo en rojo y atropellar y matar a algún peatón, o despistarse y chocar contra un gran camión o, peor aún, contra un vehículo que transportara productos tóxicos o altamente inflamables y originar una catástrofe con múltiples muertos. .Nunca se cansaba de imaginar la cantidad de posibles accidentes que podría originar un autobús o los vehículos que circularan a su lado.


Justificaba con todo ello su perenne tristeza, su incapacidad de reírse en ningún momento. 


Al siguiente día, optaba por levantarse antes de hora e ir andando, aunque rápidamente se arrepentía de su decisión, ya que veía que cualquier coche podría abalanzarse sobre él al estropearse sus frenos, o que como consecuencia de que el conductor fuera borracho o se durmiera lo espachurrara contra la pared del hotel de cinco estrellas que hay en el camino a su trabajo; y si eso no sucediera, podía caerle encima alguna de los cientos de macetas que hay en los balcones del recorrido u otros elementos colgantes y peligrosos o, como recordaba haber visto en una película del cine mudo, le podía caer encima un piano o cualquier otro mueble u objeto de las muchas mudanzas que a lo largo del año se suceden en una ciudad y en una calle como la suya.

Y hablando de cine, cuando iba a ver una película, sempiternamente salía descontento con el director, o con las interpretaciones, o con la música o con el tratamiento del tema, o de las palomitas que consumían decenas de personas y cuyo crujir no le permitía concentrarse en la película, y se arrepentía de no haber optado por ir al teatro a ver aquella obra que le había llamado la atención. Cuando decidía ir a ver un drama, una comedía o un espectáculo musical de los que había oído hablar, salía encabronado del odeón del barrio, por haber pagado más del triple que lo que le hubiera costado el cine, porque había sido testigo, en sus propias palabras, de un gran desatino: falta de compenetración entre los intérpretes, con actores y actrices demasiado histriónicos para su gusto; además, aquel local, que antes había sido una fábrica, estaba claro que no tenía las condiciones adecuadas para una representación teatral y no disponía de una buena acústica, por lo que a veces no oía o entendía lo que decían los comediantes; y todo ello con una mala puesta en escena, que en su opinión no tenía nada que ver con la novela en la que se basaba; y de la dirección prefería no hablar.

Justificaba con todo ello su perenne tristeza, su incapacidad de reírse en ningún momento durante el tiempo que duraba la comedia que había ido a ver, porque pensaba que los diálogos eran de una gran zafiedad y mal gusto, lo que en su opinión reafirmaba su convicción de que la sociedad estaba muy enferma, y que el talento hacía mucho que había muerto enterrado por la vulgaridad.


Se pasaba la vida atormentado por todas las decisiones que había tomado a lo largo de su vida.


En su trabajo, también sufría de arrepentimiento crónico: cuando tenía que tomar una decisión sobre si usar una herramienta ofimática u otra, nunca acababa contento con la opción elegida; o cuando se le ocurrían varias propuestas para una presentación, acababa afligido por haber optado finalmente por la menos idónea.

En general, se pasaba la vida atormentado por todas las decisiones que había tomado a lo largo de su vida y que consideraba desacertadas, y por el miedo al futuro que le esperaba a él y a la sociedad. A él, por una nada segura o inquietante jubilación, y en caso de llegar a ella con una pensión suficiente, temía a todo el tiempo que tendría para equivocarse a la hora de tomar obligadas y complejas decisiones. Respecto a la sociedad, estaba seguro de que iba camino del abismo, de la autodestrucción.

Un día, decidió vencer las precauciones que siempre adoptaba con la comida y optó por comprar aquellos embutidos de la charcutería del barrio que siempre le habían llamado la atención y cuyo delicioso olor le recordaban su niñez, antes de que sus padres lo abandonaran, cuando todavía no era tan aprehensivo, y que despertaban sus jugos gástricos y le hacían salivar cada vez que pasaba por delante de aquella tienda, en la que además trabajaba una mujer que le atraía muchísimo pero a la que jamás se había atrevido a decirle algo más que lo que quería comprar. Pero estaba claro que aquel día era diferente. Al cruzarse su mirada con la de los hermosos ojos de la dependienta, algo se derrumbó en su interior y experimentó una tranquilidad que nunca había sentido, hasta el punto de atreverse a hablarle y decirle que le encantaba su forma de trabajar y cómo atendía a la clientela, y se lo dijo con una serenidad pasmosa, sin ruborizarse, sin temer su reacción, y lo que es más increíble, sin arrepentirse ni al instante, ni después. La mujer le sonrió y le dio las gracias, y al entregarle el paquete con los embutidos, le rozó ligeramente la mano, como una caricia. En el interior de Ramón surgió un torbellino de sensaciones que nunca había sentido y que le producía una alegría inmensa, desconocida para él, un sentimiento en el que se estuvo relamiendo hasta llegar a casa.


Cada bocado que daba le traía a la mente la cautivadora sonrisa de la mujer y, sobre todo, su embriagadora caricia.


Se propuso entonces dar buena cuenta de aquellos embutidos que tan gran y nuevo placer le estaban produciendo. Con cada bocado que daba, además de deleitarse con su exquisito sabor, le traía a la mente la cautivadora sonrisa de la mujer y, sobre todo, su embriagadora caricia, por eso no pudo parar de engullir aquellos alimentos, que nada tenían que ver con las ganas de saciar su hambre, sino con el deseo de seguir saboreando las nuevas sensaciones que lo turbaban y hechizaban. Así, acabó con media longaniza, con los cuatro chorizos gallegos, con el medio kilo de lomo embuchado, con las cuatro morcillas de Burgos y con los 500 gramos de jamón pata negra, todo acompañado con una barra de buen pan de masa madre y una botella de un buena crianza.

Al cabo de una semana, los vecinos llamaron a la policía al notar que un olor nauseabundo salía de su casa. Lo encontraron estirado en el sofá, en proceso de descomposición. Junto al cadáver, desparramados por el suelo, encontraron los envoltorios y el ticket de compra. En su informe, el forense describió como causa de la muerte: infarto inducido por dispepsia. Aunque durante el examen del cadáver, dijo a los que se encontraban a su alrededor que había fallecido por empacho de embutidos y por indigestión de felicidad. La boca de Ramón mostraba una esplendorosa sonrisa.

* José Miguel es un periodista español nacido hace 67 años en la localidad gallega de Ferrol (A Coruña). Ha vivido 17 años en Centroamérica (a la que considera su segunda madre, y en donde han nacido sus hijos), en la que ejerció como free lance y colaboró con diferentes medios locales. Ha sido corresponsal en diversos medios como la Agencia Efe y la revista Carrer (Calle) de Barcelona, entre otros. Desde su regreso de Centroamérica vive en Barcelona, su ciudad fetiche y a la que siempre vuelve.


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