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Opinión

Cuando en nombre de la justicia, repetimos la herida

Texto: Rosa Anaya

Abril 4, 2025

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Los escudos que levantamos son testigos y reflejo de nuestras heridas, las espadas que blandimos son defensa por el miedo a repetir experiencias pasadas y son el filo que usamos para herir a otros cuando no hemos logrado «procesarnos» el daño recibido. Herimos por miedo a ser heridos. Repetimos lo que aprendimos: si la violencia fue nuestro único lenguaje, la usamos para «hablar». El perdón no es un regalo para el «otro», perdonar al «otro» es una herramienta para dar luz a mis propias sombras.

Un defensor o defensora que lucha por la justicia, pero no explora sus propias sombras puede terminar quemando puentes necesarios para el cambio que soñamos, ese en el que la dignidad arrope a cada ser humano, al «bueno» y al «malo», donde la capacidad de dañar no se excuse ni se justifique, en el mejor de los casos que se procese, reconozca, se sane, se aprenda, se transforme en dignidad tanto para el «bueno» como para el «malo».

Es que he visto tantas veces ya, que pretender enjaular a «la violencia» como castigo para generar «paz» presentando a la venganza como reflejo de justicia es la mismísima descripción del «trabajo de Sísifo», malvadamente ideado por los dioses como tarea inútil e interminable. Cuando el castigo vengativo se disfraza de justicia, ya no hay buenos ni malos, solo víctimas que, al ganar poder, blanden con filo vengativo el daño que sufrieron.

Así «la dura violencia» enjaulada se convierte en un líquido viscoso: en el instante en que creemos resuelto el problema, descubrimos que los barrotes no la pueden contener. Impotentes observamos cómo se filtra en silencio, inunda todo a su paso, y quienes se creían a salvo terminan anegados por la misma sustancia asquerosa que pretendían encerrar. Quién es el que humilla y quién el humillado. Ayer con mi poder te hice daño, hoy con tu poder me haces daño… ¿Quién es el bueno y quién es el malo?


Las herramientas, al fin y al cabo, son eso, (…) sin la mano que las acciona, permanecen inertes, sin bondad ni maldad.


Cuán increíblemente fundamental es saber reconocer tanto mi sombra como mi luz, pues ambas son herramientas vitales que me recuerdan que, en mí, conviven la maravillosa capacidad de amar y la efectiva capacidad de herir. El filo y el escudo no son inherentemente constructivos o destructivos: su poder reside en la intención con que los empuño. Las herramientas, al fin y al cabo, son eso, herramientas; sin la mano que las acciona, permanecen inertes, sin bondad ni maldad. Son espejos y reflejan la intención de nuestro propósito.

Incluso un beso, puede sanar o destruir: su poder no está en el gesto, sino en la intención que lo guía. Su eficacia radica en la confianza desarmada del otro, en esa vulnerabilidad que se entrega creyendo que custodiarás su fe. Me quedo con la tarea pendiente, de reflexionar con esta misma lógica, el posible uso sanador de un golpe… y más me vale que lo haga porque debo reconocer que esta también está en mi caja de herramientas, pero hasta ahora no le reconozco en la luz, solamente surge en mis sombras.

Luz y sombras me susurran mis ancestros: cuando tu sol interior alcanza el cenit y baña tu rostro con miel de triunfo, recuerda que bajo tus pies —en las raíces de tu ser— el nadir con su oscuridad fecunda semillas de duda que germinarán cuando debas elegir qué versión de ti nacerá mañana.

Y cuando la noche cubra tu cielo, y el nadir se alce sobre ti, cuando el miedo brote de lo invisible, siente el calor subterráneo de un sol que no se apaga y alimenta tus raíces, eso que sostiene tus valores y escribe en tu sombra las lecciones que la luz no podía enseñarte.

No hay cenit sin su nadir,
no hay cosecha sin semilla enterrada,
no hay vuelo sin un nido en que descansar.

Esa voz de mis ancestros me recuerda que solo cuando reconocemos esta dualidad —el del cenit ardiente y el del nadir oculto— podemos gobernar verdaderamente nuestro universo interior ante cada evento que cuestiona nuestra percepción de «paz justa».

Vuelvo y repito mi deseo: que viva La Paz con buena fe en sus corazones y que la lucha por defenderla se materialice persistente en sus manos, tanto en la luz como en la oscuridad. 


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