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Cultura

Fotoilustración: Luis Galdámez

El Prado III. El inseguro caballero del perpetuo juramento

José Miguel Benítez Casteleiro*

Mayo 30, 2025

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—Disculpe caballero —oí que me decía el personaje de la obra de El Greco que tenía enfrente—. ¿Me puede ayudar un momento?
—Por supuesto, le contesté, más como un reflejo condicionado por mi educación que por una reacción consciente. En ese momento estaba solo en la sala y tardé en reaccionar ante lo que estaba sucediendo: a estas alturas ya veía con naturalidad que me estuviera hablando un personaje irreal de un cuadro, que en lugar de huesos, carne y sangre, estaba formado por pinceladas de óleo sobre tela. Me paré, lo miré y lo escuché atento, tratando de concentrarme todo lo que me permitían los efluvios etílicos que tanto me perjudicaron a lo largo de toda esa mañana en el Prado.
—Verá, ¿no sé si me puede indicar quién soy? —dijo aquel tipo de cara alargada.
—Bueno —le contesté—, teniendo en cuenta lo que se dice de usted, puede ser Miguel de Cervantes, Antonio Pérez (secretario de Felipe II) o Juan de Silva y Rivera, Marqués de Montemayor, que es el que al parecer señalan la mayoría de expertos como el retratado por el pintor griego, o sea usted.
—Pues creo que tengo un poco de todos —me dijo en tono confidencial—, porque a veces siento la necesidad de viajar y escribir, a veces quiero solo firmar documentos notariales, y a veces coger las armas y ponerme a buscar mujeres para tener hijos.
—Bueno, teniendo en cuenta que el marqués tuvo siete hijos reconocidos, y muchas amantes, creo que si usted se centra en el personaje de don Juan de Silva, podrá resolver su problema de personalidad  múltiple —le dije, con convicción de experto, sin serlo.


Dígame, ¿por qué tiene la mano en el pecho y por qué tiene tres dedos separados y los otros dos juntos?


—¡Qué tranquilo me deja!, le agradezco mucho su ayuda. Le juro que me siento mejor sabiendo quién soy.
—De nada, que tenga un buen día y que disfrute del resto de visitas —contesté, tratando de enfilar hacia la sala siguiente.
—¡Espere, espere! Tengo otra consulta —me dijo con afectación—. Perdone mi inseguridad, ¿cree que estoy bien así, de frente, o quedaría mejor de perfil?
—Bueno, antes que nada, le aconsejo que mire con los dos ojos a un mismo punto, por ejemplo a mí, así podré darle una mejor la respuesta —le inquirí al observar su leve estrabismo.
—Me pide un imposible —contestó—, tengo que vigilar a mis enemigos de un lado y otro, aunque no sé ciertamente quienes son, pero le juro que los tengo, ¿o no?
—¡Sí, seguro que sí! Todos los grandes personajes los tienen. Vamos a ver, trate de moverse un poco para ver si queda mejor de perfil —le aconsejé.
—Verá, antes que nada darle las gracias por considerarme un personaje importante, eso me da ánimos. Pero lo que me pide no es posible, lo intento pero no puedo, como si una fuerza invisible me inmovilizara.
—Entonces es que esa es la posición más natural, la que más le conviene y la que mejor le queda —le dije nuevamente con aires de autoridad.
—Le juro, caballero, que sus comentarios me llenan de regocijo y fe en mí mismo. Gracias de nuevo, pero ¿cree que la mano en mi pecho realza mi hidalguía, mi honor y mi figura, o tengo que cambiar la posición de los dedos o su altura?, ¿no es demasiado forzada?
—Primero dígame, ¿por qué tiene la mano en el pecho y por qué tiene tres dedos separados y los otros dos juntos? ¿le duele el pecho? Le pregunté, aunque por el catálogo del Prado, ya sabía parte de la respuesta.
—¡No, no! No me duele, es que la mano en el pecho es solo una moda, para dar imagen de respeto y caballerosidad, educación y competencia.
—Pues sí, sí le da un aire de caballero insigne del Siglo de Oro español, con su espada y su greguera. Realmente a mí me transmite confianza, como si estuviera haciendo un juramento.


Hubiera sido usted un Gran Hidalgo en aquellos tiempos gloriosos de la historia de España.


—¡Oh! Gracias, pero le juro que no me acuerdo si el juramento es de lealtad a mi Rey, o a usted o a cualquiera que me mire, para negar mi paternidad sobre el hijo de aquella sirvienta de un pueblo, Mesta, en el que no recuerdo haber estado. ¡No sé!, siguen mis dudas.
—Pues usted, como marqués de Montemayor, fue alcalde de Mesta, así que tuvo oportunidad de estar con esa mujer. ¿Y por qué no quiere reconocerlo?
—No sé, realmente creo que es miedo a la responsabilidad, un hijo es una responsabilidad muy grande, o miedo a que no sea mío, aunque eso suene a excusa, sea como sea todo esto aumenta mi enfermiza inseguridad.
—¡Pues reconózcalo, oiga, reconózcalo!, no pierde nada, y se quedará más tranquilo. Estoy seguro, por su porte, que será usted un gran padre.
—Gracias caballero, hubiera sido usted un Gran Hidalgo en aquellos tiempos gloriosos de la historia de España. España y la Hidalguía hubieran ganado mucho con usted.
—Gracias, pero prefiero haber nacido en esta época. Para su información y para afirmar su ego, le cuento que usted es mundialmente conocido como el Caballero de la mano en el pecho, nombre que le puso un español universal: Don Pío Baroja. 
—¿Dice que mundialmente?
—¡Sí!
—¡Le juro que me va a dar un ataque de ansiedad! ¡Qué responsabilidad la mía! ¡Abaníqueme, por favor, abaníqueme!

* José Miguel es un periodista español nacido hace 67 años en la localidad gallega de Ferrol (A Coruña). Ha vivido 17 años en Centroamérica (a la que considera su segunda madre, y en donde han nacido sus hijos), en la que ejerció como free lance y colaboró con diferentes medios locales. Ha sido corresponsal en diversos medios como la Agencia Efe y la revista Carrer (Calle) de Barcelona, entre otros. Desde su regreso de Centroamérica vive en Barcelona, su ciudad fetiche y a la que siempre vuelve.


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