Memoria

Ilustración: Luis Galdámez
Recogiendo cadáveres
Miguel Ángel Chinchilla *
Agosto 7, 2026
Miguel Ángel Chinchilla reúne en su obra, Recogiendo cadáveres, fragmentos de las vidas de monseñor Óscar Arnulfo Romero y Roberto D’Aubuisson. Organizado en cuatro capítulos, la obra nos refiere al periodo entre 1943, un año después de la ordenación de Romero como sacerdote, hasta 1992, año en el que muriera el exmayor a causa del cáncer. Chinchilla presenta también al contexto social, político y eclesial que sirvió como trasfondo y enmarcó la realidad salvadoreña de esos años. Con el aval del autor publicamos de forma textual el final del cuarto y último capítulo del libro: «Hoy venimos por el tuyo».
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Monseñor Romero: «Vengo a decirte que te perdono, Roberto»
Pero volviendo al asesinato del arzobispo Romero, el martes 24 de noviembre de 1987 el juez del juzgado Cuarto de lo Penal decretó orden de arresto contra el capitán Álvaro Saravia, implicado en el magnicidio. El presidente Duarte había ordenado la conformación de una comisión investigadora. Al fin los detectives lograron ubicar al supuesto conductor del carro que utilizaron los asesinos, Amado Garay Reyes. El Juzgado Cuarto de lo Penal recibió la declaración de Garay como testigo, la cual involucraba al capitán Saravia y al Mayor como autores del crimen, y entonces este tribunal ordenó la detención del capitán Álvaro Saravia por el delito de homicidio agravado. Al Mayor no podían capturarlo porque gozaba de fuero como diputado. No obstante, la acusación contra los ex militares no tuvo mucha trascendencia, ya que el 11 de diciembre de 1987, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia admitió dos hábeas corpus y dicho proceso judicial quedó engavetado. La Sala de lo Constitucional de aquellos años desacreditó la declaración del testigo Garay Reyes, dejando sin efecto la petición de extradición contra el capitán Álvaro Saravia que, en ese momento permanecía detenido provisionalmente en Miami.
Como suele suceder en los sistemas putrefactos de la justicia, la Sala de lo Constitucional en aquel año era presidida por Francisco José Guerrero, el Chachi, abogado de derecha, amigo del Mayor y ex fiscal general, quien por obvias razones no quiso profundizar en la investigación sobre el asesinato del arzobispo Romero. El Mayor en su defensa declaró a la prensa que el autor intelectual del magnicidio había sido el coronel Reynaldo López Nuila, ex director de la Policía Nacional y viceministro de defensa en el gobierno de Napoleón Duarte. López Nuila se había referido al Mayor como un militarcillo alcohólico y bocón quien dentro de las filas del ejército para la mayoría de oficiales no gozaba de ninguna confianza.
Una de aquellas noches el Mayor soñó cuando, siendo niño, iba con su mamá doña Joaquina y su hermana mayor al colegio Externado de San José, la vez cuando el padre Gondra lo expulsó por niño marrullero, malo y pendenciero, mientras doña Quina casi llorando le suplicaba al cura que por favor le diera a su muchachito otra oportunidad, pero el cura inflexible le señalaba la puerta para que salieran. La última grosería del niño Robertío coludido con sus compañeros malandrines, era que habían recogido los papeles higiénicos usados en todos los escusados del colegio y los habían tirado frente a la oficina del rector. Luego se dedicó a estallar chispas del diablo en los muros del colegio. Lo raro del sueño o pesadilla era que el cura Gondra estaba descabezado, prácticamente era solo la sotana, y Roberto chiquito sentía un gran rencor y unas ganas inmensas de asesinarlo. En el sueño gritaba: te voy a matar cura hijo de sesenta mil putas. De pronto despertó sudando y con un agudo dolor de muela. Marta Luz, su mujer, se levantó alarmada y de inmediato fue al botiquín en busca de un analgésico y un vaso de agua.
El ejército guerrillero ha cobrado una fuerza incontenible y los militares (…) andan desesperados porque no saben de dónde van a venir los mameyazos.
Al año siguiente, 1988, en la consecución de la gran farsa histórica de la democracia formal, en marzo se desarrollaron nuevas elecciones para diputados y alcaldes. En esta ocasión el PDC de Duarte sufrió un serio descalabro ante la derecha que ganó la mayoría de diputados en el congreso y el 66% de las alcaldías en todo el país. Pero la mayor derrota de la Democracia Cristiana aquel año fue que a finales de mayo el presidente Duarte fue diagnosticado con una úlcera sangrante que devino en cáncer terminal en el estómago. Parecía que el destino volvía a favorecer a la derecha ya que se avecinaban elecciones presidenciales con Alfredo Cristiani como candidato de ARENA. Cristiani se perfilaba como el favorito de los gringos. Dan Quayle, vicepresidente de Bush padre, lo había dejado bien claro. No más apoyo a la democracia cristiana.
Así las cosas, el 19 de marzo de 1989 Cristiani gana las elecciones con el 53.81% de votos. El FMLN declara ilegítimas aquellas elecciones y recrudece la guerra con ataques sorpresas a diferentes cuarteles. En abril la insurgencia presentaba en Washington una plataforma de negociación para poner punto final a la guerra. En septiembre, se realiza en México una reunión entre el gobierno y la guerrilla con el mismo fin y en octubre el FMLN presenta en Costa Rica una propuesta de negociación.
El 31 de octubre el local de FENASTRAS, la Federación Nacional Sindical de Trabajadores Salvadoreños, ubicado en el centro de San Salvador es objeto de un atentado dinamitero en el cual mueren diez sindicalistas y 30 resultan heridos. Una de las víctimas mortales en aquel atentado terrorista fue la joven dirigente Febe Elizabeth Velásquez, de 27 años secretaria general de la federación. La guerra, como dice la canción de León Gieco, es un monstruo grande y pisa fuerte. A estas alturas el ejército guerrillero ha cobrado una fuerza incontenible y los militares, faltos de instrucción en este tipo de guerra asimétrica, andan desesperados porque no saben de dónde van a venir los mameyazos. El rumor sostiene que algo grueso se acerca a pasos agigantados, pero nadie se imagina. De boca en boca la gente en la calle comenta la necesidad de proveerse de vituallas porque nadie podrá salir de sus casas durante varios días. Es parte de la guerra psicológica de la guerrilla.
Una semana antes de aquel fatídico 16 de noviembre, en Europa había caído el emblemático Muro de Berlín.
Por fin, el sábado 11 de noviembre, el FMLN lanza una ofensiva militar de grandes dimensiones en cincuenta lugares diferentes de San Salvador. La acción militar fue llamada «Hasta el tope. Febe Elizabeth vive». Por diecinueve días la guerrilla logra sitiar la capital. Con osadía toman las instalaciones del hotel Sheraton en colonia Escalón, barrio exclusivo donde viven los ricos. En dicho hotel se encontraba hospedado el diplomático brasileño Joao Clemente Baena Soares, que por entonces era Secretario General de la OEA, y cinco marines de la Army, quienes fueron liberados luego de un alto al fuego que se decretó para evacuar a los rehenes. En el contexto de dicha ofensiva guerrillera, los militares, sintiéndose acosados, por venganza, en un estúpido acto de desesperación, toman la decisión de asesinar en la madrugada del jueves 16 de noviembre a los jesuitas de la UCA, a quienes los chafas hacían responsables de la situación de guerra en el país. Los jesuitas estaban en la mira telescópica de los milicos desde los años setenta cuando la Guardia Nacional había asesinado al padre Rutilio Grande en la misión de Aguilares.
Una semana antes de aquel fatídico 16 de noviembre, en Europa había caído el emblemático Muro de Berlín. Es posible que aquella sensación de triunfalismo de la derecha mundial, haya condicionado a los militares salvadoreños para cometer semejante crimen. Un mes después, el 15 de diciembre de aquel año, el ejército de la Army invadía a Panamá y sometía al presidente Noriega. Corrió mucha sangre inocente sobre todo en el popular barrio El Chorrillo.
Al mes siguiente del asesinato de Oquelí, fallecía en San Salvador el 23 de febrero, el expresidente
José Napoleón Duarte
Luego de aquella ofensiva insurgente «hasta el tope», los ejércitos de ambos bandos se repliegan, pero la guerra continúa. En este marco, los escuadrones de la muerte prosiguen asesinando a políticos de oposición. El 12 de enero de 1990 ultiman en Guatemala al doctor Héctor Oquelí Colindres, Subsecretario General del Movimiento Nacional Revolucionario MNR y Secretario del Comité para América Latina y el Caribe de la Internacional Socialista, junto a la Licda. Gilda Flores, del Partido Socialista Democrático de Guatemala. El 11 de enero de 1990, el Dr. Oquelí había arribado al aeropuerto de Guatemala procedente de México, aproximadamente a las 8:30 horas. Luego de ser detenido por más de una hora por autoridades de migración guatemalteca, el Dr. Oquelí partió en el automóvil de la Licda. Flores, el cual fue interceptado en el camino por un grupo de hombres fuertemente armados que los secuestraron en el acto. Ese mismo día, horas más tarde, según la policía de Guatemala, el carro abandonado fue encontrado con señales de violencia. Por la tarde aparecieron los dos cadáveres en el poblado de Jalpatagua, departamento de Jutiapa, cerca de la frontera con El Salvador. El presidente de Guatemala Vinicio Cerezo responsabilizó del crimen a los escuadrones del Mayor salvadoreño coludido con los escuadrones locales del mico Sandoval Alarcón.
Ese mismo año, al mes siguiente del asesinato de Oquelí, fallecía en San Salvador el 23 de febrero, el expresidente José Napoleón Duarte, luego de una prolongada agonía y de un paro cardíaco causado por una embolia pulmonar como consecuencia del cáncer terminal de estómago e hígado que padecía. Duarte tenía 64 años. Las crónicas recuerdan las burlas del Mayor ante la tragedia familiar de la familia Duarte Durán. Públicamente y de la manera más irrespetuosa y procaz manifestaba que el loco Duarte se estaba muriendo de Sida.
A la medianoche del 31 de diciembre de ese año en Nueva York, guerrilla y gobierno acuerdan poner fin a la guerra civil.
Mientras tanto, los representantes diplomáticos de la insurgencia y el gobierno hacían las gestiones pertinentes para la consecución del fin de la guerra. El 4 de abril de 1990 se firma en Ginebra el protocolo de negociación entre las partes, y el 21 de mayo se suscribe el Acuerdo de Caracas con la mediación de Álvaro de Soto, representante del Secretario General de la ONU. Asimismo, durante junio, julio y agosto las partes sostienen reuniones en México y Costa Rica. El componente militar tampoco bajaba la guardia y, en diciembre, la guerrilla, utilizando misiles tierra-aire, derribaba dos que tres aviones de la fuerza aérea nacional. De esta manera, entre bombardeos y acercamientos diplomáticos transcurre 1991 hasta que a la medianoche del 31 de diciembre de ese año en Nueva York, guerrilla y gobierno acuerdan poner fin a la guerra civil que había durado la friolera de once años y causado un promedio de 75 mil víctimas mortales.
En otro orden, la democracia formal también cumplía su parte, ya que en marzo de 1991 de nuevo se realizaron elecciones para alcaldes y diputados. Pero lo más importante en este periodo para el Mayor no fueron los comicios en los que seguía compitiendo para protegerse con el fuero, sino que, de repente, en el juego del destino o ley kármica como suele decirse, Roberto comienza a sentir dolores más agudos en la muela que desde hace años le viene molestando. El mayor siempre ha tenido pánico al sillón de los dentistas, pero en esta oportunidad casi obligado por su mujer, Marta Luz, acude al médico, quien descubre un carcinoma indiferenciado del tercio posterior de la lengua de índole metastásico. El médico indica una biopsia que resulta positiva y recomienda entonces al Mayor no hablar más de lo necesario, pero el hombre anda en campaña y no acata la prohibición del galeno. Quince días antes de las elecciones, el Mayor entra en crisis y tiene que viajar a Estados Unidos para una cirugía de emergencia en el hospital Metodista en Houston. En apariencia todo sale bien, pero a los días el cáncer se sigue propagando y lo vuelven a operar. Esta vez la intervención quirúrgica le afecta algún nervio y un brazo, el brazo con el que siempre ha ganado competencias de tiro le queda insensible, no lo puede mover. Obviamente el Mayor se deprime y su mujer, para levantarle el ánimo, le comunica que su partido, ARENA, en las elecciones ha ganado 39 curules en la asamblea legislativa. Demacrado el hombre sonríe, pero sabe que se acerca el final. Comienzan los tratamientos con quimioterapia. Tiene 47 años.
La transmisión por televisión de la firma de los Acuerdos desde México, no la pudo mirar porque se encontraba en cuidados intensivos.
Allá afuera en el tablero de la vida cotidiana los actores de la política nacional se mueven con premura y sigilo como piezas de ajedrez. Del Mayor casi nadie se acuerda. Desahuciado regresa al país y ordena que nadie lo visite, ni siquiera el presidente, solo al «Maneque» Cornejo Arango, su gran panita, le permite que llegue a consolarlo. No obstante, acepta que el 6 de septiembre, en la sede del partido, le ofrezcan un homenaje. A pesar de que Marta Luz lo maquilla como se preparan a los muertos para encubrir su rostro demacrado, la gente lo mira con lástima porque sus ojeras de mapache son dramáticas y los pómulos se le hunden como si fuera una calaca. Cristiani le comenta que están a punto de firmar la paz con la guerrilla, pero al Mayor eso ya no le importa, solo le dice que tengan cuidado con los piricuacos, que son traicioneros.
Una tarde Marta Luz lo encuentra fumando y la mujer furibunda le arrebata el cigarrillo de la mano, regañándolo como a un niño. Roberto le dice entonces que lo deje porque de todos modos va a morir, con cigarro o sin cigarro. A principios de enero de 1992 el Mayor recae y nuevamente es ingresado al Hospital de Diagnóstico de San Salvador. Dos días antes de la firma de los acuerdos de paz en Chapultepec, Roberto es intervenido nuevamente por una úlcera duodenal sangrante que había perforado la vesícula biliar. La transmisión por televisión de la firma de los Acuerdos desde México no la pudo mirar porque se encontraba en cuidados intensivos. Los médicos hablan entonces con la familia y advierten que el final de Roberto es cosa de días. Doña Quina gime desconsolada abrazada por Carlos y Carmen, sus hijos mayores. Marissa, la menor, oveja negra de la familia, llega a visitarlo al hospital y lo toma de la mano, con lágrimas en los ojos le pide que se arrepienta, pero el moribundo que ya no habla solo hace un gesto contrariado.
«Vengo a decirte que te perdono, Roberto, le dice, vienen conmigo otras personas que también te perdonan, Mayor».
Al otro día llega monseñor Fredy Delgado a brindarle el sacramento de la extremaunción, en sus manos lleva la crismatera y una estampa de San Camilo de Lelis, que pone sobre el pecho del Mayor. Fredy Delgado pertenece al grupo de curas enemigos de Monseñor Romero, que le hicieron la vida imposible al arzobispo. El agonizante apenas abre los ojos sumidos en el fondo de las cuencas con la mirada perdida y los vuelve a cerrar. El cura Delgado se queda de un palmo al observar que la estampita del santo que ha puesto sobre el pecho del Mayor, se contrae como derritiéndose sin que el Mayor la toque siquiera. En eso, Roberto abre de nuevo los ojos y en su agonía se percata de que ya no es monseñor Fredy quien ha llegado a visitarlo sino monseñor Romero, que desde los cristales de sus gafas lo observa con misericordia.
Vengo a decirte que te perdono, Roberto, le dice, vienen conmigo otras personas que también te perdonan, Mayor; y se asoman como máscaras de historiantes sobre el lecho del moribundo los rostros de Rutilio Grande, Cosme Spessotto, Ignacio Ellacuría, Apolinario Serrano, Neto Barrera, Mario Zamora, Febe Elizabeth y una multitud de rostros que se agolpan en la habitación ahogando al Mayor con un aroma de aceite crismal que aplaca el tufo de azufre que se percibía cuando la estampita de san Camilo de Lelis comenzó a desintegrarse.
Sigo recogiendo cadáveres que en el camino has venido dejando, Mayor, le dice, hoy venimos por el tuyo; menos mal, acota Monseñor, no volverás a hacerlo, y concluye enérgico su exorcismo como en aquella última homilía del domingo 23 de marzo del ochenta: te ordeno, Satanás, príncipe de este mundo, que reconozcas el poder de Jesucristo… Vade retro de esta criatura… Te ordeno, Satanás, sal de esta criatura, vade retro, vade retro en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Mientras agoniza el Mayor se retuerce convulsionando. En aquel momento, en el local del partido un ventarrón levanta las cortinas tirando al carajo papeles y adornos que hay sobre los escritorios. Los perros aúllan en las casas vecinas. El Mayor falleció ese día, en aquel instante del jueves 20 de febrero de 1992. Alguna gente cuenta que, a esa misma hora desde lo más profundo de unas fétidas alcantarillas en un lugar de San Salvador no determinado, se ha escuchado una voz tenebrosa que decía desde el fondo, volveré, terengos, más pronto de lo que piensan, ya vengo. Cientos de ratas emergen entonces de sus madrigueras y se dispersan alocadas por todos lados.

Recogiendo cadáveres
Miguel Ángel Chinchilla
A la venta en Librerías de la UCA
* Miguel Ángel Chinchilla es un poeta, narrador, ensayista, dramaturgo y periodista salvadoreño nacido en 1956 es una de las figuras relevantes de las Letras en la segunda mitad del siglo XX. Co-fundador del desaparecido suplemento literario Los Cinco Negritos en Diario El Mundo y miembro del consejo de redacción de la revista Amate.
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