Opinión

Ilustración: Luis Galdámez
El papel de la prensa escrita en la consolidación del anticomunismo en 1932
Texto: Guillermo Mejía
Agosto 7, 2026
Los principales medios de comunicación fueron pieza clave en la consolidación del discurso anticomunista en la sociedad salvadoreña y el ascenso del militarismo, con la entrada en escena del dictador Maximiliano Hernández Martínez, en el poder entre 1931 y 1944, período en que sucedió la masacre indígena de 1932.
Las ideas se extraen del capítulo «La formación del consenso y la opinión pública en 1932: el uso político de los medios de comunicación» del libro Que suenen las caracolas… Insurrección, matanza y memoria de 1932 en El Salvador (México, 2026) coordinado por José Heriberto Erquicia Cruz, José Alfredo Ramírez Fuentes y Luis Gerardo Monterrosa Cubías.
«¿Ha sido realmente la propaganda política y la opinión pública un factor de peso en nuestro entendimiento de 1932? Si la respuesta es afirmativa ¿cómo se construyó ese discurso y cuál fue su impacto en la opinión pública?», formula el autor del capítulo, el historiador José Alfredo Ramírez Fuentes, docente-investigador de la Universidad de El Salvador (UES).
Para tal empresa, recoge información periodística de los periódicos Diario Latino, El Día, Diario del Salvador, Patria y El Diario de Hoy sobre los hechos violentos de 1932 y, a la vez, analiza el papel de los medios de comunicación escrita en la formación del consenso y la opinión pública.
Determina las tres etapas que surgen de los periódicos estudiados: «La primera incluye las noticias anteriores al 22 de enero de 1932, en las que figuran incidentes aislados que alertan a la opinión pública y, por lo tanto, despiertan expectativas en la población».
«El segundo momento corresponde a los eventos mismos. Después de la tensión generada en las semanas previas al 22 de enero, a partir del 23 de enero comenzó a hablarse de un levantamiento que implicaba una amenaza terrible a la estabilidad y al estilo de vida de todas las personas, pero en especial de las capitalinas. Sin embargo, ese terrible peligro estaba controlado por el gobierno y las fuerzas de seguridad del Estado, por lo que, mientras hubiera apoyo y solidaridad hacia el gobierno, todo estaba bien».
«El tercer momento estaría constituido por las noticias que se enfocaban en demostrar el apoyo al gobierno tambaleante y muy señalado de Martínez, principalmente de élites económicas y buenos ciudadanos; las noticias y publicaciones se dirigían a todo ciudadano, patriota, salvadoreño que se oponía a los excesos de los comunistas —caracterizados como saqueadores y asesinos— y apoyaba al gobierno de Hernández Martínez», añade.
El gobierno y los medios de comunicación monopolizaron un discurso anticomunista para transmitir su versión de los hechos políticos (…).
Según el autor, los tres momentos citados no solo parecen orquestados como fragmentos de un guion a seguir, sino que, sin duda, forman parte de una serie de estrategias discursivas que moldearon los eventos de enero de 1932 ante la población, para generar una opinión pública positiva hacia el gobierno y hacia un gobernante seriamente cuestionado por la forma antidemocrática en la que accedió al poder (el golpe de Estado de 1931 contra Arturo Araujo).
«Desde 1932 hacia la década de 1960, el gobierno salvadoreño y los medios de comunicación monopolizaron un discurso anticomunista para transmitir su versión de los hechos políticos relevantes que ocurrieron tanto dentro como fuera del territorio salvadoreño», señala. «En un primer momento, las acciones del Estado dominaron la vida de la sociedad salvadoreña. Así, por ejemplo, el gobierno de Martínez procedió a matar a miles de personas, con lo que mandó un mensaje a la sociedad sobre la capacidad del ejército de gobernar manteniendo el orden».
«Pero no solo eso: proporcionó a los anticomunistas un hecho histórico útil y conveniente para mostrar que el comunismo era una amenaza real. No obstante, durante muchos años se guardó silencio sobre las causas que llevaron al levantamiento de 1932, así como se callaron y manejaron con cuidado los fusilamientos de los campesinos a manos del gobierno y el ejército», advierte Ramírez Fuentes.
Tiempo después, se dio el cambio del discurso, en la medida en que fue necesario adaptarlo a las nuevas realidades y amenazas que se presentaban en la sociedad. «En 1932, el gobierno insistió en que la amenaza era grande y en que los excesos de los insurrectos requerían una respuesta drástica. Es más, en ningún momento el gobierno de Martínez admitió ayuda extranjera y en pocos días declaró que la situación estaba totalmente controlada».
Dos décadas después, según el autor, los gobiernos del Partido Revolucionario de Unificación Democrática (PRUD) denunciaron a varias organizaciones sociales supuestamente infiltradas por el comunismo, con lo cual justificaron los estados de sitio y otras medidas represivas. Aunque el momento histórico fuera distinto, los gobiernos militares seguían considerando el comunismo como enemigo único.
Ramírez Fuentes concluye que «Es evidente que el discurso anticomunista tomó fuerza a partir del ascenso del militarismo, al igual que ocurrió en otros países latinoamericanos durante el siglo XX. A su vez, los medios de comunicación fueron los canales idóneos para transmitir el pensamiento anticomunista a la sociedad y formar una opinión pública a favor del gobierno. Así, los eventos de 1932 fueron reelaborados para eximir al Estado de responsabilidad en la masacre y culpar a los comunistas por el desenlace de la insurrección en las décadas posteriores al suceso».
Ecos del pasado
Luego de revisar noticias difundidas en los periódicos analizados, antes del 22 de enero de 1932, el autor encuentra que conscientemente o inducidos por el gobierno del general Hernández Martínez, los medios de la época usaron una serie de tropos discursivos, es decir, herramientas del discurso dirigidas a promover la idea de que los comunistas eran un problema social sin igual.
«En la lógica de este discurso, los comunistas no eran personas que entendieran y apoyaran una ideología definida, sino más bien grupos que desestabilizaban y amenazaban el orden que Hernández Martínez había impuesto solo unas semanas atrás, después del golpe de Estado de diciembre de 1931», estima.
Sin duda, el fin era desviar la atención de las acusaciones dirigidas al golpe de Estado de finales de 1931, además de usar los miedos y la incertidumbre para influir en el apoyo al gobierno de Hernández Martínez.
Ya sobre los acontecimientos violentos, el 22 de enero, los comunistas eran señalados como bandoleros y como grupos de personas violentas y en desorden, que buscaban el saqueo y la destrucción, según Ramírez Fuentes. Y comenzaron a salir los nombres: Feliciano Ama «apareció en la primera plana del Diario Latino del 1 de febrero de 1932. En el lado izquierdo de la página se ve una fotografía de su cuerpo ya sin vida, colgado de un árbol; del lado derecho hay un retrato en el que figura atado de manos, cabizbajo. Estas dos imágenes se volvieron icónicas durante el siglo XX y lo siguen siendo en la actualidad».
A la vez, «Martí, Luna y Zapata fueron la principal noticia del 1 de febrero, a la par de Ama. En el periódico Patria de nuevo se hizo uso de un recuadro en portada para anunciar que habían sido ejecutados los líderes comunistas Farabundo Martí, Alfonso Luna y Mario Zapata: “la ejecución se llevó a cabo a las siete y cuarto de la mañana de hoy, en la parte norte del Cementerio General”. Con esa ejecución se planteaba el fin de la amenaza comunista y se afirmaba el papel ejemplar del gobierno al mantener el control sobre el mayor peligro que había sufrido la patria».
En las notas se informó sobre hechos reales, pero muchas veces estos fueron exagerados, inventados y preparados por grupos interesados.
El impacto de los medios de comunicación en la sociedad salvadoreña fue considerable. «La desfiguración del enemigo ha sido, sin duda, una de las técnicas propagandísticas más utilizadas para afirmar que los comunistas eran la amenaza más grande contra el gobierno. Además de eso, el anticomunismo fue uno de los filtros de la información, así como la oficialidad de las noticias y la censura», escribe Ramírez Fuentes.
Al grado que «Todas estas técnicas que influyen en los medios de comunicación se aprecian claramente en las noticias expuestas. Se sabe que en las notas se informó sobre hechos reales, pero muchas veces estos fueron exagerados, inventados y preparados por grupos interesados —en nuestro caso, en especial la información oficial del gobierno es evidente— para mostrar a los comunistas y a las supuestas masas manipuladas por estos como lo peor de la sociedad», agrega.
En el artículo hay un apartado que se titula ¿Comunismo o no? Propaganda política contra historiografía. Si no era comunismo, ¿por qué se produjo el levantamiento de 1932? Y trae a colación que el periódico El Día publicó notas periodísticas que permiten apreciar la delicada «cuestión social» que se vivía en aquellos momentos, lo que ayuda a comprender por qué se habla de un discurso propagandístico y se pone en tela de juicio todo argumento comunista en contra de los hechos referidos.
Para el caso, un individuo con el seudónimo de Arístides —según reseña el autor— propuso un plan de gobierno para elevar el nivel de vida del campesinado y evitar la infiltración de ideas extrañas en el país, pues esto último solo llevaría al enfrentamiento violento entre campesinos manipulados y el gobierno.
«Las ideas que propuso se centraban en la información o contrapropaganda, la educación rural y la necesidad de proporcionar tierra a quien no la tuviera. Sin duda, las reformas sugeridas eran ambiciosas, pero muy claras y realizables. Estos artículos sostienen que los campesinos no entendían las ideas comunistas y que los medios y el gobierno colocaban “etiquetas” a las organizaciones campesinas», señala el historiador.
Los periódicos asumieron que los sublevados eran comunistas, pero no señalaron que estaban siendo guiados por comunistas.
Según el autor y conforme a otros investigadores del tema, si bien se ha dicho sobre la filiación política e ideológica comunista de los rebelados, en la práctica se estima que los lazos comunistas de la capital, reunidos en torno al Partido Comunista, y las comunidades indígenas y campesinas fueron muy débiles. El carácter urbano y moderno —políticamente hablando— del PCS no permitió que penetrara en las mentalidades ni en las relaciones sociales del campesinado, mucho menos de las comunidades indígenas.
«Esta investigación, basada en fuentes hemerográficas, ha documentado una serie de sucesos violentos anteriores al 22 de enero, y también se sabe que la situación social en el país era muy delicada. La organización de un movimiento social de esa envergadura no pudo haber sido una tarea fácil, mucho menos para un partido político muy pequeño y recién fundado», precisa.
En la misma dirección, se señala que las relaciones entre la Federación Regional de Trabajadores Salvadoreños (FRTS) y el PCS se caracterizaban más por pugnas y diferencias ideológicas que por la alianza política; además la FRTS era una organización de pequeños sindicatos de artesanos y, en menor medida, de obreros, en su mayoría de ideología anarcosindicalista.
Y, en el caso de Farabundo Martí, «Las luchas internas del PCS también llevan a pensar que la vieja historia de Martí organizando a las masas no es más que una leyenda idealista, un uso de la historia, en el que la memoria colectiva es moldeada para que se recuerde cierta versión. En las fuentes expuestas en esta investigación, Martí se menciona dos veces en enero de 1932; la primera vez, cuando las autoridades lo capturaron el 18 de enero y lo encarcelaron. Después de ese hecho parece que la prensa se olvidó de él. Se habla de Martí por segunda vez cuando fue fusilado, la mañana del 1 de febrero de 1932. No hay mención alguna de Martí durante los sucesos del 22 al 27 de enero de 1932», escribe Ramírez Fuentes.
Por otro lado, el Socorro Rojo Internacional (SRI) y el PCS eran «dos entidades separadas que no estaban de acuerdo en muchos aspectos sobre el momento adecuado para la revolución y con serias diferencias entre ellas. Así, la tesis de los comunistas guiando a las masas campesinas pierde fuerza. De hecho, los periódicos asumieron que los sublevados eran comunistas, pero no señalaron que estaban siendo guiados por comunistas; ni siquiera el PCS aparece mencionado en las notas analizadas en esta investigación», advierte.
Finalmente, Ramírez Fuentes señala que la revisión historiográfica, comparada con las noticias y el decreto de amnistía de julio de 1932, «permite entender cómo el gobierno utilizó los medios de comunicación para generar consenso sobre un suceso violento que generó temor en la población. La idea de una amenaza desmedida se manejó de la mano de un gobierno capaz y se proyectó la imagen de que existía un hombre fuerte a la cabeza del país».
«Esta comparación permite entender cómo se generó el consenso en torno a la deformación de los hechos y el papel de los medios de comunicación. Aún en una sociedad poco alfabetizada, las noticias transmitidas de boca en boca influyeron para que el evento de enero de 1932 se entendiera como un levantamiento comunista a lo largo de varias décadas y se invisibilizara la masacre de varios miles de salvadoreños», afirma el autor.
* Periodista

Para tener un panorama más amplio sobre la masacre indígena de 1932 y el tema del artículo presentado en particular, bajo licencia de la UNAM de México y la Universidad Pedagógica de El Salvador pueden bajar en formato PDF el libro Que suenen las caracolas… Insurrección, matanza y memoria de 1932 en El Salvador
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