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Niñas palestinas juegan en un trampolín entre los escombros de Khan Younis | Foto: Abdel Kareem Hana/AP
Juegos, cine y animales: Gaza cuida su infancia
Texto: Lina Ghassan Abu Zayed
Publicado en Il Manifesto, agosto 29 de 2026
https://ilmanifesto.it/giochi-cinema-e-animali-gaza-cura-la-sua-infanzia
Septiembre 4, 2026
Tres proyectos comunitarios intentan devolver a los niños risas y espacios de encuentro: hay quien hace terapia con animales, quien abre un cine y quien un parque de diversiones.
En Gaza, donde los niños se han acostumbrado al ruido de los bombardeos y los desplazamientos, algunos residentes buscan sonidos diferentes: las risas que se oyen en un parque infantil, las voces de los pequeños que se acercan a los animales y los dibujos animados que se proyectan en un cine instalado en un lugar que aún conserva las huellas de las bombas.
Mahmoud Shaheen ha creado un parque de atracciones para niños; Rashid Anbar ha vuelto a trabajar con animales tras haber perdido a muchos durante la guerra y ahora los involucra en actividades con los más pequeños; las hermanas Shaimaa y Safaa Dhabban han puesto en marcha «Cinema House» para ofrecer un espacio de entretenimiento y proyecciones cinematográficas. Tres iniciativas diferentes, una misma necesidad: devolver un pequeño fragmento de infancia normal a los niños en un lugar donde la guerra ha arrasado casi todos los espacios de juego y ocio.
Mahmoud shaheen ha creado «Jump City», un espacio recreativo instalado dentro de una tienda de campaña, equipado con diversos juegos y actividades para los más pequeños, en un momento en el que la mayoría de los niños de Gaza ya casi no tienen ningún lugar donde jugar y pasan los días entre tiendas de campaña, casas dañadas y zonas de desplazamiento. «No concebía el proyecto únicamente como una fuente de ingresos —cuenta Mahmoud—. Quería volver a ver reír a los niños y ofrecerles un lugar donde pudieran volver a sentirse niños».
Algunos juegos cuestan solo unos pocos shekels, en un intento por hacer que el proyecto sea accesible también para las familias cuyo poder adquisitivo se ha reducido drásticamente. «Sé que muchas familias no pueden permitirse el ocio —explica—. Por eso intentamos mantener los precios al alcance de todos. Dejamos entrar a los niños gratis cuando sabemos que los padres no pueden pagar». «Quizá no podamos cambiar la realidad de Gaza —concluye Mahmoud—, pero si un niño ríe y juega aunque solo sea durante una hora, para nosotros significa muchísimo».
Rashid huyó con su familia para salvar la vida, dejando atrás a los animales de los que se había ocupado durante años.
La historia de Rashid Anbar es aún más compleja. Padre de tres hijos, de 41 años, fundó en 2017 la iniciativa «My Animal Friend» para promover el bienestar de los animales y utilizar la interacción con ellos como herramienta educativa y recreativa para los niños. Durante años, los animales han sido para Rashid compañeros de vida, a todos los efectos parte de la familia.
Durante la evacuación, Rashid intentó salvar a los animales de los que llevaba años ocupándose. Buscó comida para ellos en un momento en el que garantizar el sustento de su propia familia ya era una tarea titánica. Hace aproximadamente un año y medio, su casa sufrió graves daños a causa de una serie de ataques israelíes, lo que le obligó a huir durante tres meses. Tras regresar y reparar la vivienda, solo permaneció allí 23 días antes de tener que volver a desplazarse: los residentes de su edificio recibieron una llamada en la que se les advertía de que el edificio iba a ser bombardeado. No había tiempo para pensar. Rashid huyó con su familia para salvar la vida, dejando atrás a los animales de los que se había ocupado durante años.
«No podía permitirme el lujo de perder tiempo en llevarme ni siquiera a uno», recuerda. La pérdida tuvo un impacto psicológico devastador: «Algunos de esos animales vivían conmigo desde hacía años, otros desde que nacieron mis hijos. Los quería profundamente y estaba muy unido a ellos». Al final, sin embargo, fue la propia guerra la que lo llevó de vuelta junto a ellos, a través de los niños. Durante el desplazamiento, impartió sesiones de primeros auxilios psicológicos para los más pequeños en colaboración con el Centro Qattan en las escuelas de la UNRWA. Tras ser desplazado a Al-Zawaida, donde colaboró con el «Proyecto Sameer», se encontró rodeado de un gran número de niños que sufrían las consecuencias psicológicas y físicas del conflicto.
Allí, los desplazados empezaron a acudir a él para vacunar a sus animales o para pedir asesoramiento veterinario. Él vio estas visitas como una oportunidad para que los niños interactuaran con los animales, ya fueran perros, gatos, pájaros o incluso erizos. La dirección del proyecto le propuso poner en marcha sesiones de apoyo psicológico para niños basadas precisamente en la interacción con los animales. Así, la iniciativa «My Animal Friend» renació el pasado mes de febrero.
«Cinema House», un espacio para la proyección de películas de animación, ha sido instalado en la terraza de una casa dañada por los bombardeos.
Encontrar animales no fue fácil, ya que la guerra había matado a muchísimos. Tras largos esfuerzos, el equipo logró conseguir varias aves y animales domésticos. Hoy en día, la iniciativa acoge a niños de entre 4 y 15 años: aproximadamente cada dos días se organizan talleres educativos e interactivos. A través de conejos, pájaros y otros animales, los niños aprenden los colores, los nombres y nociones científicas básicas, junto con los conceptos de protección y responsabilidad hacia los animales. Rashid cree que el contacto directo, incluyendo acariciarlos y cogerlos en brazos, puede tener un impacto psicológico muy positivo en los niños, especialmente en aquellos que muestran tendencias al aislamiento social o dificultades relacionales.
«Estamos acostumbrados a ver a los animales tras las rejas o desde lejos —explica—. Pero cuando un niño establece una relación directa con un animal y se siente responsable de él, a nivel psicológico cambian muchas cosas». Un niño le confió a Rashid: «Cuando me siento triste y me siento cerca de los animales, me siento mejor».
El cine, en cambio, es la elección de las hermanas Shaimaa y Safaa Dhabban: han inaugurado «Cinema House», un espacio dedicado a la proyección de películas de animación para niños, instalado en la terraza de una casa dañada por los bombardeos. Han reformado el espacio y reparado las escaleras y las pasarelas; algunos de los agujeros dejados por las explosiones se han transformado en marcos para los carteles de las películas. El resultado es un lugar que da testimonio de la guerra y, al mismo tiempo, ofrece un respiro temporal de ella.
La iniciativa no se limita a las proyecciones de pago: también organiza espectáculos gratuitos para los niños huérfanos. Pero gestionar un cine en Gaza no es fácil: los frecuentes cortes de electricidad y el elevado coste del combustible hacen que mantener el proyecto sea un reto diario. Sin embargo, la idea de fondo es sencilla: transformar un lugar desfigurado por la guerra en un espacio donde los niños puedan sentarse juntos y reír, en lugar de dejarlo como un enésimo recordatorio de la destrucción.
Estos espacios recreativos y de juego pueden formar parte de una red más amplia de apoyo psicosocial.
La necesidad de estos espacios se desprende de las evaluaciones de UNICEF sobre la situación de la infancia en Gaza: el 65 % de los encuestados afirma no disponer de un espacio exterior seguro donde dejar jugar a sus hijos, mientras que la agencia de la ONU señala que más de un millón de niños en Gaza necesitan apoyo psicológico y psicosocial. Los expertos en salud mental confirman que el juego y las actividades en grupo pueden complementar la asistencia psicosocial para los niños sometidos a la presión de la guerra, especialmente cuando estas actividades garantizan un entorno seguro, una rutina y la interacción con sus compañeros.
El psicólogo Yasser Abu Shawish explica que ofrecer a los niños un espacio en el que jugar, relacionarse y expresarse puede ayudar a devolverles una sensación de normalidad, sobre todo tras largos periodos de terror y desarraigo: esto no significa, precisa Abu Shawish, «que el niño haya olvidado lo que ha vivido; sino que significa más bien concederle un respiro temporal del estrés constante y una oportunidad para comunicarse y dar rienda suelta a emociones que quizá no sea capaz de expresar con palabras».
Sin embargo, estas actividades no sustituyen a un tratamiento terapéutico especializado: los niños que presentan síntomas graves o persistentes debidos al trauma necesitan ser evaluados y supervisados por profesionales de la salud mental, mientras que los espacios recreativos y de juego pueden formar parte de una red más amplia de apoyo psicosocial. Estos proyectos no borrarán las cicatrices de la guerra, ni podrán sustituir a los servicios de salud mental ni a la reconstrucción material. Pero revelan otra forma de supervivencia: reconstruir la vida cotidiana a través de pequeños gestos, devolviendo a los niños el derecho a jugar, reír y soñar, incluso antes de que se hayan reconstruido las casas y las calles que les rodean.
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