Opinión

Ilustración: Luis Galdámez
La sofisticación de la mentira e invención de la realidad en la sociedad
Texto: Guillermo Mejía
Noviembre 6, 2026
La desinformación que prolifera en la sociedad a través de recursos mediáticos, en particular las redes sociales, ha dado un salto en el intenso y veloz camino de la sofisticación de la mentira e invención de la realidad que impacta en consumidores que en el sistema digital asumen, a la vez, el papel de productores de contenidos.
La profesora Carmen Beatriz Fernández, de la Universidad de Navarra, ha hecho un valioso análisis al respecto, donde enfatiza que si bien antes la desinformación «tenía que ver con gente que tenía poca información» ahora esa definición ha quedado desfasada y superada por la «acción y efecto de dar información intencionalmente manipulada al servicio de ciertos fines».
La académica española en sus reflexiones publicadas en The Conversation trae a cuenta la película francesa El mago del Kremlin (2025), basada en la novela de ficción homónima del escritor italiano Giuliano da Empoli, de 2022, que trata sobre mantener el poder absoluto en Rusia y las experiencias de Vladímir Putin a principios del siglo XXI.
En la cinta se presenta a Vadim Baranov, un productor de televisión convertido en asesor de comunicación estratégica de Putin. «Desde las entrañas del poder, Baranov ayuda a construir una realidad política en Rusia en la que las fronteras entre verdad y mentira, información y propaganda, se vuelven deliberadamente borrosas», advierte Fernández.
«La película explora precisamente esa versión moderna de la propaganda en la que no es indispensable convencer a todos de una misma verdad. Puede ser más eficaz llenar el espacio público de relatos contradictorios hasta conseguir que distinguir la verdad resulta cada vez más difícil», agrega.
Una de las maneras de desinformar no es inventar información falsa, sino hacer desaparecer información verdadera.
Fernández resalta «una escena particularmente apasionante y que podría servir como manual de principiantes para entender la desinformación contemporánea. Boris Berezovsky le dice a Baranov: “Deja de inventar historias. Empieza a inventar la realidad”».
Ahí encontramos el salto que ha dado la desinformación en el presente. Para ella, ya no se trata solamente de fabricar una mentira y conseguir que alguien la crea. También se trata de decidir qué realidad aparece ante nuestros ojos, cuál deja de aparecer y a cuál se le ponen aplausos del público.
Según la académica, desinformar en el presente implica ir más allá de lo que hasta hace poco considerábamos desinformación; en otras palabras, el que reconociéramos la fabricación de una noticia falsa, una manipulación fotográfica o la producción de una deepfake. «Es el tipo de desinformación que más se viene estudiando, y contra la que nos preveníamos. Pero existen formas más rebuscadas de alterar el derecho ciudadano a estar informado», advierte.
Tipología de la desinformación en el presente
La clasificación de Fernández: algunas de las maneras de desinformar no inventan una realidad, más bien «fabrican» las fuentes que la cuentan con pseudomedios. Otros hacen exactamente lo contrario: no agregan información falsa al ecosistema, sino que consiguen qué información verdadera desaparezca. Y existe una tercera capa, que pertenece a lo que denominamos el «internet muerto», en la que se simula la existencia de una conversación pública espontánea cuando, en realidad, estamos ante una operación coordinada en la que unos bots interactúan con otros.
Señala la autora española que el «internet muerto» sería ya más numeroso que el internet vivo, según el Imperva Bad Bot Report (2026), que encontró que el tráfico automatizado de bots constituye el 53 % de todo el tráfico web en 2025. «Los pseudomedios, los reclamos fraudulentos de copyright y las redes digitales inauténticas son los tres mecanismos de la nueva desinformación. Son distintos entre sí, pero tiene un efecto común: alteran el flujo informativo. Unos lo intoxican, otros lo obstruyen y los terceros generan una discusión pública artificial», explica.
Una denuncia de copyright puede conseguir que
el contenido sea retirado o que la cuenta que lo difundió quede fuera de circulación.
En resumen: (a) Un pseudomedio se presenta como periodismo sin hacer periodismo. Tiene titulares, secciones, fotografías, noticias y una apariencia gráfica que recuerda a la de un medio profesional. Pero carece de una sala de redacción, de procesos de contraste, de estándares editoriales o de una separación clara entre información e intereses particulares. El lector entra en un portal que simula tener una redacción, aunque detrás de esa fachada no exista una estructura periodística capaz de responder por lo que publica. El Kremlin, por cierto, ha sido experto en esos menesteres desde su aparición.
(b) Hay otra manera de manipular: la utilización fraudulenta de las denuncias por derechos de autor. Una denuncia de copyright tiene una ventaja para quien busca opacidad: no necesita discutir el contenido de la información. No precisa demostrar que es falsa, ni refutarla, ni convencer al público. Puede intentar conseguir algo mucho más sencillo: que el contenido sea retirado o que la cuenta que lo difundió quede fuera de circulación. (…) El copyright es una institución legítima y necesaria. Protege la creación intelectual y permite que periodistas, fotógrafos, escritores y otros creadores puedan defender su trabajo. Precisamente por eso resulta tan perverso convertirlo en una herramienta para silenciar información que pueda ser incómoda al poder.
De acuerdo con la académica, el proceso de la nueva desinformación sería el siguiente: primero se fabrican los actores —pseudomedios que parecen periodismo—; después se fabrica el público —cuentas inauténticas que hacen que una narrativa parezca contar con respaldo espontáneo—; y, finalmente, se hacen desaparecer las escenas incómodas.
«La lucha contra la desinformación, por tanto, ya no puede limitarse a preguntar: “¿es verdad lo que estoy viendo?”. La desinformación no consiste únicamente en introducir falsedades en el ecosistema informativo, sino también en restringir el acceso a información verdadera, y hacer que la acepción original del término vuelva a lo que era: poca información, porque se ha suprimido», señala Fernández.
Afirma que las plataformas tienen aquí una responsabilidad enorme. Sus mecanismos de corrección deberían tratar como prioritarias aquellas denuncias de copyright que pueden afectar a fuentes periodísticas, especialmente cuando existen indicios de coordinación o abuso.
Eso porque «La información tiene sus tiempos. Una noticia que deja de circular durante una crisis, una investigación, o una elección no recupera completamente su impacto, aunque la cuenta vuelva a ser reactivada después. La desinformación es más eficaz si consigue decidir qué aparece, qué desaparece y qué parece generar conversación real».
La prisa por difundir novedades (…) conduce a la propagación de informaciones sin verificar si son falsas.
Torceduras mediáticas
En esa misma dirección, son importantes algunas reflexiones recientes del periodista, académico y escritor mexicano Raúl Trejo Delarbre en la revista Nexos sobre la condición en que han caído muchos medios de comunicación al verse obligados a competir en una «jungla digital», en donde las reglas y jerarquías son algorítmicas, y en donde la calidad informativa no es necesariamente el criterio dominante.
«En el afán de lograr clics que les permitan compartir pequeñas porciones de audiencia y de ingresos, incluso los medios más profesionales ofrecen novedades de la farándula, imágenes extravagantes, videos de situaciones insólitas, recetas de cocina y flirtean con el escándalo, la ordinariez y la seudociencia. La prisa por difundir novedades que puedan conmover a los usuarios, conduce a la propagación de informaciones sin verificar que en ocasiones resultan falsas», sentencia.
Si bien los medios profesionales están entre los pocos actores con recursos y capacidad para verificar información y desmentir falsedades, «con frecuencia tales medios se mimetizan con el formato simplificador, trivializante y polarizador de las redes sociodigitales», afirma Trejo Delarbre.
«Los mensajes obligatoriamente breves, la preeminencia de imágenes en demérito de los textos, el entremezclamiento de asuntos muy variados y la ya señalada selección algorítmica de contenidos complacientes con nuestras preferencias, tienen dos consecuencias que afectan al intercambio democrático. Por una parte, en esos espacios digitales la discusión argumentada es muy difícil, cuando no imposible. Además, la esquematización de puntos de vista refuerza la polarización política e ideológica. La desinformación encuentra, en tales condiciones, un campo favorable para expandirse», advierte el intelectual mexicano.
Señala que «Los medios profesionales, cuando los hay, se encuentran agobiados en primer lugar por la competencia en un entorno desfavorable a los discursos elaborados y de calidad. En segundo término, son perseguidos por gobernantes autoritarios y/o populistas». Triste realidad tan común en nuestros tiempos.
Urgente y necesario, pues, que hagamos un acercamiento crítico sobre lo que ocurre en nuestro entorno a partir de esta podredumbre.
* Periodista
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