Cultura

Fotoilustración: Luis Galdámez
Carlos Mejía Godoy:
Y el verbo se hizo canto
Carlos Mejía Godoy
Mayo 2, 2025
Carlos Mejía Godoy, el talentoso cantautor que conocemos por Son tus perjúmenes mujer y Nicaragua, Nicaraguita, hoy en el exilio de su patria querida, nos comparte su libro Y el verbo se hizo canto. Memorias, en el que presenta 50 canciones «con diversos ritmos, sabores, colores y texturas». Hoy los invitamos a esta mesa servida con una de esas 50 canciones, su letra y una historia relacionada para el recuerdo.
***
Chinto Jiñocuago
Letra y música: Carlos Mejía Godoy
Esta seña condenada
que en la frente se me ve
yo la quiero con el alma
ya les vua contar por qué
la montaña fue testiga
que me escapé de morir
en la guerra de Sandino
combatiendo en Apalí.
Chinto Jiñocuago me dicen a mí
vengo señalado desde que nací
traigo en cada seña una historia que viví
llevo una leyenda en cada cicatriz
Este agujero tremendo
que mi brazo perforó
no es como dice la gente
que es un hoyo de inyección
me lo pegó un alistado
dizque por casualidad
ni con cebo serenado
se me ha podido borrar
Chinto Jiñocuago…
Este surco bien clarito
me sobó la yugular
para ser más patentito
me lo dio Melchor Pastrán
fueron dieciocho puntadas
cosidas de tres en tres
por aquel beso robado
que le di a la Rosa Inés
Chinto Jiñocuago…
Esta raya que me cruza
la ceja con la nariz
me la pegó Chon Lanuza
un varón de Cacaulí
junto al propio Macuelizo
me agarró de refilón
hasta que me pongo erizo
cuando todo el verdugón
Chinto Jiñocuago…
***
El hombre entró en la Miscelánea Elsa, la pulpería de mi mamá, en la Calle Real de Somoto. Traía un sombrero raído, una alforja y su machete Collins, la pluma-fuente, como se decía en aquella época. El hombre, callado, se dedicó a asomarse a las vitrinas en busca de nada. Mi madre, siempre laboriosa, lo observó, mientras —como Penélope provinciana— seguía tejiendo, en espera de su esposo Chas Mejía, quien ya venía por la bajada de El Tablón, procedente de El Espino.
Yo, sentado en el viejo piano de la tía Evelina, sacaba un valsecito añejo. Doña Elsita, aguda observadora, como todos los Armijo, se acercó y me dijo, sin dejar de tejer:
—Carlitos, asomate a la pulpería y vas a ver a un hombre cundido de cicatrices; ¿sabés qué parece? Un palo de jiñocuago en camino real.
Cerré el piano y con disimulo busqué la puerta de la calle. El hombre estaba de espaldas, tocando con sus dedos ásperos un vestido azul de poplín que colgaba de la pared. Por fin habló:
—¿A cómo lo tiene, doña Elsita?
—Es de partida —respondió mi mamá— vale treinta pesos.
—Ah, pues el otro domingo vengo por él. Yo soy de aquí nomasito, de Cacaulí. ¿No se acuerda de mí, doña Elsa? Yo trabajé con su hermano, el finado Carlos Arturo.
—Ah, sí —dijo mi madre siempre cordial—. Él ya ajustó los diez años de fallecido.
—¡No, si, para qué! Estaba entero el hombre —agregó el cicatrizado. Se quedó un rato ingrido, viendo —como diría García Márquez— con una mirada como de sordo. Al rato se acomodó la alforja en el hombro y retomó la conversa.
—¿Se acuerda de la Timoteya, doñita?
—A ver —dijo mi mamá— refrésqueme la memoria. ¿Quién es la Timoteya?
—¿No se acuerda? Aquella señora renquita, que le trabajó a doña Graciela, la mamá del doctor Herrera.
Mi madre, que conoce a los campesinos platicones, prefirió darse por enterada para que el hombre no hiciera «casa con corredor».
—Ah, sí, comonó. La Timoteya. Buena persona.
—Le cuento que nos dejamos, uhh, desde el invierno pasado.
Por la calle se escuchó un chililín del carretón de los sorbetes. El de las cicatrices siguió su historia.
—Pues ya le cuento. La Timoteya agarró el monte. Después de vivir arrejuntados ocho años, se fue con un contrabandista de aquí de Totogalpa. Hizo una pausa y concluyó: —Pero Dios sabe lo que hace. Me dejó con una chigüina de ocho años que ya está señorita.
Ahora sí pude ver clarito su rostro. Una cicatriz enorme le cruzaba la cara, desde la frente hasta la barbilla, partiéndole la ceja, la nariz y el labio. Pero, además, en el cuello tenía un tremendo verdugón, del tamaño de un jeme. Y, de ipegüe, en ambos brazos se miraban, claritos, los efectos de un clinche de cantina, donde, a todas luces, nuestros personaje había quedado en alitas de cucaracha. Y recordé la frase de mi mamá:
—Parece un palo de jiñocuago en camino real.
El hombre se despidió y se alejó por las calles de Somoto. Yo me senté al piano. Me olvidé del valsecito añejo y empecé a escribir esta canción.

«Y el verbo se hizo canto»
Carlos Mejía Godoy
Puede encontrarlo a la venta en www.amazon.comhttps://www.amazon.com/-/es/verbo-hizo-canto-Memorias-Spanish/dp/B0C2SG4Q1L
Carlos Mejía Godoy y su esposa Xochitl Jiménez perdieron su casa y la mayoría de sus pertenencias por un incendio hace pocos días en Estados Unidos. Quienes quieran contribuir a la recolección de fondos para ayudarles, pueden hacerlo en este enlace:
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