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Cultura

Ilustración: Luis Galdámez

El encuentro…

Yolanda Guirola Zelaya

Junio 6, 2025

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Era una noche sin estrellas, sin nubes, sin viento y casi podría decir que sin cielo ya que no se veía nada. Al fin me había aventurado a desvelarme e introducirme entre los árboles y la maleza de aquella hermosa finca a la que había llegado como invitada, con la esperanza de presenciar un acontecimiento que me habían dicho solamente se realizaba cuando había eclipse de luna, por lo que esa noche ocurriría el gran acontecimiento. 

Seguí caminando, tropezando con plantas y troncos de árboles que en la oscuridad adquirían formas que me producían miedo, sin embargo, al reflexionar sobre la realidad no podía más que reírme suavemente, para no despertar a los pájaros o a los búhos o ahuyentar a los topos que cumplían con su labor diaria de sacar tierra y dejar hoyos escondidos. 

Volví a pensar en lo que estaba esperando que sucediera, ya que era noche de eclipse de luna, empecé a pronunciar nombres con el pensamiento y se me ocurrió construir una oración para llamar a quienes se suponía que se iban a reunir y sin saber quiénes serían, les decía: «Aparezcan, aparezcan, pues la luna está escondida y si se llega el día, ya de nada serviría». 

El tiempo pasaba y mi entusiasmo se estaba convirtiendo en frustración cuando, al llegar a un espacio en donde estaban unas grandes bandejas para secar café, creí ver una figura alta con pelo muy largo y grandes senos comiéndose un grano de café. Me detuve, paralizada. Abrí y cerré los ojos y la figura permanecía en el mismo lugar, no podía pronunciar palabra ni me podía mover, aunque quería salir corriendo. 


Con el pensamiento le pedí a la luna que no saliera y, en ese momento, escuché un ruido como pasos…


Los minutos fueron eternos, miré al cielo y percibí un minúsculo rayito de luz, con el pensamiento le pedí a la luna que no saliera y, en ese momento, escuché un ruido como pasos y una sombra volvió el espacio más oscuro. Traté de identificar qué era lo que producía la sombra y lo que vi —o lo que creía ver—, era un enorme sombrero en la cabeza de un niño que tenía un estómago muy grande. 

Fue una escena enternecedora cuando se abrazaron, parecía que habían pasado muchísimos años sin verse, no sé si hablaron o yo no escuche, pero fue suficiente lo que transmitieron al abrazarse, que de repente pensé en unirme para sentir el calor que se desprendía de sus cuerpos. 

Con ansiedad improvisé una oración: luna, lunita, por favor no aparezcas, déjame seguir presenciando este encuentro tan conmovedor entre esa señora de pelo largo y grandes senos y ese niño barrigón y con gran sombrero. 

Por la ventana de la habitación penetraba la luz del día. ¿Fue un sueño? No, yo sé que fue realidad. Salí corriendo buscando las bandejas de café y al llegar miré al suelo y mis ojos encontraron varios granos de café todavía húmedos, que había dejado la señora que se apareció la noche del eclipse de luna. 


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