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Cultura

Foto ilustración: Luis Galdámez

El Prado VII. Los humildes bacantes

José Miguel Benítez Casteleiro*

Abril 3, 2026

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Siguiendo los consejos de Menipo, visité las dos obras sugeridas. Me parecieron similares pero muy diferentes y separadas por más de 200 años: Los Borrachos de Velázquez y El Triunfo de Baco, de Leonardo Alenza. La similitud que observé se debía, seguramente, a que Alenza vio en su momento el cuadro de Velázquez en El Prado. Me sentí cansado y me senté en un banco y allí, frente a mí, vi las dos obras juntas, lo cual era absolutamente imposible porque estaban colgadas en diferentes salas. Los efluvios etílicos y el sabor y aroma que todavía deleitaban mi paladar y mi olfato seguían haciendo su efecto. Sea como fuere, al observarlos oí la siguiente conversación entre sus personajes:

—¡Eh! Señoritos, ¿no queréis un trago? —dijo Marcial, uno de los personajes de Alenza, a los personajes de Velázquez, desde lo alto de una mesa en donde se encontraba él, de pie, y Diego, sentado, con una manta que le tapaba sus piernas y que impedía ver su asiento.

—¡Qué pesado con lo de señoritos!, somos gente de la calle, como vosotros, solo que más presentables. Vosotros, ahora mismo, aunque no es la primera vez, parecéis seres grotescos y repulsivos, ¡vamos, que dais pena! —contestó Andrés, uno de los ocho personajes de Velázquez, sacándose el sombrero.

—¡Grotescos, pero divertidos, amigo Andrés! Sin vuestros ropajes, sin vuestra contención, con nuestros harapos y nuestro albedrío para disfrutar sin inhibición de todo lo que nos ofrece el vino. Vosotros siempre más comedidos y hoy, en lugar de beber y divertiros, estáis a los pies de ese paliducho semidesnudo, al que rendís pleitesía ¿Es acaso un rey?, ¡un monarca con corona de hiedra! —insistió sarcástico Marcial.

—¡Más que un rey!, ¡es un dios!, ¡Baco, el dios del vino!, al que deberías mostrar respeto —replicó Andrés.


—¡Sois una vergüenza para el gremio vinatero y para el pueblo!, ¡sois grotescos, impúdicos!, nosotros sí sabemos beber —dijo Felipe.


—Un dios semidesnudo, que ni os mira, con su mirada perdida en dirección opuesta a vosotros, y que ni tan siquiera mira al cabizbajo Gumersindo, al que tiene arrodillado a sus pies, y al que parece que está imponiendo otra falsa corona de hiedra. ¿Un dios que necesita estar custodiado por dos tipejos semidesnudos, que parecen sátiros?, que por cierto, tampoco os miran, como si no quisieran mezclarse con vosotros, sólo están pendientes de cubrirle las espaldas a su Baco. ¡Pues bien!, ¡nosotros tenemos aquí a Pepín!, ¡ja, ja, ja! Tiene la camisa desabrochada y enseña un poco de hombro y el pecho, ¡como vuestro dios! Y yo, ahora, en este momento, ¡lo corono con el embudo vinatero!, ¡el dios de los beodos!, ja, ja, ja. ¿Veis? También tiene servidores a sus pies: a Daniel, a Rodrigo, a Diego, a Zacarías. ¡Eh, vosotros dos!: Ramiro, levántate y ven; y tú Benito, deja de sujetar la pared que se sostiene sola. ¡Acercaos a adorar a la divinidad de los piripis, al coronado dios de los borrachos! Dí algo a tus plebeyos y a esos ignorantes de al lado, Pepín —inquirió Marcial.

—¡Zzzz!, ¡zzz! ¿Eh?, ¡llenadme el vaso! —dijo Pepín, como despertándose, con la cabeza gacha por el peso del alcohol, y con dificultades para seguir hablando y sujetar el vaso que milagrosamente sigue en una de sus manos.

—¡Ja, ja, ja! Ni siquiera se da cuenta de que todavía tiene el vaso lleno. Pero es un borracho real, auténtico, no como vuestro diosito blanquito, que os quita hasta la luz, la absorbe toda él, a vosotros os deja la penumbra. Nosotros no necesitamos a un diosecito que nos corone, y tampoco necesitamos que nos diga lo que tenemos o no tenemos que beber —insistió Marcial.

—¡Brindo por eso! Dijo Zacarías, el personaje de Alenza recostado sobre una barrica de vino, a la izquierda de Diego y Marcial alzando un porrón.

—¡Sois una vergüenza para el gremio vinatero y para el pueblo!, ¡sois grotescos, impúdicos!, nosotros sí sabemos beber —dijo Felipe, el personaje canoso y sonrosado, situado a la derecha de la escena.


Me río yo de ese diosecito tan iluminadito —dijo Diego, situado enfrente de Pepín y Marcial, tambaleándose (…)


—¡Sí, sí!, Ya vemos que sabéis tomar, ¡prácticamente no hay rastro del vino a vuestro alrededor, apenas una jarra en el suelo y un plato que puede ser de agua o sopa! En lugar de beber, estáis agachaditos frente a ese desvergonzado querubín, que ni siquiera os presta atención y que sigue callado, ignorándoos e ignorándonos a nosotros. Me río yo de ese diosecito tan iluminadito —dijo Diego, situado enfrente de Pepín y Marcial, tambaleándose, como si la capa que viste le pesara y le tirara hacia atrás, mientra sostiene un cuenco de vino con las dos manos, como intentando evitar que se le caiga.

—¡Deslenguados murmuradores!, tenéis envidia de que nosotros estemos disfrutando el aire libre, sin ocultar nada, mientras vosotros ocultáis vuestras hediondas figuras en un cuchitril de mala muerte, oscuro, sucio y desordenado, —replicó Felipe.

—¡Dejalos, Diego!, dejalos que sigan con su ceremonia de sumisión por un ser irreal, en lugar de demostrar su amor y reverencia al vino. ¡Venga Zacarías! ¡Saca de esas barricas que están a tu lado un poco más del vino  que tantas alegrías no da y tantas penas nos quita! —gritó Marcial.

En ese momento intervino Francisco, el personaje que mira sonriente hacia hipotéticos espectadores o a su propio autor, Velázquez. Primero se dirigió a mí, ¡sí, a mi! Me contó la azarosa vida de cada uno de los personajes, algunos de los cuales, a pesar de su idilio con el vino y cerca del abismo de la mendicidad, siguen con sus oficios, y otros que los dejaron hace tiempo, y también a sus familias, y se convirtieron en pordioseros que sobreviven de las limosnas que consiguen por las calles y caminos de nuestros pueblos. Francisco me fue presentando uno por uno a los personajes: Marcial, sigue regentando su taberna, aunque se bebe una gran parte de sus tintos; Zacarías es zapatero; Pepín, Diego y Ramiro eran labradores, ahora son mendigos, como Daniel y Rodrigo, que eran uno vendedor cuchillos y el otro de tazas y tinajas, y Benito, que trabajaba como peón para uno de los señores de estas tierras.


Me acordé de Quevedo: «El pedo es aire, el pedo es ruido y a veces sale por un descuido…».


—Yo, Francisco, junto con Lorenzo, que está detrás mío, y Manuel, que es el que está más a la derecha del cuadro, seguimos trabajando a duras penas para otro de los dueños de estos dominios; Gumersindo, el coronado, es carpintero; Andrés es vidriero y Felipe, que fue también un excelente labrador, hoy es uno de los personajes mendigantes que ocupan las escaleras de nuestra Iglesia.

Yo trataba respetuosamente de saludarlos, pero parecía que no me oían. Luego Francisco se dirigió a todos los personajes.

—¿Os fijáis en toda esa gente que nos observa un día y otro también, tanto a vosotros como a nosotros? Hay niños, ancianas, jóvenes y mayores, unos con cara de asombro, otros con curiosidad, otros con indiferencia, tal vez viendo reflejadas en nosotros sus propias vidas o las de algún familiar o conocido. Otra parte de los visitantes ponen, o tienen, cara de expertos y nos diseccionan con sus miradas: que si vosotros sois más del romanticismo pero con influencia de Teniers y la barroca escuela flamenco-holandesa, o del barroco español de Murillo; que nosotros somos puros barrocos, con influencias de Rubens para unas cosas y de Caravaggio o Ribera para otras; que si nosotros somos una simple parodia que se le ocurrió a nuestro creador, mucho más conocido que el vuestro, y que unos y otros somos personajes poco nobles, más burlescos vosotros, más contenidos nosotros. Ellos son los que saben, y seguramente tienen razón, o tienen más razón unos que otros, porque a veces sus opiniones no coinciden.

Con todo esto os quiero decir que brindemos juntos con vino por nosotros, que somos personajes muy reales, como los que nos miran, porque somos Arte, con mayúsculas, puro Arte, y eso no nos lo quita nadie.

Eso último lo oí como en la lejanía, mientras una empleada del Museo, empujaba ligeramente mi hombro mientras me decía:

—¡Caballero!, ¡caballero, despierte! Siento decirle que se ha dormido usted y está molestando con sus potentes ronquidos al resto de visitantes.

Antes de acabar de despertar, escuchando también en la lejanía las primeras palabras de la empleada, me pareció sentir, al igual que tantas otras veces en mi cama, justo en el momento de despertar, que una ventosidad se escapaba entre mis piernas. Me acordé de Quevedo: «El pedo es aire, el pedo es ruido y a veces sale por un descuido…». En aquel culto santuario, sentí que mi pedo no fue muy educado, aunque yo fuera un licenciado, así que me levanté raudo y corrí todo lo rápido que pude en dirección a la salida, alejándome de las miradas que sentía que se me clavaban en mis espaldas como espadas barrocas, renacentistas y nada románticas, absolutamente abochornado.

* José Miguel es un periodista español nacido hace 67 años en la localidad gallega de Ferrol (A Coruña). Ha vivido 17 años en Centroamérica (a la que considera su segunda madre, y en donde han nacido sus hijos), en la que ejerció como free lance y colaboró con diferentes medios locales. Ha sido corresponsal en diversos medios como la Agencia Efe y la revista Carrer (Calle) de Barcelona, entre otros. Desde su regreso de Centroamérica vive en Barcelona, su ciudad fetiche y a la que siempre vuelve.


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