Cultura

Foto ilustración: Luis Galdámez
La gran infamia
José Miguel Benítez Casteleiro**
Mayo 1, 2026
Fui la androide H-1002, fabricada en la factoría del reino de Orungu, ubicado en la costa oeste del continente Alkebulan, conocido también como la Madre de la Humanidad. Mi color era el azabache. La tecnología estaba tan avanzada, nos decían, que nos fabricaban con facultades humanas: podíamos alimentarnos, aunque básicamente solo comíamos restos e inmundicia; y nos podíamos reproducir, lo deseáramos o no, y lo hacíamos de manera prolífica, por ello nuestros dueños decían, entre risas y con desprecio, que eso era lo único que sabíamos hacer bien. Eramos tan parecidos a nuestros amos que decidieron fabricarnos de color negro, en sus diversas tonalidades, para no confundirnos con ellos, cuyas pieles eran claras aunque no blancas, como a ellos les gustaba reconocerse para diferenciarse de nosotros y acentuar su supremacía.
En el reino de Orungu, de donde yo provenía, los traficantes, los armadores que nos transportaban al otro lado del océano, y los dueños de los ingenios donde nos obligaban a trabajar como esclavos, eran de Lacetania, aunque en el resto de factorías del continente, eran mayoritariamente albiones, galios, lusitanios y neerlandinos.
Gracias a las leyes internacionales del momento, que permitían el tráfico y esclavitud de androides, fui enviada, al igual que cientos de mis congéneres, a bordo del velero Primera Lacetania, hacia la isla de Cubao, en el mar Antillano. Allí, en la múltiple subasta, me compró un comerciante lacetonio propietario de un ingenio azucarero para, por una parte, trabajar como esclava y, por otra, para servir de vientre esclavo para tener hijos androides para que el amo de turno pudiera disponer de mano de obra aún más barata que la que nosotros le proporcionábamos, por cuanto habían tenido que pagar por nosotros y nosotras. Nuestros hijos les salían gratis.
Nací rebelde y, con tesón y a escondidas, aprendí a leer y escribir, y recuperé la memoria de mi pasado, que me había sido arrebatada. Recuerdo el cartel que anunciaba la subasta en la que nos vendieron, y que entonces lógicamente no entendía, pero que me quedó muy grabado por cómo nos dibujaban, y que volví a ver muchos años después en una exposición: 94 androides sanos, 39 hombres, 15 muchachos, 24 mujeres, 16 muchachas, procedentes de Orungu, a bordo del velero Primera Lacetania. Pero lo importante para mi no es el origen de los propietarios de las factorías, navíos, o ingenios, que procedían de los grandes países, ni de los raptores, que eran semíticos o de la tribu orunguana más poderosa de la zona. Lo importante era el consenso al que llegaban para legalizar, jurídica y éticamente, nuestra esclavitud. Todos hacían con nosotros lo mismo: nos torturaban, sin importarles que sufriéramos, como si fuéramos incapaces de sentir el dolor y el desprecio. Para todos ellos solo eramos un objeto valioso con el que hacer negocio.
En mi caso sí fui usada como vientre esclavo en dos ocasiones. Primero tuve una niña, que me la arrebataron al poco de nacer.
A otros que viajaron conmigo, tras la subasta, los enviaron a otros ingenios de la isla, ya fueran de azúcar, café o tabaco, mientras que al resto los enviaron a plantaciones de algodón a Abya Yala, el continente de la Tierra Floreciente o de la Madurez, como también le llamaban. No fue mi caso, pero con el tiempo conocí a otras androides que también fueron usadas como objetos de placer por los amos, por los capataces y empleados humanos y, en algunos casos también, por los propios congéneres androides. En mi caso sí fui usada como vientre esclavo en dos ocasiones. Primero tuve una niña, que me la arrebataron al poco de nacer. A mi segundo hijo me lo arrebataron en cuanto tuvo capacidad de trabajar. Ahora calculo que debía de tener unos 6 años, entonces no sabía exactamente su edad, porque los androides no contabilizábamos la edad ni celebrábamos, como nuestros amos, los cumpleaños, eso lo aprendí bastante más tarde. En cualquier caso, nunca volví a ver a ninguno de los dos. Añadí dolor a mi dolor.
Al principio borraron casi todos mis recuerdos, los de mi época anterior a la factoría, las llamaban así: factorías de personas esclavas. Allí, con mi cuerpo, raptado en aldeas cercanas, fabricaron la mano de obra y vientre gratuito en que me convertí. Las factorías no eran escuelas, ya que no nos preparaban para nuestras futuras labores, pero sí aprendimos las primeras lecciones sobre la Maafa, que en el idioma original de mi zona significa: gran desastre o gran tragedia, es decir, la cruel esclavitud que nos esperaba. La humillación y el maltrato eran continuos. Se reían de nosotros mientras nos golpeaban. Nos encadenaban en lugares infectos. Trataban mucho mejor a sus animales.
El viaje fue durísimo, terrible. Yo creía que habíamos hecho algo muy grave para que los dioses de los androides nos castigaran de esta manera. Al parecer la travesía por aquel mar embravecido duró casi tres meses. Nos apilaban estirados en el suelo de las bodegas, encadenados, unos pegados a otros, en todo pequeño espacio que quedaba entre el resto de productos -nosotros también lo éramos- que transportaban para su comercio y las vituallas de la tripulación. Allí hacíamos nuestras necesidades y nos hacían tragar una inmundicia que llamaban alimentos para que sobreviviéramos al viaje. El olor era inmundo, insoportable, y la insalubridad era demoledora. En el trayecto se enfermaron y murieron, según me enteré años después, entre un 10% y un 25% de nosotros y nosotras. Los capataces decían que los fallecidos tenían defectos de fabricación y no resistían la humedad marina, pero esas pérdidas ya las habían previsto en sus cuentas, era un riesgo amortizado. Lo que hacían simplemente eran lanzar a los “defectuosos” fallecidos al mar para que sus cuerpos fueran descuartizados y devorados por todo tipo de animales y monstruos acuáticos. Qué lástima que algo tan hermoso como la mar, la utilizaran como un instrumento de tanto dolor y tanta infamia.
Vi con incredulidad como a estos poderosos bribones los apoyaban humanos explotados y humillados por ellos.
Eramos un negocio redondo para los raptores, traficantes, armadores y propietarios de los ingenios quienes llevaban una vida llena de toda clase de lujos y comodidades, a costa de nuestra miseria y nuestro sufrimiento. Y era fuente de riqueza también para las urbes metropolitanas, como la de Barcina, que crecían y se desarrollaban para gozo de sus respectivos burgopulentos, los ricos y poderosos, que se ufanaban, como pude comprobar muchos años después, paseando sus egos por el Paseo Garboso: los señores con sus sombreros-vanidad, y las mujeres con sus criadas portando en brazos a sus hijos mientras ellas lucían sus elegantes sombrillas y vestidos a la moda.
Entre los más favorecidos que amasaron grandes fortunas y que eran considerados benefactores y grandes hombres, estaban por una parte los fundadores y dirigentes de las grandes empresas que creaban con las ganancias del tráfico de los androides, y por otra los ociosos nobles de grandes títulos y tierras, llamados Grandes en Lacetania y en el resto de Ophioússa, que significa País de las Serpientes, más tarde llamada Hispania, que significa Tierra de los Conejos. Los Grandes de Hispania, más conocidos como Grandes Serpientes o Grandes Conejos, fueron los que más se opusieron a la abolición de la esclavitud de los androides cuando, por todo el Planeta Azul, diferentes grupos de personas comenzaron a denunciarlo como algo horroroso e inhumano y pelearon por conseguir cambiar las leyes que permitieran su ilegalización.
Siendo ya anciana, y ya libre, viajé a Barcina. Allí pude comprobar como, mientras algunos grupos organizaban actividades artísticas y debates para la abolición, en la capital de Hispania los Grandes Serpientes o Conejos organizaron una reunión en un conocido hotel, El Duquesado de Alborada, para oponerse con grandes gestos de indignación y altisonantes proclamas a lo que consideraban la violación de sus privilegios. A los fundadores de grandes empresas, altos dirigentes de las élites económicas, se les ofrecían títulos nobiliarios y se les erigían estatuas, como pude comprobar también en mi viaje a Barcina. Asimismo, vi con incredulidad como a estos poderosos bribones los apoyaban humanos explotados y humillados por ellos, aunque no en las proporciones en las que lo hacían con los androides.
Participé en las manifestaciones abolicionistas de Barcina, allí recuperé la fe en las personas y llegué a la convicción de que en el futuro echarían abajo esas abyectas estatuas. Todos tenemos nuestras luces y nuestras sombras y, como me sucedió a mi en numerosas ocasiones, cometemos errores de los que nos avergonzamos, pero es difícil de justificar acciones tan viles como es la esclavitud y los beneficios que generan. Lo digo porque tengo seguridad también, ya lo he visto en estos días, que los herederos de los poderosos burgopulentos y de los Grandes Serpientes o Conejos, se ofenderán y justificarán las acciones de sus antepasados y el origen de sus riquezas, alegando lo de que eran otros tiempos, otras leyes, otra situación, y lo mucho que sus ascendientes contribuyeron al desarrollo de sus países y gentes. ¿Se puede justificar algo tan malvado, tan terrible, tan inhumano, con ese argumento, por el bien que supuestamente genera a una sociedad, especialmente a un pequeño grupo?
Es una lucha que sigue, porque han comenzado a estigmatizar a otros colectivos de personas, y los acusan, como a nosotros, de ser peligrosos para los humanos.
Pero regreso un poco atrás. Años después de mi llegada a Cubao, logré escaparme la segunda vez que lo intentaba. Aprendí idiomas y me esforcé por adquirir una cultura universal. Participé en numerosas luchas, entre ellas la de la liberación de los androides haitaínos, en las luchas y objetivos de la abolición en diferentes países de Abya Yala y de los Viejos Imperios, me enorgullece sobre todo mi implicación, como ya dije, con los abolicionistas de Barcina, mi imagen de los lacetonios cambió al luchar codo con codo con humanos artistas, periodistas, políticos y personas de a pie de esa hermosa metrópoli.
Ello me ayudó a enfrentar la imagen que vi pocos años después de esas luchas, cuando volví a Barcina: una estatua dedicada a unos de los burgopulentos que en su biografía decían que había creado grandes y poderosas empresas con las que había contribuido enormemente al desarrollo del país. ¿Se imaginan lo que sentí? Para mí era una estatua erigida en honor de lo peor de la especie humana, en honor al mal. ¿Cuando la erigieron pensaron en todo el dolor causado, en todo el sufrimiento sobre el que se erigía? Yo, al verla, vi pisoteados de nuevo los derechos, la dignidad de los millones de víctimas. Así me sentí, y en estos términos puedo debatir civilizadamente, si se atreven, con los herederos y con los que justifican esa atrocidad con todo tipo de falacias.
Más adelante participé también en la elaboración de libros que explicaban la ignominia de la esclavitud y la gran revelación: no somos androides. Esta era la gran mentira con la que nos mantenían esclavos, aunque es una lucha que sigue porque los herederos han comenzado a estigmatizar a otros colectivos de personas, y los acusan, como a nosotros, de todos los males, de ser violentos y delincuentes, de ser peligrosos para los humanos que se consideran superiores.
Sí, no somos androides: somos humanos. Al final de mis días puedo gritar con toda la dignidad del mundo que soy persona, que soy mujer y que soy luchadora, y que mi nombre no es H-1002: mi nombre es Libertad, un nombre muy hermoso, por el que hay que seguir luchando, sobre todo contra los que lo quieren usar para mantener los privilegios y el pasado de los Grandes Serpientes o Conejos y sus seguidores.
* Relato basado en la exposición “La Infamia” del Museu Marítim de Barcelona. En ella se pueden encontrar las incómodas huellas del tráfico de esclavos en la historia y en el desarrollo de Cataluña y de sus grandes familias, y de su posible incidencia en el presente. Se incluyen los mapas de las factorías catalanas de personas en África y Madagascar. www.mmb.cat
** José Miguel es un periodista español nacido hace 67 años en la localidad gallega de Ferrol (A Coruña). Ha vivido 17 años en Centroamérica (a la que considera su segunda madre, y en donde han nacido sus hijos), en la que ejerció como free lance y colaboró con diferentes medios locales. Ha sido corresponsal en diversos medios como la Agencia Efe y la revista Carrer (Calle) de Barcelona, entre otros. Desde su regreso de Centroamérica vive en Barcelona, su ciudad fetiche y a la que siempre vuelve.
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