Espacio Revista
  • Portada
  • Memoria
  • Cultura
  • Artículos
  • Entrevistas
  • Opinión
  • Internacionales
    • Foto
    • Video
    • Podcast
    • Caricaturas
  • Suscríbite


Cultura

Foto ilustración: Luis Galdámez

Poseidón

José Miguel Benítez Casteleiro*

Julio 3, 2026

  • Instagram
  • X
  • Facebook
  • Mail

Estaba oscureciendo. Atribuí a este hecho el motivo por el que me pareció ver el esqueleto de una silla de madera sobre una de las rocas más grandes de aquella solitaria y abandonada escollera. Mi curiosidad me empujó a acercarme para asegurarme. Efectivamente, eran los restos de una silla grande. Quedaban en pie sus cuatro patas unidas por lo que quedaba del armazón del asiento, así como su respaldo, alargado y abierto en forma de uve, unido todo por los escasos travesaños que quedaban, uno en la parte superior del respaldo y tres repartidos entre las patas, uno delante y dos a cada uno de los laterales. No podía dejar de mirarla.

Busqué a alguien más para poder comentar aquel extraño descubrimiento, pero no había nadie. Aquel rompeolas, que décadas atrás era punto habitual de encuentro de amigos y parejas, había sido abandonado por las gentes del pueblo. Ya nadie se acordaba de él. Estaba a unos cinco kilómetros de la población. Yo lo recordaba abarrotado de familias en la mañana y de parejas en la noche, cuando visité en ese entonces la localidad veraniega durante unas vacaciones de mi juventud, hace ya varias décadas. Sus habitantes visitaban, sobre todo en los fines de semana, el restaurante que había al final del espigón y cuyos propietarios eran los dueños de la gran industria pesquera y de productos enlatados, de la que mayoritariamente dependían los algo más de cinco mil habitantes de aquella pequeña localidad. La escollera se había construido precisamente para proteger el embarcadero de la fábrica. El cierre de la industria significó también el cierre de los negocios que dependían de ella, y del propio restaurante, y la emigración de su gente más joven hacia otras localidades, quedando reducida su población al día de hoy a menos de mil habitantes, la gran mayoría pensionistas. Algunos de los jóvenes que quedaban regían los dos bares y restaurantes del pueblo y un pequeño supermercado. Para grandes compras tenían que desplazarse a la población más grande de la zona, de 50.000 habitantes, ubicada a unos cincuenta kilómetros al norte. Yo estaba allí por una cuestión de nostalgia y porque me lo podía permitir gracias a mi reciente jubilación. Eran mis primeras vacaciones como jubilado, sin tener que estar siempre pendiente del teléfono y de las noticias, después de décadas de dar vueltas por el mundo cubriendo guerras y desastres y, en los últimos años, llevando una más bien monótona vida en una oficina como director de una de las secciones de un conocido diario, tarea a la que realmente nunca me acostumbré.

Ya había oscurecido por completo. Me había acercado al rompeolas en bicicleta, siempre había sentido especial predilección por ese vehículo de dos ruedas, y, de hecho, a lo largo de mi vida recorrí miles de kilómetros de los caminos y carreteras de mi país, por la sensación de libertad que me producía. Siempre dije que la bicicleta era mi terapeuta. El paseo del espigón, perpendicular a la orilla, estaba situado a unos 10 metros sobre el nivel del mar. Las grandes y viejas rocas estaban situadas a uno y otro lado. La desvencijada silla estaba colocada cerca de la punta. Yo no podía dejar de mirarla y de preguntarme cómo había llegado hasta allí, quién la había dejado, cuándo, por qué, cómo es que siendo tan endeble resistía sin desmoronarse teniendo en cuenta que esa misma mañana había caído una gran tormenta acompañada de fuertes vientos y el mar debió de agitarse como un gigante malhumorado. La idea de que había sido precisamente la tormenta en sus estertores la que la había colocado allí, no me seducía, supongo que porque le quitaba misterio y emoción a la historia de aquel extraño trono, porque así es como la veía mi imaginación. Sin embargo, aunque su aspecto era endeble me daba la impresión de estar firmemente asentada en la roca, aunque creo que difícilmente hubiera podido resistir los golpes del oleaje sobre las rocas durante la tormenta, hubiera quedado hecha añicos, así que, en contra de lo que me dictaba mi fantasiosa imaginación, dictaminé que la colocaron después de la tempestad. 

Pensando esto me pareció ver una sombra humana saliendo del mar. Agudicé la vista y, efectivamente, comprobé que una persona estaba tratando de llegar a las rocas. Mi primera reacción instintiva fue echarme al suelo, más por precaución y por curiosidad que por miedo, aunque reconozco que me produjo cierta inquietud y provocó que se me erizara el vello del cuerpo. Todos mis sentidos se pusieron en máxima alerta. Un rayo de luna, en medio de las nubes que todavía quedaban en el cielo y que hasta ese momento habían tapado por completo a nuestro satélite, me permitieron ver un poco mejor aquel enigmático ser: era una persona alta y enclenque, de larga barba, vestida con harapos y que portaba una especie de tridente en su mano derecha. La extraña figura salió del agua subió hacia la silla y se sentó en ella. Por un momento mi imaginación se impuso a mi razón y fantaseé con la posibilidad de que se tratara de un andrajoso Poseidón sentándose en su trono. La silla resistió sin problemas su peso. El esmirriado personaje se recostó sobre el lado derecho y se quedó un buen rato mirando al cielo sin soltar el tridente que apoyaba sobre la roca. Al instante comenzó a bramar en un idioma incomprensible para mí. Parecía que estaba maldiciendo al cielo, levantando de vez en cuando el tridente hacia lo alto y gritando tan fuerte que me pareció ver que le salían espumarajos por la boca. Me pareció verle sollozar, encorvándose, tapándose la cara con la mano izquierda y apoyando su brazo libre sobre su rodilla. ¡Sí!, estaba gimoteando. No había luz suficiente para filmar, pero sí pude grabar con mi móvil su agitado monólogo.

De la misma manera que vino, se fue. Cogió su tridente y se dirigió al agua. Cuando el agua le llegaba a las rodillas se paró de golpe, pensativo, dio media vuelta, cogió la silla y con ella desapareció en el oscuro océano.

Me quedé un rato inmóvil, con el corazón acelerado, mirando hacia el lugar por donde se había sumergido por si acaso volvía a salir y tratando de digerir que lo que había visto no era una alucinación, sino que había sido real. Cuando mis latidos recuperaron su normalidad, me levanté, cogí la bici, que había dejado tirada a unos metros, y regresé al pueblo.

Al día siguiente pregunté a la gente si habían visto a algún vagabundo merodear por el rompeolas. No les extrañó mi pregunta, y me remitieron al más antiguo del lugar, un hombre centenario, quién me dijo que su abuelo le contaba que en las noches de tormenta la gente murmuraba sobre cosas extrañas que pasaban allí. Pero la última vez que alguien había visto algo inexplicable había sucedido hacía muchas décadas, ya que desde el cierre de la fábrica prácticamente nadie lo visitaba.

Tenía un amigo experto en programación que conocía varios programas que podían traducir la inmensa mayoría de los idiomas del mundo. Me puse en contacto con él y le pasé la grabación. Al cabo de unos días me llamó y me dijo que no había conseguido más que traducir algunos párrafos y palabras sueltas. Se trataba, me dijo, de un griego antiguo con expresiones y palabras arcaicas que habían caído en desuso hacía siglos y que el programa no estaba preparado para ello.

El paso siguiente que di fue buscar por internet expertos en griego antiguo. Llamé a varios y me decidí finalmente por un catedrático de La Sorbona, el cual se mostró muy interesado, sobre todo cuando le facilité un fragmento de la grabación. Me dijo que me ayudaría, pero sólo si le explicaba todo sobre cómo había hecho esa grabación y quién era el personaje. Luego de contarle lo sucedido, y con cara de no acabar de creerme, me dijo que le diera un par de días y que nos volviéramos a ver en el mismo lugar.

Cuando nos volvimos a encontrar su mirada ya no era de incredulidad sino de desconfianza. Me entregó la transcripción, se levantó con intención de irse diciéndome que no lo volviera a contactar. Traté de retenerlo.

—Es cierto todo lo que le conté, no le he mentido —le dije.

—Con mayor motivo —me contestó y, como tratando de justificarse pero sin muchas ganas de hacerlo, añadió: —He detectado expresiones que muy pocos expertos griegos conocen, y el acento del personaje es perfecto, lo que le da verosimilitud a la grabación. Si es un montaje, reconozco que está muy bien elaborado, pero a mí no me gusta que jueguen conmigo y que me involucren en un juego o estafa cuyos objetivos y consecuencias desconozco, pero si no es un montaje, con mayor motivo prefiero olvidarme del asunto, soy creyente, muy creyente, y esto me suena a obra del mismísimo Satanás.

Y tras pronunciar el demoníaco nombre, se tapó la boca como tratando de limpiársela y pedir perdón, y se fue.

Llegué a mi hotel, saqué del sobre la transcripción y comencé a leer.

«¡Maldito seas Zeus, mil veces maldito! Hemos tenido nuestras desavenencias, pero yo siempre te admiré y reconocí tu preeminencia sobre mí, sobre todo cuando, junto con nuestro hermano Hades, destronamos a nuestro malvado padre Cronos. Por eso confiaba en ti. Pero desde que, contra todo buen juicio, decidiste inmiscuirte en los asuntos de la mundana humanidad, cosa que habías prometido no hacer nunca, estás acabando con mi mundo: la depredación de las riquezas de mis océanos; tus fábricas y productos han contaminado mis mares y lo han inundado de ese material tan dañino que es el plástico, matando y extinguido a muchas de mis especies que tanto amaba: han desaparecido focas, leones y vacas marinas, diferentes tipos de peces y caracolas, ¡cómo los he llorado! Tengo los fondos del mar llenos de decrépitas naves de guerra o portadoras de productos tóxicos, que asustan a los más pequeños de mis súbditos y los envenenan. Has enterrado en mi fondo marino unos barriles más peligrosos y dañinos que los peores castigos del Tártaro. ¿Eres tú el que controlas a los codiciosos que dirigen esas fuentes del mal que están acabando no solo con la riqueza de mis océanos, sino con todo Planeta? Si es así, ¡te maldigo! Te has vuelto tan codicioso como los humanos que se niegan a ver el daño que hacen, justificándolo con mentiras y engaños mientras se bañan en una riqueza efímera. 

Aún así, al principio apoyé esa decisión tuya pensando en que dioses y humanos saldríamos ganando, y por eso, también, decidí inmiscuirme en asuntos mundanos y, siguiendo tu consejo, invertí mis riquezas en eso que los humanos llaman criptomonedas, y aunque al principio todo parecía ir bien, he acabado por arruinarme por completo. Con ese nombre, cripto, oculto, no podía salir nada bien. ¡Y te maldigo de nuevo! Hoy, unos poderosos humanos con cara de buitres me han desahuciado de mi palacio, y se han quedado con mis perlas y mis corales y con todas mis riquezas. Curiosamente son los mismos que están destruyendo un paraíso natural del mar Eritreo, al sur de la Indika, para construir un paraíso artificial en una zona de hermosas islas, destruyendo sus corales y arrecifes, contaminando sus aguas, utilizando trabajadores esclavos a los que retienen mientras dura la destrucción-construcción, todo para enriquecerse ellos más, vendiendo ese paraíso ficticio a humanos con recursos que pagan para vivir el sueño del Olimpo allí, donde una gran parte de la población del lugar apenas puede sobrevivir. Destruyen el paraíso natural de todos para construir un paraíso artificial de postal, para unos pocos.

Por todo ello ¡te maldeciré por el resto de mis días, hermano Zeus! Aunque en el fondo te compadezco, porque a veces pienso que tal vez sean los dioses de la codicia, de la ostentación y de la mentira que gobiernan el mundo, los que te controlan a ti y te usan para justificar sus tropelías. ¡Maldito seas!».

* José Miguel es un periodista español nacido hace 67 años en la localidad gallega de Ferrol (A Coruña). Ha vivido 17 años en Centroamérica (a la que considera su segunda madre, y en donde han nacido sus hijos), en la que ejerció como free lance y colaboró con diferentes medios locales. Ha sido corresponsal en diversos medios como la Agencia Efe y la revista Carrer (Calle) de Barcelona, entre otros. Desde su regreso de Centroamérica vive en Barcelona, su ciudad fetiche y a la que siempre vuelve.


Más Cuentos

  • La gran infamia

    La gran infamia

    José Miguel Benítez

    Fui la androide H-1002, fabricada en la factoría del reino de Orungu, ubicado en la costa oeste del continente Alkebulan, conocido también como la Madre…

  • El enigma de las gatas y de los gatos

    El enigma de las gatas y de los gatos

    Yolanda Guirola Zelaya

    Siempre me he preguntado por qué los gatos y las gatas duermen tanto, pues parece que es su estado natural, además son muy fértiles ya…

  • El Prado VII. Los humildes bacantes

    El Prado VII. Los humildes bacantes

    José Miguel Benítez

    Siguiendo los consejos de Menipo, visité las dos obras sugeridas. Me parecieron similares pero muy diferentes y separadas por más de 200 años: Los Borrachos…

Donación
  • Memoria
    Cristiani sustituye al mayor en la dirección del partido

    Cristiani sustituye al mayor en la dirección del partido

    Miguel Ángel Chinchilla

    Durante seis años consecutivos, José Napoleón Duarte fue alcalde de San Salvador (1964-1970). Con Duarte aunque no me harte, era el estribillo que repetía la gente de…

  • Opinión
    La renuncia a ser informados en la sociedad de la fascinación 

    La renuncia a ser informados en la sociedad de la fascinación 

    Guillermo Mejia

    Es un hecho que los medios de comunicación tradicionales (radio, prensa escrita y televisión) van siendo sustituidos por las redes sociales y plataformas de video, aunque eso no…

  • Cultura, Uncategorized
    Expresiones en otros idiomas

    Expresiones en otros idiomas

    Ana del Carmen Álvarez

    Desde 2005 que Ana del Carmen Álvarez publicó su primer libro, Dichos y diretes, ha continuado ofreciéndonos nuevos títulos. El que ahora presentamos, Relajo cuscatleco, es su sexta publicación. En él encontraremos…

  • Podcast
    Espacio Revista · La motivación

    La motivación

Arte, cultura, memoria histórica y más.

  • Quiénes somos
  • Suscríbite
  • email
  • Facebook
  • Instagram
  • Twitter/X

© Derechos reservados 2022-26 ESPACIO COMUNICACIONES, LLC